“Educar es un riesgo”: es un libro del padre Luigi Giussani, fundador del movimiento eclesial internacional de “Comunión y Liberación”. En esta obra el autor reflexiona acerca del reto educativo diseñando, a manera de apuntes, un método educativo verdadero, o sea, alternativo al dominante y que ponga a Cristo al centro. La dimensión religiosa y cristológica de la vida, en el pensamiento de Giussani, es fundamental. Si la educación no se convierte en una propuesta que dé sentido a la vida del joven y que responda a sus preguntas, nunca será formadora. Para el cristiano la vivencia de la fe o es enriquecedora y satisfactoria o es superflua. No se trata, desde luego, de cumplir con ciertas prescripciones, sino de vivir alrededor de la persona de Cristo. Esta vivencia impondrá al creyente, consecuentemente, una manera propia de ser y de actuar. No viceversa. La educación se inscribe dentro de este espacio de realización personal en obediencia a una autoridad, aceptada y apreciada: Cristo. Esta es la verdad que permite al educando ser verdaderamente libre. A nivel educacional, reconoce el autor, la dimensión religiosa no debería estar ausente porque es la misma naturaleza humana que lo pide. a)      Educación y persona humana. 

Para Giussani educar es construir verdaderas personas humanas, en el espacio y entorno cultural donde vive y que llama “tradición”. Más que llenarla de conocimientos, el educador deberá lograr sacar, de ella misma, todo lo que ya contiene y que hay que desarrollar, sin renunciar a ninguna de sus dimensiones constitutivas. Este objetivo es alcanzable en la medida que el educador se inspire a una visión congruente e integral de lo que es el hombre. En el caso de Giussani, la antropología referencial no puede que ser la cristiana, donde el hombre es pensado como “imagen y semejanza” de Dios y, por tanto, proyectado hacia la infinitud. El educador, si quiere ser tal, deberá educar a la luz de esta antropología, sobre todo, con el testimonio de su vida y la transmisión de aquellos valores morales y religiosos que son parte de la tradición. Todo esto, más allá de la cultura que se les quiere imponer. Conducir al educando hacia el descubrimiento de los valores, el ejercicio responsable de la libertad y la vivencia de la persona de Cristo, “camino, verdad y vida”.  La pretendida autonomía de la concepción “laicista” de la educación, en el pensamiento de Giussani, se traduciría en alienación y en abdicación continua de toda verdadera iniciativa. Sin alguna hipótesis explicativa unitaria de la realidad y de la vida, la personalidad del joven quedará siempre fragmentaria y sin sentido. Con el pasar del tiempo, en efecto, las consecuencias de tal educación, cuya gravedad queda trágicamente encubierta, serán gravísimas en el carácter de los jóvenes.  Y el escepticismo es lo que define la atmósfera del alma del estudiante. La escuela y la familia, axiológicamente neutrales, sólo lograrán perjudicar a los educandos. 

b)      Educación y cambio de vida. Giussani, a la luz de su larga experiencia de educador, aconseja partir del corazón y conducir, poco a poco, al educando hacia el conocimiento de esa realidad total que lo envuelve, incluyendo la captación del significado de toda la realidad, o sea, la búsqueda de sentido. Hay que partir del corazón humano y regresar a ello. A pesar de los numerosos obstáculos, que hoy se encuentran en el camino, educar es todavía posible si el educador ejerce su “autoritas”, o sea, la capacidad de encarnar lo que el educando busca.  

La educación auténtica cambia la vida. Casi milagrosamente confiere madurez a la persona y capacidad de juzgar eventos, discernir evangélicamente la presencia de Dios, encontrar con deseo la verdad, alimentar constantemente algún ideal, lograr convicciones profundas y personales y experimentar el “estupor” por la gracia divina que actúa en medio de nosotros.  c)      Educación con intuiciones. El proyecto educativo del Giussani, sucesivamente, nos propone estas grandes intuiciones:

  1. La amistad, entre educador y educando, como parte integrante y necesaria de la educación.
  2. Una antropología poderosa que logre dar sentido a la vida.
  3. El protagonismo del corazón, con sus exigencias cotidianas, a las que hay que dar respuestas.
  4. La educación como apropiación de la realidad total, no sólo material, y con parámetros fundamentales que trascienden la persona, más allá de un moralismo cristiano sin originalidad y excluyente de la persona de Cristo.

Giussani, volviendo a esta última intuición, reitera que el cristianismo no es un código de ética, sino la “vivencia de un acontecimiento” que se llama Cristo. La vida moral sin Cristo, justamente, produce rechazo y resulta ser repugnante. 

La crisis religiosa contemporánea, en efecto, se explica, en este libro, a la luz de la carencia de la persona de Jesús, único que puede transformar la totalidad de la vida. De esta forma, la religión cristiana dejaría de ser mojigatería y aburrido rollo ético. A partir de esta experiencia vital del Cristo es como se pueden construir nuevas personas y se puede educar cristianamente. La misericordia divina, por cierto, es más grande que nuestras miserias humanas y, por eso, educar es posible.  d)     ¿Cómo educar? Giussani sintetiza su método educativo con estos conceptos: 

  • El sentido crítico. El joven, reconoce el autor del libro, es como una hoja seca que se lleva el viento; una víctima del ambiente dominante, de sus cambios constantes y de la opinión pública general. Sólo educándolos al sentido crítico lograremos liberarlos. El sentido crítico, además, permitirá al joven educando rescatar su fe, sea como fenómeno de racionalidad humana, sea como manera de enfrentar la vida. La fe, según Giussani, responde a las exigencias originales del corazón del hombre y debe ser defendida.

  • El amor a la verdad total. Lo que es verdadero permanece para siempre: “Veritas Domini manet in aeternum” (La verdad de Dios permanece para siempre). El punto de fuga, en efecto, que hay en toda experiencia humana y que nos remite a otra cosa diferente, es la verdad de Dios. Ésta hace que la fe sea más racional que cualquier otra hipótesis racional.

  • La fe es el camino a lo que la razón busca por encima de todo. Hace dos mil años, afirma Giussani, el sentido mismo vino entre nosotros a decirnos: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, o sea, un acontecimiento a vivir.

  • No es cierto, como se afirma desproporcionadamente hoy, que en la educación no hay que imponer, condicionar y limitar o, por lo contrario, que debe ser coercitiva. “In medio stat virtus”, o sea, en el medio está la virtud y el bien, parece decirnos el autor. Un método verdaderamente educativo forma también con la propuesta de valores, la invitación a imponerse límites y, sobre todo, con el testimonio cotidiano y vital de la autoridad. También: con la motivación última de la fe, o sea, de la experiencia religiosa, compartida con los demás, en la comunión eclesial. Se trata de un trabajo personal que se desarrolla “colgados” de Dios y hospedando, “dentro de nosotros” a los demás. Además: “hacer que los otros formen parte de nuestra vida- nos dice el autor- es imitar verdaderamente a Cristo”. Indispensable, por tanto, en el proceso educativo, es la dimensión comunitaria y la vivencia eclesial. Giussani, por cierto, por esta razón ha privilegiado, en su acción pastoral, el surgimiento de comunidades de estudiantes como “Juventud Estudiantil” y “Comunión y Liberación”, que tanta importancia han tenido en la historia eclesial y política italiana.

  • El riesgo educativo, nos preguntamos, ¿Dónde está? Obviamente, también para Giussani, éste se encuentra en el ejercicio de la libertad. Los factores de la educación, en efecto, deben tender a hacer que el educando actúe, cada vez más, por sí mismo y que afronte cada vez más el ambiente por sí solo. Este ejercicio será verdaderamente constructivo si el joven se deja guiar por la verdad y la persona de Cristo.

 Finalmente, como lógica consecuencia de esta rica propuesta educativa, al joven se le exigirán estas condiciones: 

  • Que se comprometa, con sus ideas, en su mismo ambiente vital.
  • Que el joven no lleve a cabo la verificación educativa en el ambiente de modo solitario, sino comunitariamente. La comunidad, en efecto, es un modo de acercarnos a todas las cosas.
  • Que el joven utilice positivamente su tiempo libre. Es necesario enfrentar al joven, sin simulaciones, con una seria propuesta de compromiso con sus valores en ese tiempo del que sólo él puede disponer.
  • Que logre vivir la radicalidad del amor y de la caridad con una gran apertura hacia los demás, la universalidad y la realidad comunitaria de la Iglesia.
  •  Que sea joven de diálogo con todas las realidades humanas que lo entornan.

Conclusión. 

Los que hemos trabajado largos años en la educación, muy probablemente, interpretamos la propuesta educativa de Giussani como correcta e ideal, sin embargo, la realidad social, cultural y política contemporánea hacen que sea “utópica”. Sin embargo, la utopía puede ser también un excelente incentivo para no desistir de intentarlo. Educar, hoy, sigue siendo un gran desafío y un reto sumamente difícil, porque tal es la realidad humana del joven y compleja la sociedad en la que vive. Además, no nos ayuda mucho el raro y cambiante proceso educativo mexicano. Según quien gobierna se experimentan nuevos programas con muy pocos éxitos y llenos de contradicciones. El efecto negativo es la destrucción inevitable del sentir, pensar y vivir del pueblo. Racionalismo, positivismo, socialismo y estructuralismo han sido los rieles de moda por donde ha caminado la educación mexicana, pero sin efectividad y resultados.  Hoy, la propuesta educativa enfatiza el constructivismo, sin embargo, la falta de fundamentos ontológicos y antropológicos no la hace muy esperanzadora. Si, en efecto, no ayudamos al joven a buscar el sentido de todo lo que le enseñamos; si no lo iniciamos al ejercicio de la libertad con un equipaje consolidado de valores, de propuestas bien definidas y de testimonios de vida; en otras palabras: si no nos arriesgamos, jamás seremos colaboradores felices, con los jóvenes mismos, en la construcción de personalidades armónicas y bien integradas. Da lástima, de verdad, constatar, en nuestro México, la pobreza de espíritu de toda propuesta educativa y la incoherencia de vida de los educadores. Da miedo pensar en el futuro si, a los jóvenes de hoy, como afirmaba Giussani, no les enseñamos vivir con sentido, con apertura hacia los demás y con la posibilidad de descubrir lo más racional de la existencia, o sea, el misterio de Dios. Cosa que, nuestras escuelas, excluyen infelizmente.