Aparición a los Discípulos de Emaús (Lc.24,13-35)

Por, Padre Marsich S.X

           umbertomarsich@hotmail.com

Es demasiado importante creer en la Resurrección de nuestro Maestro y Señor como para no hacer todo lo posible para comprobar que se trata de un hecho verídico, y no simbólico, y de un evento básico para nuestra fe cristiana. Los evangelistas saben de su importancia y, desde luego, no dejan de describirnos ninguno de los testimonios de quienes han visto, oído y tocado, con sus propias manos, a Jesús resucitado.

El episodio de Emaús, por cierto rico de teología, es uno de ellos. Como segundo testimonio de la resurrección, Lucas cuenta, con mucha emoción, esta aparición de Jesús a dos discípulos, no pertenecientes al círculo de los once. Para el Señor, en efecto, todos somos importantes y objeto de sus atenciones en vista de la consolidación de nuestra fe. Lo que sobresale de arranque, en el relato, es la actitud de tristeza y desencanto de los discípulos, después del aparente fracaso del viernes santo. Pensaban, lógicamente, que ya todo iba a volver como antes y que Cristo había sido otro falso profeta más: “Jesús, profeta poderoso en hacer y hablar delante de Dios y del pueblo, se había desaparecido”.  El diálogo, entre los dos peregrinos y el caminante desconocido, revelan el caos interior predominante en los corazones de los protagonistas y, sobre todo, marcan la decepción de quienes se sienten frustrados y engañados por tantas promesas incumplidas de liberación política y de bienestar económico. La idea de la mesianidad de Jesús, en efecto, estaba aún dentro de los límites de la mentalidad judía: “Nosotros esperábamos que Él sería el libertador de Israel”. Un diálogo que refleja, desde luego, lo difícil que es, para los hombres de todos los tiempos, “reconocer” a Jesús; aceptar el espesor trascendente de su persona y comprender el carácter soteriológico de su mensaje. Antes de darse a reconocer por ellos, quiere Jesús prepararlos por sus palabras. Desde ese momento, en efecto, a Jesús se puede acceder sólo a través de su palabra, por fe, y ya no por visión. Sin embargo, Jesús trata de suscitar fe y provocar esperanza apareciendo repetidamente y a diversos videntes: “Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertados… Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro…pero, a Él, no lo vieron”. La probabilidad de que Jesús haya vuelto a la vida, gracias al testimonio, de por sí poco creíble, por ser de mujeres, no ha sido descartada totalmente por los discípulos, a pesar del hundimiento de su fe. Permanece, en ellos, un leve brillo de esperanza que Jesús, sucesivamente, aprovechará para darse a conocer: “Con razón nuestro corazón ardía”.   Por no ser todavía reconocido de ellos, no los remite Jesús a las predicciones de la pasión hechas una vez en Galilea (24, 6s), sino a las profecías del Antiguo Testamento. Su corazón, les reprocha Jesús, es demasiado tardo para comprender con fe todo lo que los profetas anunciaron acerca del Mesías, sin embargo, se detiene a explicarles todo, con paciencia, hasta provocar, en ellos, el resurgimiento de la fe. Ahora, casi al término de la caminata, sus corazones y mentes están capacitados para el enorme reconocimiento del Señor. Ya han llegado a la casa de uno de ellos, pero Jesús “hizo ademán de continuar su camino”. Es que quiere sentirse invitado a quedarse con ellos como lo quiere de nosotros: “Quédate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y va a oscurecer”. La oscuridad natural, en esta ocasión, plasma y refleja también la del alma y del corazón de los dos interlocutores del Señor. Se queda Él, en efecto, pero sólo para “partir el pan”, o sea, para dejarse reconocer en ese acto único de su última cena y en esa actitud tan reveladora de su identidad que es la de “partirse” para los demás y entregarse para la salvación del mundo: en un acto más, revelador de su amor infinito para aquellos que, en la fe, se dejan amar por Él.  Y aquí, finalmente, llega el punto culminante de todo el episodio: los ojos de los discípulos quedan abiertos y reconocen al Señor en su acompañante y huésped, que desaparece, luego, en el mismo momento de su vista, por estar ya conseguido el objetivo de su aparición: “Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Él se les desapareció”. Ahora, recobrada la fe y animadísimos por haber visto al Señor, dejan de ser los reporteros  fríos, desconcertados y sin alma de antes y se convierten en “testigos” entusiastas de la resurrección del Señor. Ya no se quedan en Emaús, sino que, a pesar de lo avanzado de la hora, se ponen inmediatamente en camino para comunicar a los hermanos de Jerusalén, lo más rápidamente posible, que el Señor vive y que se les ha presentado.  Que el Señor vive y no ha muerto, desde luego, debe ser también el contenido de nuestro anuncio y testimonio, para todos aquellos que se nos acercan. Dejar de ser, como el primer Cleofás y su amigo, reporteros distantes de un hecho del pasado, para asumir el reto de testimoniar pasionalmente, con nuestra vida de amor y caridad, que Jesús no ha muerto, sino que vive y actúa en nosotros mismos, hoy. Somos seguidores de un Señor y Maestro que, en realidad, no ha muerto y que ha derrotado la muerte para siempre. Unidos a Él por la fe y asociados a su proyecto de vida plena, también nosotros seremos vencedores de la muerte y herederos del Reino de los cielos. La resurrección del Señor, si lo queremos, será también, en la esperanza, nuestra resurrección.                            ¡Felices pascuas de Resurrección!

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