Jueves Santo: La Celebración de la Cena del Amor y de la Nueva Pascua del Señor.(Jn. 13, 1-15).

Por Umberto Marsich, SX 

El rito pascual de Israel, renovado por Cristo en su última cena, llamada “In Coena Domini”, es lo que estamos celebrando, solemnemente, en esta espléndida noche de jueves Santo. 

Esta es la noche en la que revivimos el rito pascual con el que Israel experimentó el paso salvador de Yavhé, en tierra de Egipto, y que significó, para ellos, el comienzo de su liberación. El cordero, víctima sacrificada, con cuya sangre los israelitas marcaban las puertas de las casas, propiciando el paso liberador de Dios, es substituido, hoy, por Jesucristo, nuevo cordero, cuya sangre, derramada por nosotros, lava nuestros pecados, sella una nueva alianza con Dios y nos permite transitar de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz y del pecado a la gracia. El rito pascual de Israel, renovado por Cristo en su última cena, llamada “In Coena Domini”, es lo que estamos celebrando, solemnemente, en esta espléndida noche de jueves Santo. 

En este contexto muy especial, Jesús anunció a sus Apóstoles y anuncia a nosotros, hoy, el mandamiento nuevo del amor. Éste, por cierto, es la ley fundamental de la Iglesia y del mundo: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. Se trata del amor de Jesús, amor que culminará, mañana, en el sacrificio de su vida sobre la cruz, propiciado misteriosamente por la venal tradición del apóstol Judas, el único, cuya falta de disposición del alma, le impedirá ser purificado por el lavatorio de los pies, o sea, por la obra del Señor.  

La palabra amor es la que más nos emociona por que, por cierto, nos permite esperar  beneficios y disfrutar el placer de ser amados. Pero, no nos entusiasma más, cuando quienes están llamados a dar amor somos nosotros mismos. Este mandamiento nuevo, cuya esencia es el anonadamiento de sí mismos, sin esperar gratificación ni recompensa alguna, es el mismo que nos invita a dar el primer paso para el encuentro con el otro, a buscar la reconciliación con quienes nos han ofendido, a saludar fraternalmente a quienes nos han quitado el saludo y a tender la mano a aquellos hermanos que se nos han alejado sin explicaciones, sea amigos que enemigos. 

Este amor evangélico nos pide, además, no sólo el ofrecimiento de cosas a quienes las carecen, sino también el desgaste de nuestro tiempo y la entrega del corazón, a imitación de Jesús, quien ha donado su vida por amor. La buena noticia del amor y la secuencia del maestro que, con inaudita humildad, se pone a lavar los pies a sus apóstoles, representativos de la humanidad entera, debería estimular la conversión de nuestro corazón hacia ello.

Sin conversión real, difícilmente, transitaremos de un ineficaz estado de indignación ética a otro de compromiso real y generoso servicio. El egoísmo, que pertenece al genoma humano y que, en dosis diferentes, albergamos dentro de nosotros mismos, no nos dejará entregarnos a los pobres y experimentar el placer de servirlos de corazón y sin límites; no nos concederá la alegría de podernos lavar los pies, es decir, servirnos afectuosamente unos a otros. Exactamente como nos enseñó el Maestro.   La conversión del corazón a la forma de amar de Jesús rompe barreras, asume las dimensiones del mundo y se hace “social”. Esta manera de amar, en efecto, se concretiza en opciones por la justicia, en acciones por la promoción humana y en luchas por la liberación integral. El cristiano que ama de verdad no puede no asumir, como propios, los gozos y las esperanzas, las tristezas y los sufrimientos de los demás hermanos.  Cada opción y toda lucha por la liberación de los oprimidos, en cualquier renglón del mundo se encuentren; cada defensa de los pobres y testimonio por la justicia, serán expresión de la autenticidad de nuestro amor cristiano y de la coherencia de nuestra fe. La caridad cristiana, proclamada por el Señor como elemento medular de su doctrina, nos pide concretizarse en el amor al prójimo, que nos rodea y en el compromiso por la justicia. No existe, en efecto, amor verdadero sin justicia, ni justicia sin amor. Esta misma justicia, practicada por fidelidad al Evangelio de Jesús, transforma a los cristianos en “sacramento” del amor y misericordia de Dios Padre. Dios se hace presente en la vida de los hombres, y en la historia de la humanidad, a través de la mente, manos y corazón amoroso de aquellos que creemos en Él. Es viendo como nosotros amamos de verdad y vivimos, fraternal y solidariamente con los más necesitados, como el mundo puede experimentar la presencia de Dios amor. A Dios, en efecto, siempre se le encuentra donde hay amor, justicia, solidaridad y paz.   La misma Eucaristía, que desde la última cena del Señor, celebramos cotidianamente y alcanza su cumbre en el memorial de esta noche, es misterio de amor. La Eucaristía, por cierto, es “El don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios para cada hombre” (MC, 1). En efecto, en la materialidad del alimento y de la bebida, la Eucaristía revela su indispensabilidad para la existencia del hombre y, en la conexión con aquel que se parte para los demás y se dona totalmente, asume los rasgos de un mandato de solidariedad y de servicio para aquellos que nos nutrimos de ello. La Eucaristía, desde luego, debe inspirar y moldear siempre nuestro estilo de actuar, realizando así lo que celebramos. El encuentro con el Señor, vivo y presente en la celebración, se hace verdadero y auténtico en la medida que nos impulsa hacia acciones concretas de caridad y de servicio social. Una Eucaristía que no se traduzca, concretamente, en amor es, en sí misma, fragmentaria e ineficaz (SC, 82). Por lo tanto, la cena del Señor, de esta noche, permanezca como provocación permanente para que nos convirtamos, de veras, a la solidariedad con los pobres y hagamos, de nuestra vida, una auténtica Eucaristía. 

Este pan, despedazado por amor y donado para la vida de todos, sea siempre nuestro símbolo inspirador: llamados, en efecto, a hacernos “pan partido” para los demás, en vista de una sociedad más justa, fraterna y pacífica. Justamente, el Papa Benedicto afirmaba que: “Quien participa a la Eucaristía debe empeñarse a construir la paz en este mundo, marcado por la violencia, las guerras, el terrorismo, la corrupción y la explotación sexual” (SC, 89).  

La Eucaristía es también misterio de comunión. La unión mística que se realiza entre quien se comulga y Jesús, se realiza, en efecto, también entre todos aquellos que comemos el mismo pan: “Yo quedo unido al Señor como todos los demás que se comulgan” (Deus caritas est, 14). He aquí, según la enseñanza del Papa Benedicto, el fundamento de la “dimensión social de la Eucaristía”, con todo lo que significa en términos de unidad entre culto y ética e interdependencia entre fe y vida. La responsabilidad social para con los necesitados y la consecuente práctica de la solidariedad y de la caridad cristiana, resultan ser lógicas consecuencias de una vivencia auténtica de la Eucaristía.

Así es como la fidelidad efectiva al amor evangélico y la vivencia social del sacramento de la Eucaristía, nos harán dignos, en el juicio final, de participar en el gran banquete del Reino de Dios, significado, en esta ocasión, por la cena del Señor. Así sea.

Comments are closed.