“Emos”. Dr Umberto Marsich, S.X.

“Emos”  / Carta abierta a los padres de familia en margen al malestar de la juventud, hoy. 

¡Hola Gerardo! Educar, hoy, a una juventud que mira hacia el futuro con desesperanza; que no ha logrado incorporar, en sí misma, valores morales ciertos; que no tiene seguridades psicológicas ni ideales que les permitan dar sentido a la vida u proyectarse con esperanza hacia el futuro; que han recibido de los adultos testimonios de falsedades, maldades e hipocresías; de los políticos, incentivos para el pleito y la exclusión; de las Iglesias y religiones, propuestas  de moralidad donde se enfatiza únicamente lo que no se debe hacer; de los papás, apapachos permisivos, sin diálogo ni afectos consistentes; de la escuela, modelos ideológicos y empobrecidos de vida…¡es casi IMPOSIBLE! Y ya estamos viendo los resultados en los pintorescos “productos juveniles” que se pelean en las plazas del país y reclaman tolerancia y libertad.  Las consecuencias las palpamos en las tribus urbanas, y menos urbanas, de jóvenes, a su manera “valientes”, que buscan la trasgresión para llamar la atención y gritar su frustración y rechazo contra las generaciones adultas por lo que no les hemos sabido dar: una educación comprometedora, una cultura sólida y equitativa, una economía más justa, oportunidades de superación y trabajo, testimonios de amor por el cual valga la pena vivir, un futuro con esperanza, un tejido social más limpio y una naturaleza incontaminada… 

Imposible, en efecto, es educar para la fidelidad, el servicio, el bien común, la responsabilidad, honestidad, respeto y tolerancia si los adultos y padres de familias no hemos sabido dar testimonio de ello. La simulación, la hipocresía, el narcisismo, el materialismo, el hedonismo parecen haber prevalecidos en el mundo de los adultos, mientras la juventud nos pedía autenticidad, sinceridad, espontaneidad, justicia, ecología, esperanza, amor y afecto. 

Preocupante resulta la canalización que los jóvenes hacen de sus aspiraciones y las metodologías que asumen para somatizar sus inconformidades. Es la misma historia de las generaciones juveniles pasadas que se repite, sin embargo, con un agravante más que es el deseo de auto destrucción, el tinte de masoquismo que los caracteriza, el impulso a actuar con una libertad sin límites, el peligro de aislarse y contraponerse a los demás, el fuerte sentimiento de intolerancia y de agresividad contra los adultos y aquellos que no comparten la “ideología”. 

Decepcionante, también, es la fragmentación existente entre las variadas tribus juveniles. Posiblemente, la última frontera de identidad juvenil la encontremos en los que se autodefinen como “emos”: pequeño fragmento, por cierto, del mundo juvenil, hoy despedazado, anárquico y a la deriva. La causa más profunda de su rebeldía creo encontrarla en ese sentimiento de frustración frente a la vida futura; en la falta de oportunidades para soñar; en la angustia por vivir en un mundo lleno de contradicciones sociales, de injusticias económicas, terrorismo y guerras inútiles. Todo esto, aunado a un lenguaje emotivo y salvaje que los incita a la depresión e inercia, es motivo de dolor y sufrimiento, que reflejan en su manera excéntrica y anómala de vestir, adornarse, pintarse y herirse hasta físicamente. Los tétricos maquillajes con que se adornan; las cortadas en los brazos por cuestiones emocionales, la música obsesiva, las perforaciones y los piercings no dejan de ser parte de un lenguaje muy propio y finalizado a cuestionar y criticar todo el mundo que lo rodea: escuela, Iglesia, política, economía, familia, sexualidad, etc. Son símbolos, en efecto, de su malestar profundo, pero también de sus incapacidades para pensar en grande, proponer y construir algo mejor y verdaderamente alternativo. El querer ser y manifestarse diferentes; el hacer todo para llamar la atención y ser interesantes, a final de cuenta, es un renovado narcisismo que no contribuye, por cierto, con mejorar el mundo que cuestionan y critican.  

Los motivos que distinguen a los “emos”, como las estrellas, calaveras, cuadros bicolores, franjas, fleco teñido y crepé en la nuca si, de un lado, logran distinguirlos de otras tribus juveniles, de otro lado los rebajan a movimiento pasajero de moda y a un fenómeno mercadotécnico más. La expresión espontánea de los sentimientos tristes, que albergan en sus personas, y que les da nombre; el arte de besarse y tocarse, sin compromiso, incluso con extraños, que llaman “mamaseo”, y que les hace sentir libres y sexualmente desinhibidos, en lugar de permitirles llevar a cabo una lucha correcta y justa en contra de las falsedades e hipocresías que condenan en los adultos, señalan el nivel de inconsistencia y desintegración personal, de libertinaje destructivo y ausencia de verdaderos ideales en que han caído. La trasgresión como método para afirmar libertades ha sido ya experimentada por movimientos del pasado y la historia ha comprobado ya su fracaso social y perversidad moral. La emocionalización compulsiva de la vida política, cultural, deportiva y lúdica que el mundo ha generado se refleja, desde luego, en esta filosofía juvenil que convierte las emociones en el valor principal y absoluto de su vida, inclusive, amalgamado a la racionalidad.  

La anonimía y el impersonalismo, además, que caracterizan la sociedad urbana contemporánea y la carencia de vida familiar auténtica, son detonadores ciertos de la urgencia de socialización excluyente y de afectividad, que estos jóvenes expresan de manera tan extravagante, dramática y pintoresca. Lo más dramático del surgimiento de estas tribus juveniles reside en la fragmentación existente entre ellos y, sobre todo, en la intensidad de frustración que los impulsa a desahogarse irracionalmente en la violencia, a encerrarse herméticamente entre ellos y a resistirse a todo intento de dialogar con los diversos. Si “emo” significa decir lo que sientes a quien comulga con tu filosofía y pertenece a tu tribu, esto nos induce a pensar en la fuerte urgencia de comunicación que tienen y en nuestra incapacidad de adultos y padres de familia para satisfacerlos y saberlos escuchar y entender.  

El desafío, entonces, para todos, será el de preguntarnos acerca de las causas de los malestares, insatisfacciones, inconformidades, carencias y lamentos de nuestra juventud, hoy; de interrogarnos en qué está fallando la familia, escuela, iglesia, estado y sociedad. La satanización de la juventud de un lado y la ingenua benignidad, de otro lado, no nos van ayudar mucho ni para comprender ni para ayudar. Habrá que escarbar con determinación dentro de nuestras estructuras sociales para diagnosticar con acierto y denunciar con firmeza las enfermedades que nos afectan, si queremos, de verdad, participar en su redención y humanización. En el rescate y en la redención de nuestra juventud.  

Afortunadamente, es justo reconocer que los miembros jóvenes de las tribus urbanas no son toda nuestra juventud, sino únicamente una sección, sin embargo, igualmente significativa, respetable y que debemos amar.  

Amigo Gerardo, échale ganas y no te desanimes. Tus jóvenes hijos son demasiado preciosos para seguir descuidándolos. Ellos merecen toda nuestra pasión educativa, a pesar de lo difícil que es, hoy, educar, por culpa de este mundo, sin alma y corazón, que nos rodea.

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