Nadie Puede Servir a Dos Amos (Mt 6, 24-34)

La posibilidad, hoy, de atender dos trabajos y tener más chambas es muy real y factible, pero, en los tiempos del Señor, no. La esclavitud otorgaba derechos de posesión también sobre las personas, las cuales se volvían servidoras de un solo amo: “Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro”. Sin embargo, el objetivo de esta sentencia evangélica es otro: quiere darnos a entender que es Dios quien, principalmente, no admite “rivales” en amor y en la fe: “En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero”. De esta manera, Dios reivindica al hombre para sí y no tolera a su lado rival alguno de orden terreno. Esta sentencia evangélica es una invitación a no perderse en la exagerada solicitud por lo ‘terrenal’, peligro al que están expuestos tanto el rico como el pobre. Las personas que creen en Dios y orientan su vida hacia Él no pueden aceptar arreglos con otros “dioses” como, por ejemplo, con el dios dinero llamado, en el Evangelio de Mateo, “Mamón”. Dios y Mamón son dos “señores” en oposición inconciliable, que exigen al hombre entrega incondicional y elección clara y definitiva sólo por uno de ellos. A Dios se le debe amar totalmente y servir gozosamente sin componendas de ninguna naturaleza con otras falsas divinidades; sin desplazar el corazón hacia otros objetos o realidades diversas. Mamón aparece, aquí, como el injusto poder demoníaco capaz de engañar y de esclavizar al hombre; el enemigo del hombre que pone en peligro su salvación eterna. Las ansias excesivas por el tener siempre más, en efecto, quitan la serenidad del espíritu, necesaria para atender las cosas del Señor y considerarlo a Él como el valor absoluto de la vida y camino de salvación. La consecuencia es que, a muchos de nosotros, les importa más acumular dinero y almacenar bienes materiales, que cuidar su vida interior con coherencia evangélica. Cuando la preocupación por las cosas, aun las necesarias, se vuelve obsesiva y total, el alma humana se aleja de Dios, dejando de ser Él lo verdaderamente necesario. Se trata de una reflexión sumamente importante para los creyentes de este tiempo tan consumista y materializado. 

La segunda instancia religiosa de este texto evangélico se refiere a la Providencia divina, o sea, a la confianza que le debemos tener siempre. Se trata, en efecto, de un cántico al amor providente de Dios: “No se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán”. Sin embargo, habrá que evitar de interpretar el texto como un ‘elogio’ a la inacción, pasividad y flojera. No contradice el deseo de superación humana y tampoco el placer de ser activos, emprendedores y trabajadores. Su objetivo, en efecto, es el de suscitar confianza en la providencia divina que no deja de velar sobre aquellos que sirven a Dios, lo buscan sobre todas las cosas y son sus misioneros y discípulos. Jesús, por cierto, se dirige a sus íntimos amigos y apóstoles suyos, de tiempo completo, alentándolos a seguirlo con optimismo y sin tantas preocupaciones materiales. La comparación con las aves del cielo y los lirios del campo es poéticamente atractiva, pero no deja de ser ilógica y contraria a toda ley de la economía; no deja de ser, por cierto, ‘simbólica’: “Miren las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros…Miren cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan”. Simbolizan, más precisamente, la actitud de aquellos que se entregan al Señor sin cálculos egoístas y confiados en su permanente y misteriosa ayuda. Los que trabajamos por el Señor, de hecho, somos cotidianamente testigos de esta providencia divina que se hace realidad a través de la generosidad de muchos hermanos y amigos de fe, realizándose la promesa de Jesús: “Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe?”. De estos hechos tan evidentes se deduce que Dios, como padre bueno que es, siempre estará al pendiente de la vida de sus hijos. La entera confianza en Dios y no la propia laboriosidad es lo que descarga de cuidados y afanes materiales al discípulo, cuya única inquietud lícita y de importancia debe permanecer la solicitud por el reino de Dios y su justicia. Lo que Jesús exige aquí no es, obviamente, una actitud externa de  piadosa inactividad quietista, sino la actitud interior de confianza filial en Dios Padre.  

La doctrina de la providencia divina, a final de cuenta, no es una invitación a la pasividad ni al fatalismo, sino un aliciente para que, sin dejar de trabajar y de ser activos, busquemos con moderación lo necesario para vivir, sin descuidar nuestra búsqueda de Dios y de su reino. Los cuidados por el sostenimiento de la vida no deben, pues, atar al hombre a esta tierra y distraerlo de la búsqueda de Dios y de su reino: “No se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán… busquen, más bien el Reino de Dios y su justicia”. Si Dios sostiene con su bondad la creación, con mayor razón estará de lado de aquellos que por Él viven y buscan su justicia. Los pájaros, los lirios y la hierba, que no trabajan y son, a pesar de ello, sostenidos por Dios – nos indica el Evangelio- son prueba visible de la providencia divina que abarca hasta las criaturas más insignificantes. Confiemos, entonces, siempre en Dios; busquémoslo a Él y todas las demás cosas “se nos darán por añadidura”.  Él vela sobre mis días y cuida de mí silenciosamente.  

Padre Marsich m.x.umbertomarsich@hotmail.com

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