Introducción.
La relación del hombre con su medio ambiente ha originado múltiples problemas, hasta el punto de hacer casi inhabitable el planeta tierra, la “casa” del hombre. La ecología es, exactamente, “la ciencia que estudia a los organismos en su casa, es decir, en su medio”. Más científicamente, podemos definir la ecología como “la ciencia que estudia las relaciones entre organismos o grupos de organismos y su medio ambiente con el fin de impedir su destrucción”. Sobre todo: impedir la destrucción de la vida.
Ya es un hecho, constatado por todos, de que los cambios climáticos que experimentamos, hoy en día, no son otra cosa que la consecuencia de la degradación de la atmósfera causada por la contaminación ambiental y el “efecto invernadero”. Las consecuencias no se han hecho esperar: los cambios climáticos son tan enormes que afectan a la agricultura, a la ganadería, a los recursos hídricos, a los ecosistemas marinos y terrestres y al clima. Todo esto, con repercusiones económicamente dramáticas para todos los países, pobres incluidos.
Finalmente, hoy, estamos tomando mayor conciencia del deterioro de nuestros ecosistemas y de la importancia de preservar nuestro ambiente y reconciliar el desarrollo con la naturaleza. Se están poniendo las bases para establecer remedios internacionales que incluyen principios, estrategias y programas de acción para frenar el calentamiento mundial, el agotamiento de la capa de ozono, la reducción de las faldas acuíferas y los movimientos de desechos tóxicos.
Una mirada a la realidad hídrica.
Sin alarmismos, reconocemos la gravedad de los desastres hídricos que están a la vista de todos y en todo el mundo: sequías duraderas e irreversibles, en partes siempre más extensas de la tierra; ríos sin caudales o altamente contaminados por descargas industriales; lagos desaparecidos, deshielos acelerados, lluvias siempre más escasas y violentas, y limitación programada del agua en las urbes de la tierra.
El protocolo de Kyoto, firmado por casi todas las naciones de la ONU –con excepción de USA y China- propone, entre los caminos para reducir tales desastres, la suficiencia alimenticia y en particular del agua. El ecosistema, en el que vivimos, es tan perfecto y bien diseñado que una falla, en algunos de sus componentes, se repercute inevitablemente sobre los otros. En efecto, el agujero en la capa de ozono, provocado por la contaminación de la atmósfera, calienta la tierra desertificándola progresivamente y reduciendo la humedad necesaria para las lluvias y la vida de la biosfera. A todo esto se agrega el despilfarro y mal uso del agua, su contaminación y el descuido social y político para su tratamiento y recuperación. Reiteramos que la falta de agua, tarde o temprano, será inevitable detonador de graves conflictos sociales.
Los remedios políticos y éticos.
Esta situación urge, hoy más que nunca, de soluciones inmediatas, radicales y planetarias; pide proyectos consistentes y acuerdos decididos internacionales y nacionales, a corto y largo plazo. La cosa es que los países de mayor desarrollo económico y tecnológico difícilmente sabrán renunciar al bienestar logrado. En perspectiva, necesitamos proponer y acompañar la construcción de una nueva cultura para el reequilibrio de la relación hombre-ambiente, hoy, tan trastornada. Han surgido, incluso, nuevas ciencias y nuevos términos finalizados a impulsar conciencia y ética ecológicas, que deberían estar a la base de un comportamiento más correcto y responsable del hombre hacia el ambiente. A la luz de esta moralización de la conducta humana no nos resulta, por cierto, impertinente el recurso también a la nueva categoría ético religiosa del “pecado ecológico”. Pecaminosa, por lo tanto, será toda conducta que destruya el ambiente y envenene áreas inmensas de territorio, haciéndolas inhabitables. E inicua es la globalización con esa obsesión compulsiva por las ganancias a costa de la ecología del planeta.
Este desarrollo exige, urgentemente, de “correctivos globales”, o sea, de la solidariedad de todos los hombres, de todos los países y de más justicia social; requiere, en otras palabras, de más amor del hombre para con la naturaleza y pide más responsabilidad moral. Vivimos como si fuéramos la última generación de la historia humana, o sea, no dejando nada a las generaciones futuras. Puesto que varios de los recursos naturales no son renovables, poco a poco, sentiremos su falta y tendremos que pagar las consecuencias. En la encíclica “Sollicitudo Rei Socialis”, Juan Pablo II denunciaba este abuso de los recursos naturales de la siguiente manera: “Usarlos como si fueran inagotables, con dominio absoluto, pone seriamente en peligro su futura disponibilidad, no sólo para la generación presente, sino sobre todo para las futuras” (n.34). La tierra puede y debe ser salvada a través de un desarrollo sustentable, que significa “satisfacer las necesidades humanas de todos sin sacrificar el capital natura”.
Lo que debe sobresalir, en esta nueva ética ecológica, es la solicitud de un comportamiento más correcto del hombre hacia el ambiente y la necesidad de analizar, también bajo el perfil ético, todos aquellos temas de la actividad humana donde la relación hombre-ambiente asuma una repercusión siempre más significativa: el progreso, la tecnología, la economía, la población, el desarrollo, la política y la religión. Una coherente ética ambientalista, en efecto, deberá tener en cuenta, para una relación más correcta entre sociedad humana y contexto ambiental, los conocimientos científicos sobre el funcionamiento de la naturaleza, de la realidad biológica y cultural del hombre, de su pertenencia a la naturaleza y de la responsabilidad que tiene en la gestión de sí mismo y del ambiente.
Conclusión.
El desastre ecológico de nuestros días, ratificando el fracaso del modelo de crecimiento económico global ilimitado, pide absolutamente el transito de una cultura de explotación y de dominio, a otra de participación y administración responsable del ambiente y de los recursos naturales.
La toma de conciencia de estos problemas, afortunadamente, ha puesto de relieve la unidad de destino de nuestro planeta y está despertando interés para buscar remedios. El hombre, si quiere evitar el deterioro de la calidad de la vida en la tierra, no puede que optar éticamente por la justicia social, la solidaridad humana y el respeto de la naturaleza.
Concluyendo, lo único y lo más deseable que nos queda, es pedir a la inteligencia y al corazón del hombre de reinventar, culturalmente, procesos y formas de equilibrio entre la realidad del ambiente y la presencia humana; de superar comportamientos de destrucción, dejar actitudes de consumismo y frío egoísmo, para que se abra a una inédita relación, cimentada en el amor a la naturaleza y en la fraternidad. Sin una efectiva conversión a la sobriedad en el uso de los bienes de la tierra y a la justicia en la distribución de ellos, no se solucionará positivamente el problema ecológico.
Con razón, el documento de Puebla afirmaba la necesidad de una profunda revisión de la tendencia consumista de las naciones más desarrolladas (n. 496) y la obligación de preservar los recursos naturales como el agua, creados por Dios para todos los hombres a fin de transmitirlos, como herencia enriquecedora e indispensable, también a las generaciones futuras (n. 1236).