Vivir sin Dios (un libro contra Dios y contra la religión)

Lo que me motiva a escribir estas reflexiones es la próxima llegada al mercado, también en México, de la última obra del escritor anglosajón, grande biólogo evolucionista y conocido ateo militante, Richard Dawkins: “The God delusión” (La “ilusión de Dios” o, mejor, Dios es una ilusión). 

Creo que todos ya nos hemos dado cuenta del complot planetario en contra de las religiones y, sobre todo, de la católica. Hay multinacionales (como las que producen pornografía, condones, erotismo y esoterismos) que se ven afectadas, en sus intereses económicos, por las doctrinas religiosas y hay autores, intelectuales y pseudos, que han descubierto, en los temas religiosos, una gran oportunidad de enriquecimiento. Los temas religiosos, los polémicos y aquellos que provocan escándalo, venden y son, así, una gran mina de dinero (Código de Vinci, Ángeles y demonios, etc.).Esta obra de Dawkins se inscribe dentro de esta categoría, pero con el aspecto de científica. 

Conduciendo, desde varios años, una encarnizada batalla contra la religión, sobre todo contra las tres religiones monoteístas, el autor intenta probar “la inexistencia de Dios”, llámese éste como quiera, a la luz de dos recientes acontecimientos: el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 y el ascenso al poder de la derecha religiosa en los Estados Unidos. El primero es el resultado más escandaloso del fanatismo religioso: los kamikaces islámicos pensaron de cumplir la voluntad de Dios; el segundo refuerza la existencia de una derecha política teocrática, la de los Bush, en los Estados Unidos de América, quienes se apelaron a Dios para justificar sus guerras en el Medio oriente. 

En los dos casos, quien queda pésimamente mal, es Dios. No puede existir un ser superior que esté en el origen de tanta muerte y sea el causante de tanto mal moral y físico. Sea en

la América de los Bush, como en los países islámicos, lo que prevalece es el mismo fanatismo teocrático. Bush y Bin Laden están de la misma parte: la parte de la fe ciega y de la violencia religiosa contra la parte de la razón y de la paz. 

Lo que no ha percibido el autor es que también nosotros, los creyentes, no compartimos ese concepto de Dios violento y manipulado por el fanatismo que sea. Este tipo de Dios es inexistente y no es aquel en quien creemos. Tampoco es aquel que las Escrituras nos revelan. Para nosotros “Deus charitas est, sed non bellum” (Dios es amor y no es guerra). 

Presintiendo la debilidad probatoria de la inexistencia de Dios de estos acontecimientos el autor recurre, entonces, a la prueba científica, de antigua fecha, como lo es la del “darwinismo”. Puesto que el hombre es producto de la evolución no puede ser obra de Dios. Dios creador del hombre en seis días, como lo describen las Escrituras, es irreal. Lo que nos sorprende, en este razonamiento, es la falta de conocimientos bíblicos y exegéticos y la poca consideración en que nos tiene a nosotros los católicos. No somos tan ingenuos como para creernos literalmente los relatos bíblicos; sin ninguna capacidad crítica e interpretativa. No somos los menores de edad que se creen todo los cuentitos de los adultos, como parece considerarnos el autor mismo.   

A manera de burla, con respecto al creacionismo bíblico, Dawkins pregunta: ¿Quién ha creado a Dios? Puesto que, para nuestro autor, la única epistemología viable es la científica, consideramos, desde luego, superfluo insistir sobre la posibilidad filosófica y teológica de existencia de un ser superior y trascendente “increado”. El impulso a creer en una religión, sin excluirla, no es solamente la influencia familiar y social, como lo afirma el autor. Es también de orden racional, o sea, el resultado de una inteligencia que nos proyecta hacia dimensiones nuevas y, no por esto, menos significativas y posibles, que las materiales e históricas en las que nos encontramos irremediablemente envueltos los humanos de todos los tiempos. Según el autor, la sola satisfacción de participar en el desarrollo de las ciencias y de las tecnologías debería ser suficiente para dar sentido a nuestra vida y a la historia humana, sin embargo, los creyentes, no la consideramos tal. Tampoco es el miedo a desaparecer para siempre y a transitar inútilmente, por el escenario del mundo, lo que nos hace pensar en otra vida y que demuestra la existencia de Dios. 

La racionalidad antropológica de la fe de un lado y la creencia en

la Revelación del otro, son los dos pilares que sustentan nuestra opción creyente en Dios, en la trascendencia de la existencia y en el fundamento, en última instancia, divino del bien y del mal moral. Esto no excluye la posibilidad de recurrir a otros paradigmas fundacionales, diversos de la trascendencia del hombre y de la existencia de la moralidad humana. No por esto, como declara nuestro autor, deberíamos considerarnos necesariamente infantiles, ingenuos y pre científicos. Que la visión científica de la existencia sea más poética e intensa, hasta resultar trascendental, como afirma Darwkins, no veo por que deba ser la prueba de la inexistencia de Dios. Es una opinión más, como cualquier otra y no le confiere el derecho de descalificar, así no más, a quienes no compartimos su opinión. 

 Otra tesis del autor consiste en afirmar que la moralidad es producto de la evolución y que el mundo sería seguramente mejor sin el entorno de las “obsesiones religiosas” acerca de los pecados de la carne y las tentaciones del placer sexual. En pocas palabras: sin Dios y sin la religión estaríamos mucho mejor.             

Se trata de una tesis que evidencia, una vez más, la pobreza antropológica del autor al no darse cuenta que la moralidad, en sí, no es producto de factores externos al ser humano, sino es manifestación de su identidad de ser,  dotado de libertad, de conciencia, de  inteligencia y de voluntad. Son estos los fenómenos que justifican la moralidad humana. Lo que sí depende de la evolución o de la involución humana son, propiamente, los contenidos, o sea, los valores, los principios y las vivencias morales.

La moralidad contemporánea, de hecho, manifiesta más un proceso involutivo que evolutivo y no son propiamente las “obsesiones religiosas” las que, hoy, afectan la felicidad de la humanidad sin excluir, por honestidad, que en algunos casos y en algunas épocas, hayan podido ser causas de trastornos mentales y, desde luego, generadoras de infelicidad. También es parte de la debilidad humana errar y manipular realidades, no solamente religiosas, hasta la obsesión. La referencia a los pecados carnales y a la aversión religiosa para con el placer sexual si, de alguna forma, refleja posturas maniqueas asumidas, en ciertos tiempos, por la doctrina moral de

la Iglesia, de ninguna manera reproduce lo que es, hoy, su sentir y su interpretación. La crítica del autor es seguramente, hoy en día, obsoleta, irreal y mal intencionada. Los siglos del oscurantismo, a los que el autor se refiere, son ya restos arqueológicos por lo que se refiere al pensamiento moral cristiano. La perspectiva de la moral sexual cristiana, en nuestros tiempos, es seguramente de amplios y razonados criterios que no inhiben a nadie, sino, más bien, a todos nos permite vivir con intensidad, alegría y mayor satisfacción.
 

Lo malo es que, gracias a la polémica y al morbo que el título solapa, “The God delusión” será el best seller más vendido de la próxima Navidad: un libro contra Dios y contra la religión.                                                                                                                                                                 Ojalá que estas reflexiones puedan ayudarnos a defendernos, una vez más, del magno atentado cultural que la sociedad del pensamiento débil sigue orquestando en contra de nuestra fe en Dios.

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