Martha Velázquez trabajó más de cinco años en el “call center” o centro de contacto de SKY, específicamente para Servicios Corporativos de Telefonía S de R L de C V, tenía muchos planes en mente, uno de ellos, terminar la carrera de Economía y ascender en “su empresa”, donde hasta hace algunos meses se había desarrollado como operador telefónico, para ella,  valía la pena trabajar siete horas diarias con un descanso de apenas 25 minutos al día para sus necesidades básicas y sólo un día a la semana para realizar sus tareas escolares, sin contar con la presión de las llamadas constantes con un timbre estruendoso que avisaba al oído que había que atender a un cliente, además,  la insalubre utilización de una diadema colocada en su oreja durante seis horas 35 minutos, lo que asemejaba un “grillete” que la dejaba “inmóvil”, pero…”valía la pena” (sic). 

Paradójicamente, de acuerdo con el Instituto Mexicano de Telemarketing (IMT), en México, la industria de los llamados “call center” registra un crecimiento anual del 19%, y aunque desde el punto de vista optimista de algunos asistentes entrevistados durante el Congreso Internacional IP & Contact Forum, celebrado en marzo del 2007 en el Centro Banamex, “estos centros de contacto representan una gran oportunidad para generar empleos en México”.  

La pregunta sería ¿A qué costo? Y no refiriéndonos a los gastos de producción o infraestructura sino a las condiciones que este tipo de empleo ofrece a sus empleados y aunque no se puede generalizar, por ejemplo, la mayoría de los “call centers” no invierte ni siquiera en una audiometría (Prueba que nos permite una valoración bastante precisa de la audición, siendo vital para determinar si una persona oye bien o no. Aportándonos información adicional sobre el problema subyacente, posible causante de la pérdida auditiva) para sus trabajadores.  

Ahora Martha no escucha igual que hace cinco años, las secuelas de trabajar como operador telefónico son evidentes, pero no sólo eso, son pocas las garantías que tienen la mayoría de los trabajadores, ella fue despedida en octubre pasado, sólo por solicitar la copia de su Contrato Colectivo del Trabajo ante una duda que tenía. La empresa simplemente argumentó que “ya no era productiva”.  

Nadie imaginaría que la obra escrita por el dramaturgo Jordi Galcerán, “El método Grönholm”, hoy sería una realidad. Al empate del avance tecnológico las formas de pensar también han cambiado, y no precisamente para mejorar, pues la economía de mercado, basada en la creación de riqueza y cuyos empleados deben competir para mantener su trabajo o aspirar a un mejor puesto, ha generado que vivamos en un ambiente en donde “todo se vale”, no hay valores ni ética,  ni buenas condiciones laborales, aquí la principal regla es “ganar”, y el aspecto humano poco a poco deja de existir. Y este ambiente laboral que se vive en la práctica, en donde los procesos de modernización y las exigencias del mercado, generan una presión en los trabajadores hasta el grado de “robotizarlos”, lo que conlleva a que poco a poco desaparezcan sus garantías, y ante la necesidad de mantener el empleo no se manifiesta, lo cual llega a ser común en nuestra sociedad.  

Por ello, las autoridades deben hacer una revisión exhaustiva de

la Ley Federal del Trabajo y exigir que se respeten las garantías de los trabajadores, quienes victimas de sindicatos indiferentes “comprados” por las empresas, son humillados y maltratados todos los días. Y si las grandes firmas en México copian los modelos norteamericanos para aplicarlos aquí, deben analizar que mientras en Estados Unidos un operador telefónico gana alrededor de 2 mil 90 dólares al mes (claro, con mejores condiciones de trabajo), en México sólo alcanzamos 360 dólares mensuales. Algo que también debería ser igualado.