Es indudablemente confortable para nosotros, los discípulos y seguidores del Señor, sentir cerca la voz de Jesús que nos invita a tranquilizarnos, cuando vivimos sacudidos por las tempestades de la vida; y a no temerle a nadie, cuando sabemos que Él está ‘embarcado’ con nosotros, en la misma aventura eclesial de vida y de fe. Somos, en efecto, llamados por Jesús a caminar sobre las aguas resbaladizas de nuestra historia sin temor alguno, porque Él no nos dejará hundirnos y sus palabras nos confortarán permanentemente: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. También en esta ocasión, es Pedro quien, representando a sus compañeros y a todos nosotros, presuntuosamente le dice al Señor: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Sus inquietudes son las nuestras; sus dudas las compartimos y su estupor frente al ‘fantasma’ de Jesús es también nuestro. Pedro, en esta ocasión, simboliza la existencia del discípulo cristiano, en quien conviven paradójicamente la certeza de la fe con el miedo, la duda y la incertidumbre. La dificultad momentánea de los discípulos, por reconocer al Señor en el hombre misterioso que camina sobre el agua del mar de Galilea, manifiesta los ‘altibajos’ típicos de la fe de todos los que decimos creer en Él: “Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían ¡Es un fantasma!”.
La travesía de los discípulos, por el mar de Galilea, se había complicado por un fuerte viento contrario que había encrespado las olas. A este punto, no es impertinente descubrir, en la barca de los discípulos, el símbolo de la Iglesia misma sacudida, a lo largo de la historia, por fuertes y violentas tempestades. Desde tiempos antiguos, en efecto, a la Iglesia se le ha representado como una ‘barca’ siempre en peligro y siempre a flote; zarandeada y maltratada, pero íntegra. La presencia cierta y protectora de Jesús y del Espíritu Santo la han siempre conducido adelante con los éxitos que todos le reconocemos. Solamente cuando queremos remar, avanzar y luchar sin Jesús, las aguas se vuelven turbulentas y traidoras y la fe tambaleante y titubeante. Exactamente como le pasó a Pedro en esta escena del Evangelio de Mateo. La llamada expresa de Jesús, en ese ‘¡ven!’, lanza a Pedro a su camino sobre las aguas pero, al sentir la fuerza del viento, le entra el miedo y, por eso, comienza a hundirse.
El sentido profundo de la escena es claramente el de evidenciar la fuerza de la fe en el poder de Jesús, mas que en las propias fuerzas, y el de señalar los efectos desastrosos de ‘la duda’. Tal vez, también a nosotros nos pasa lo mismo. Las dudas de fe nos atormentan, sin embargo, Jesús no nos abandona y nos tiende igualmente la mano: “Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo ‘Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?’
“En cuanto subieron a la barca –continúa el evangelista Mateo- el viento se calmó”. La expresión ‘subieron a la barca’, refiriéndose a Pedro y Jesús, revela la acción de un Jesús misericordioso y comprensivo, que ‘acompaña’ al débil Pedro de regreso a la barca eclesial para seguirla conduciendo adelante, por el mar de la salvación. Es así como Jesús los saca del apuro con un gesto de soberana autoridad sobre la naturaleza. Sin embargo, más que milagro sobre las fuerzas naturales, esta intervención de Jesús fue y sigue siendo ‘pretexto’ para inducirnos a reflexionar acerca de nuestra fe.
El suave reproche de Jesús a Pedro, y a nosotros, parece tener esta finalidad: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. El grito de Pedro: “¡Sálvame, Señor!” plasma, luego, la desesperación y el pánico del hombre creyente, cuando no ha logrado mantenerse firme en su fe. Además, en Pedro y en los compañeros, que se postran en reconocer a Jesús como Hijo de Dios, reconocemos un verdadero proceso de crecimiento en la fe: “Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús diciendo ‘Verdaderamente tú eres el hijo de Dios’ ”. También nosotros, por cierto, sabemos que la fe, en su origen don de Dios, es algo que, para desarrollarse, debemos nutrir y crecer hasta el final de nuestra vida.
Mateo evidencia, con este episodio, la condición del discípulo de Cristo de todos los tiempos: dividido entre el temor y una fe, que sigue amenazada por la duda. La escena quiere también dar expresión al hecho de que el Señor no abandona al discípulo en el caso de que éste falle. Sus palabras, que nos invitan a tranquilizarnos, son prueba de ello: “Tranquilícense y no teman. Yo soy”. Se trata de una invitación a la confianza sin condiciones y fundada en la presencia salvadora del Señor. El auxilio misericordioso y la intervención de Cristo son indispensables, desde luego, para la vida y la serenidad de la comunidad cristiana que, en medio de la historia, lucha por ser fiel a su Señor. Como aquella barca, sacudida por las olas turbulentas, signo de las fuerzas caóticas y diabólicas que amenazan permanentemente nuestra fe.
Padre Humberto Marsich m.x.umbertomarsich@hotmail.com