Si hemos conocido algún viñador, nos debe haber impactado, seguramente, el cariño y el cuidado que le tienen a la ‘viña’. Esa misma relación, pero entre Dios, el viñador, e Israel, su viña, la encontramos ya descrita en los hermosos ‘cantos poéticos’ del profeta Isaías (5, 1-7). Hoy, esta misteriosa historia la reencontramos relatada en la ‘alegoría de la viña’ del evangelista Mateo, pero con éxito decepcionante y resultados desconcertantes. En efecto, se trata de la parábola de los ‘viñadores homicidas’. Una especie de ‘teología de la historia’, sobre la culpa de Israel y de sus jefes, a través de los tiempos. Un relato alegórico de la historia de la salvación, donde los labradores representan al Israel infiel y rebelde a los llamados de Dios.  

El sentirnos, hoy, amados por el Señor, como una ‘viña por su viñador’, es encantador, sin embargo, no deja de inquietaros, porque el ‘amor pide amor’. En esta ocasión, en efecto, el propietario de la viña nos reclama ‘frutos’ para el tiempo de la vendimia, o sea, ‘rendición de cuentas’ para el ‘día del Señor’, al final de nuestra vida.  

El amor, los desvelos y las esperanzas que Dios ha puesto en su pueblo, no deberían quedar sin efectos y sería incongruente decepcionarlo, a la hora en que venga a recoger los frutos. Esto ya pasó en los tiempos de Israel. Más bien, los jefes del pueblo, a quienes Dios había encargado la viña, mal le respondieron intentando, inclusive, adueñarse de ella y explotarla, para beneficiarse indebidamente: “Llegado el tiempo de la vendimia –nos relata el evangelista- el propietario envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro más lo apedrearon”. Insatisfechos de las barbaries cometidas en contra de los ‘profetas’, enviados por el dueño, y decididos a posesionarse de la viña, cuando el propietario envió a su mismo hijo, lo mataron: “Por último, les mandó a su propio hijo pensando ‘a mi hijo lo respetarán’. Pero –continúa el relato- cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros ‘este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con la herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron”. A la larga historia de rechazo de los enviados de Dios en el Antiguo Testamento, se suma también el rechazo decisivo del Hijo en la Nueva Alianza. 

La historia del mesianismo de Jesús, hijo del dueño de la viña y, por la Resurrección, colocado como ‘piedra angular’ desechada y fundamento de la nueva construcción eclesial, se identifica perfectamente con la descripción del Evangelio: “La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular”.  

Polémicamente, también en esta ocasión, el Señor no deja de cuestionar y juzgar las incredulidades y las fechorías de sus inclementes enemigos, sumos sacerdotes y ancianos del pueblo. Todos ellos, en el día del juicio, o sea, en el tiempo de la ‘vendimia’, tendrán que responderle a Dios, por sus actos criminales y recibirán su merecido: “Por esta razón, les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca frutos”. Lo mismo les sucederá a los viñadores de hoy; a aquellos que el Señor ha puesto al cuidado de su pueblo, si no se dedican a dar ‘frutos’ de santidad, es decir, a vivir de tal manera que Dios signifique algo en su vida y a cumplir su voluntad. El crimen cometido contra el hijo, desde luego, no quedará impunito. En efecto, el dueño de la viña: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores”. La alusión a la ruina de Jerusalén, en el año 70, no parece impertinente.      

Nos damos cuenta que, a Jesús, no le daba miedo enfrentarse a los ‘grandes’ de Israel: sacerdotes, doctores de la ley, fariseos y ancianos del pueblo, para exigir justicia y respeto. Se trata de un antecedente ‘ejemplar’ para que, también nosotros, no nos apoquemos cuando se trata de exigir justicia a los ‘pastores’ que nos guían y a los jefes que gobiernan. El pueblo es de Dios y nadie debería usurpar su lugar.  

El Reino, simbolizado por la ‘viña’, se ha ofrecido a Israel, pero éste no ha respondido a la elección. El mismo Reino, ahora, Dios nos lo ha ofrecido a nosotros, su pueblo, sin embargo, nos será arrebatado y entregado a otros, si no permaneceremos fieles a su palabra; si, en el tiempo de la vendimia, no le entregaremos los frutos esperados. Estemos atentos, entonces, para encontrarnos siempre en estado de acogida del Señor, que vendrá, sin falta, para recoger los frutos. Los que ‘den frutos del Reino’ son, en última instancia, todos aquellos que, recibiendo al Hijo, forman el nuevo pueblo de Dios y practican la justicia. 

Padre Humberto M. Marsich mxumbertomarsich@hotmail.com