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La mayoría de los cristianos ha olvidado el dogma esencial de la fe, que es la segunda venida de Cristo en su condición reinante. Casi todos sitúan la Parusía (retorno glorioso de Jesús) en coincidencia con el fin del mundo y el juicio universal, para lo cual falta todavía mucho. 

Como consecuencia de esa concepción errada, espiritualizan tanto el reinado de Cristo que lo confunden con el Cielo. Para los primeros cristianos y para los Padres de la Iglesia no era así: ellos habían recibido de los apóstoles y evangelistas que Cristo volverá para reinar en este mundo durante un periodo largo, después de haber derrotado a Satanás, el cual aparentemente triunfará durante los siete años de la Gran Tribulación. Sólo después del largo reinado de Cristo, entonces sí vendrá el fin del mundo y el Juicio Universal. 

Dice San Mateo: 

“Cuando veáis, pues, la abominable desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el Lugar Santo (el que lea que entienda), entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes (…), porque habrá entonces una Gran Tribulación, cual no la hubo desde el principio del mundo, ni la volverá a haber jamás” (Mt 24, 15). 

Por la revelación de Mateo “ni volverá a haberla jamás” sabemos que después de la Gran Tribulación y de la Parusía, la historia humana continuará en esta Tierra. Pero, además, sabemos que esa historia humana continuará de forma totalmente renovada: por su poder y misericordia, Dios cambiará los tiempos actuales de pecado y desgracia, por tiempos de justicia y felicidad.

La Gran Tribulación es la suprema batalla entre el bien y el mal, es la purificación previa a la Parusía, es el final de los tiempos actuales antes de que la naturaleza humana y la creación sean renovadas, es la siega que separa el trigo de la cizaña, es la realización del designio original del Creador, es la condición causal para el más grande manifestación de Dios en la historia.

La Parusía es el acontecimiento que concluye la Gran Tribulación y da inicio al reino de Cristo en la Tierra. La escatología tradicional, debido a un influjo negativo por parte de comentaristas de San Agustín, niega la concretización de la Parusía, cayendo así en una especie de gnosticismo moderno.

Dicha teología se olvida de la finalidad última de la redención anunciada por San Pablo a los Efesios: “Hacer que todo cuanto hay en el cielo y en la tierra, quede restaurado en Cristo bajo su jerarquía soberana” (Ef 1, 9).

El reino de Cristo es la realización concreta del plan salvífico de Jesús, “que todos sean uno” (Jn 17, 20) como Él y su Padre son uno, para que finalmente exista “un solo rebaño, bajo un solo pastor” (Jn 10, 16). Será un reino verdaderamente universal, cumpliéndose las profecías del Antiguo Testamento “Se le dará el poder, la gloria y el reino, y todos los pueblos, lenguas y naciones le servirán” (Dn 7, 14); dicho en palabras del salmista: “Le servirán todos los reyes de la tierra, todas las naciones lo servirán(Ps 71, 11).

Las características de ese reino las dan las mismas Escrituras: será un Reino de justicia y de paz (Is 60, 18; 32, 17; Ps 71, 3). Será un reino de verdadera prosperidad (Ez 34, 26; Os 2, 23; Am 9, 13). Será, sobre todo, un reino de amor, en el que Dios se mostrará especialmente afectuoso con los hombres (Is 66, 12).

Si ignoramos ese futuro, caeríamos en la ignorancia esencial de Pilatos cuando éste le preguntó a Jesús: “¿Luego tú eres Rey?”, a lo que Cristo respondió: “Tú lo has dicho, yo soy rey. Para eso he nacido y para eso he venido al mundo” (Jn 18, 37).

San Pedro lo formuló así: “Pues también conforme a su promesa esperamos cielos nuevos y tierra nueva, en la cual habite la justicia” (2 Pe 3, 13).

Y las promesas de Isaías, en el capítulo 65, nos hablan no solo de una bondad espiritual y moral, sino también de una física y material.

Así la describió gráficamente: He aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva, y no serán recordados los primeros ni vendrán a la memoria; antes habrá gozo y regocijo por siempre jamás por lo que voy a crear. Me regocijaré por Jerusalén y me alegraré por mi pueblo, sin que se oiga ahí jamás lloro ni quejido. No habrá allí niño que viva pocos días ni viejo que no llene sus días, pues morir joven será morir a los cien años y el que no alcance los cien años será maldito. Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos. No edificarán para que otro habite, no ablandarán para que otro coma, pues cuanto vive un árbol vivirá mi pueblo y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos. No se fatigarán en vano ni tendrán hijos por sobresalto, pues serán raza bendita de Yavéh ellos y sus retoños con ellos; el lobo y el cordero pacerán lado a lado y el león comerá paja con el buey, la serpiente se alimentará de polvo; no habrá daño ni destrucción en mi monte santo, porque la tierra estará llena del conocimiento del amor de Dios como una invasión de las aguas del mar, dice Yavéh (Is 65, 17).

Algunos piensan que esos cielos nuevos y tierra nueva de los que hablan el profeta Isaías, el apóstol San Pedro, y otros profetas y evangelistas, deben ser ubicados después de la resurrección universal, al fin del mundo. Sin embargo, eso está equivocado, pues en el cielo ya no habrá impartición de justicia, ni generación de hijos, ni muerte. Tampoco habrá necesidad de edificar casas, ni plantar viñas, ni habitarán animales como se menciona expresamente en esa promesa.

No, todo ello se refiere a la condición que vivirán los cristianos que, por su fidelidad amorosa a Cristo, entren a tomar parte en el banquete de bodas del Cordero.

Es por ello que, a medida que se acerca la Gran Tribulación, tenemos que llenarnos de alegría y gozo por la proximidad del reino de Cristo. Debemos, como dice San Lucas, erguirnos y alzar nuestra cabeza, pues se acerca nuestra liberación (Lc 21, 25). Debemos, como dice la Escritura respecto a la primera venida de Cristo en Belén, vivir en espera anhelante de su segunda venida, pues nos ha tocado vivir en este que es el segundo Adviento de la humanidad. Igualmente que aquellos hebreos que aguardaban la llegada del Mesías, oremos con insistencia para que las nubes lluevan al redentor.