La muerte: entre tradición mexicana y fe cristiana.

  1. La inmortalidad es de la ‘persona humana’.

Al cristiano no le está permitido tenerle miedo a la muerte. Para él, con la muerte, sólo se acaba la biología. La persona, dotada de alma espiritual y de facultades inmateriales, es ‘inmortal‘. Además, Cristo nos ha indicado el destino del ‘más allá’ cristiano: la Resurrección. Se trata de un anuncio maravilloso, lleno de optimismo y esperanza, que ninguna otra religión ni filosofía tiene. El cristianismo, en efecto, no cree en la ‘metempsicosis‘, o sea, en la reencarnación predicada por las  religiones orientales. Considero ofensivo de la inteligencia humana la perspectiva de volver a vivir, obligatoriamente y al azar, en un animal o en otro ser.            

2. Exorcizando la muerte. 

Tampoco podemos creer que, con la muerte, todo se acabe, así no más, como si nada. Esta postura nihilista, inevitablemente destructiva, es la que incrementa el suicidio como acto lógico y coherente. No es humano ni racional pensar de diluirse, después de la muerte, en el abismo de la nada. Nuestro pueblo mexicano, de su parte, se ha acostumbrado a no enfrentar directamente el misterio de la muerte, exorcizándolo de muchas maneras: divinizándola en la imagen de la ‘santa muerte’; bromeándola a través de miles de ‘calaveras literarias’ o alimentando la falsa creencia de que somos ‘inmortales’. En estos últimos años, el miedo a la ‘flaca’ ha aumentado hasta el extremo de preferir morirse en la lejanía y frialdad de un hospital, en lugar de finalizar la vida en la calidez del hogar. Afortunadamente, no sucede lo mismo en las comunidades indígenas del país. En efecto, las tradiciones prehispánicas de nuestros indígenas son mucho más humanas y cálidas que las urbanas. 

3.    Los indígenas y la muerte. 

Los indígenas, en efecto, creen profundamente que los difuntos, con la muerte, simplemente transitan a ‘otro misterioso lugar’, el ‘mictan’. Niegan la desaparición total del ser humano y aceptan su misteriosa transformación. Consecuentemente, los vivos podemos seguir hablando con ellos y, en las grandes fiestas, invitarlos para que vuelvan a comer, con los vivos, los platillos que eran de su mayor agrado.  

El día primero de noviembre, además, con motivo de la fiesta de ’Xantolo’, construyen, en sus casas, bellos ‘arcos’, adornados de frutas y flores, que simbolizan la ‘unión’ entre tierra y cielo y entre vivos y muertos, para que sigamos comunicándonos con ellos. Toda la familia reunida hace oración, inciensa con el copal el altar y el arco, y platica con los difuntitos, recordando lo más peculiar de sus vidas. Sin embargo, tampoco entre ellos, está presente el sentido de la Resurrección cristiana, ni la esperanza de vida eterna con Dios, así como lo predica el Cristianismo. 

4.    La fe en la ‘Resurrección’. 

Si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos con Él. Con el Apóstol, desde luego, gritamos: “Muerte ¿dónde está tu aguijón; dónde tu victoria?”. Definitivamente, nos sentimos fuertes con Cristo y tenemos fe en la resurrección de la ‘carne‘, pero, desde luego, no en sentido ‘biológico‘. La palabra de Dios, en efecto, nos habla de una ‘carne transformada‘, esto es, ‘glorificada‘, cuya imagen es la del Jesús resucitado.  

Es, indudablemente, alentador pensar en esta hermosa glorificación del cuerpo, que nos permitirá ser y vivir con Dios, nuestra meta y nuestra esperanza, y comulgar con los demás ‘justos’. Viviremos con Dios, fuente de verdadera felicidad y profunda beatitud, para siempre. 

5.    El verdadero ‘Infierno’. 

El quedar excluidos de esta meta y de la visión beatífica del Dios Amor será el verdadero infierno’. Saber que ahí está Dios y no poderlo disfrutar, para toda la eternidad, será el tormento de aquellos que, en esta vida, no lo han aceptado ni amado. La vida eterna, para los cristianos, consiste, entonces, en la posibilidad de perpetuarnos, con una corporalidad diversa y glorificada, en el abrazo amoroso de Dios Padre y en compañía de todos los ‘santos‘. 

La vida de comunión, justicia y amor que llevamos, ‘ahora y aquí‘, con Dios y los hermanos, será nuestra ‘credencial’ para esperar en la eternidad gozosa y contemplativa del Dios Amor. Entraremos en la plenitud del amor sin límites, ni defectos y deterioros: ‘entraremos en la realidad divina que, entonces, dejará de ser misterio‘.  

6.    La ‘beatitud’ de la muerte cristiana. 

La muerte, para los cristianos, ya no es un ‘misterio’, sino una espléndida realidad que suavizará, inclusive, el desprendimiento angustioso y sufrido de esta vida y disminuirá el inevitable impacto con la muerte. Para aquellos que han creído en el Señor y se han alimentado con su cuerpo y sangre, la muerte se volverá en ‘beatitud’. En el más allá, haremos comunidad con los santos de todos los tiempos, conocidos y desconocidos. Y santos son aquellos que Dios ha apartado para sí. Ojala seamos uno de ellos. ¿Qué te parece? 

Padre Umberto M. Marsich mx 

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