Sentido de la muerte.

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La historia, sea la de la humanidad que la personal, se encamina a la restauración, tanto del cosmos como de nuestro cuerpo.

La muerte, o el fin de la historia, no será un “peras” (acabamiento) sino un “teleos” (meta), ya que no tendemos a la disolución, sino a la plenitud.

Nuestra vida, al igual que la del mundo, presupone una cosmovisión de tiempo lineal, no como en el existencialismo, o la filosofía griega antigua ó la hindú, en que el tiempo es cíclico, concebido como “eterno retorno”, de allí que crean en la reencarnación.

En la concepción cristiana hay un ALFA y un OMEGA, una sola oportunidad de vida en que existe un inicio y una culminación. Además, hay un Dios amoroso que nos guía, es decir, una HISTORIA DE LA SALVACION.

Por ello, el cristianismo distingue entre un tiempo ( kronos ) de fechas y horas, y un tiempo (kairos) de la gracia, de la actuación divina en nuestra condición espacio-temporal.

Sentado esto, se presenta la polémica contemporánea de en qué momento se está muerto, con el siniestro posible desenlace de la eutanasia o derecho a decidir sobre mi vida y “bien morir”.

Tradicionalmente se determinaba la muerte con la detención de fluidos (la sabia, en la planta, o la sangre, en el caso del animal y de la persona humana). Posteriormente se tuvo en cuenta la detención de la actividad cardíaca. Hoy prevalece el criterio de la cesación de actividad neurológica. El problema que se presenta es ¿y quién decide?, amén de que la existencia me fue dada, no me la di a mí mismo.

El cerebro es la posibilidad de actividad intelectual, no la causa de ella. Es como la luz que pasa a través de la ventana. El espíritu inmortal, cuyas potencias son la inteligencia y la voluntad, no es la ventana, es la luz que la atraviesa.

Y es que, de base, existe una confusión platónica errada que concibe el espíritu como “encarcelado” en el cuerpo, como un elemento encerrado en el otro, cuando en realidad cuerpo y espíritu son una unidad integral de idéntica dignidad.

El espíritu es el principio de inmortalidad. Gracias al espíritu, el ser humano posee en prenda la resurrección. Las mascotas no resucitarán, por más fieles y perfectas que sean.

El Catecismo de la Iglesia Católica (No. 1016) nos dice, basado en las Escrituras, que cuando se dé la resurrección de la carne, Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma: el mismo cuerpo, el único que fue informado por su alma inmortal.

La buena nueva del Evangelio nos enseña que hemos de esperar la resurrección no sólo como mera revivificación de nuestro cuerpo, sino como forma plena de comunión e identificación gloriosa con el Cristo de la Pascua.

En el yahvismo inicial del Antiguo Testamento, la retribución estaba restringida al ámbito temporal. El justo vive muchos años, mientras que la muerte prematura es señal de maldición (Dt 30, 15).

En el tardo yahvismo y a partir de la persecución de Antíoco Epifanes comienza a madurar la fe en la resurrección de los muertos y la idea de la retribución post mortem. Dicho emperador pagano quería helenizar a los judíos, violando la ley mosaica y haciéndolos comer carne de cerdo. La madre de los macabeos exhorta a sus hijos a mantenerse fieles y firmes en su fe, y los alienta en la esperanza de que recuperarán sus miembros, amputados por el tirano, y su vida toda, el día de la resurrección (II Mach 7).

El libro de Daniel invita a los judíos a mantenerse fieles a su religión, confiando en que el Juez justo dará a cada uno su merecido: “Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán” (Dn 12, 2).

Esto adquiere plenitud en el Nuevo Testamento, en el que Cristo es primicia de la resurrección. Si en Adán todos mueren, en Cristo todos recibiremos la vida gloriosa. La razón es Él mismo: “Yo soy la Resurrección y la Vida” (Jn 11, 25).

En la disputa con los saduceos, los cuales negaban la resurrección, Jesús les dice que ellos desconocen las Escrituras pues cuando Dios afirmó “Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” (Ex 3, 6) lo que se les decía es que los patriarcas no desaparecen, sino que están en la presencia de Dios.

Los sinópticos dan testimonio de la muerte y resurrección de Cristo: el centurión certifica su muerte, es enterrado en un sepulcro y los apóstoles lo encuentran posteriormente vivo, con el mismo cuerpo que murió clavado en la cruz. En el libro de los Hechos, se narra como los apóstoles son testigos del resucitado, y lo son también cientos de discípulos.

No se trata de una simple recuperación de la vida, sino un nuevo modo de existir. Las características del cuerpo resucitado: es un cuerpo glorioso (penetrado por la divinidad), es sutil (puede penetrar la materia), es puro (con una integridad indefectible), es ágil (puede bilocarse o trasladarse rápidamente), es luminoso (reflejo de la Transfiguración y Resurrección de Cristo). En la resurrección se logra una compenetración perfecta de las cosas divinas con las materiales, no habrá el divorcio actual en el que nuestro espíritu tiende hacia lo de arriba, y nuestro cuerpo hacia lo de abajo. En definitiva, resurrección es participación en la Pascua.

Esto para quien resucita a la vida, ya que algunos resucitarán para la condenación y la muerte. Y es que la suerte es distinta según las obras de cada uno: “Llega la hora en que todos los que estén en el sepulcro oirán su voz y saldrán los que han hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho mal para una resurrección de oprobio” (Jn 5, 28).

El Anticristo, nos dice San Juan, a mitad de la Gran Tribulación “será como herido de muerte, pero su herida mortal será sanada” y lo será por obra de Satanás, causando admiración en la humanidad entera. Pero eso es muy diverso a la resurrección. En este caso, si lo señalado coincide con la muerte corporal, la sanación posterior por obra del demonio es simplemente un “volver a la vida”, al igual que Lázaro no “resucitó”, sino que fue revivido por Nuestro Señor. Después de un tiempo Lázaro volvió a morir.

Muchos santos muertos en el Antiguo Testamento resucitaron el Viernes Santo: al momento de morir Jesucristo, sus sepulcros se abrieron por el gran temblor (Mt 27, 51). Resucitados, durante cuarenta días se aparecieron a muchos discípulos, al igual que Jesús. Ellos están actualmente resucitados, en cuerpo y alma, en el cielo, al igual que Jesús y María, y al igual que Elías y Enoch, arrebatados del Antiguo Testamento.

Igualmente, muchos santos muertos a lo largo del Nuevo Testamento resucitarán el día que los fieles sean raptados, antes de que inicie la Gran Tribulación: “los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos” (I Tes 4, 16).

Al final del mundo, para el Juicio Final, resucitarán todos los que queden, incluso los condenados.

La muerte no es el fin de la vida, sino el comienzo de la verdadera vida. Para los que mueren en Dios, la muerte es un paso a un sitio/estado mejor, mucho mejor que lo más pleno de la situación actual.

En consecuencia, no hay que pensar en la muerte con temor, es el paso a través de una tenue pared para ver y vivir algo inimaginable.

Decía Santa Teresa de Jesús: “La vida terrena es como pasar una mala noche en una mala posada”. Y San Juan Crisóstomo: “la muerte es el viaje a la eternidad”. En resumen, es el encuentro definitivo con Dios.

Por ello, es conveniente vivir de cara a nuestra propia muerte, participar en ritos por la muerte de otros siempre que podamos, rezar continuamente por las almas de los fieles difuntos, pensar a menudo en la caducidad de la vida, para no tener miedo y para estar siempre preparados a “bien morir”.

Por la misericordia de Dios, descansen en paz…

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