“¡Oh noche amable más que la alborada, Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!” escribe San Juan de la Cruz y así define lo sucedido aquella noche, la más brillante, la más dichosa, la noche que fue testigo del acontecimiento que no es posible comprender. Es la noche que une el Cielo con la Tierra, lo Divino con lo humano.
En la noche de Navidad, en Belén, unos pastores platicaban con ángeles, una virgen daba a luz, un hombre recibía a un hijo que no era suyo, unos magos se desplazaban desde Oriente y una estrella brillaba en el firmamento como nunca se había visto antes.
El Creador se hacía creatura, el Eterno se hacía finito, el que Es se hacía existente, Dios se hacía hombre y nacía como todo niño y quedaba envuelto entre pañales y rodeado de la fragilidad humana que Dios nunca había experimentado. Dios, el Innombrable; el Santo, Santo, Santo; el distante; el del Cielo; se hacía vecino nuestro para caminar nuestros caminos. La Palabra de Dios, en esa noche, bajó del Cielo para sembrarse en nuestra Tierra.
La Natividad del Señor es un misterio insondable, no porque esté oculto sino porque es incomprensible para la razón y porque va más allá de toda capacidad humana de entendimiento. No es posible comprenderse pero sí puede aceptarse.
La Navidad es la celebración de quienes creemos; por esto es necesario que en esta Navidad los creyentes creamos, en un esfuerzo por re-crear y re-novar esta Fe en el Dios-hombre. Se presenta en Navidad la oportunidad de hacer una breve parada en medio de la agitación de las fiestas de fin de año para fijar la atención en quien es el centro de la Navidad, en el Dios-niño, en Jesús el hijo de María la esposa de José. Hoy se puede lograr, como dijo el Papa Benedicto XVI, que la Navidad “no encuentre a los creyentes distraídos en adornar y embellecer sus casas” sino que se “adorne el alma y la familia para que sean una digna morada donde Jesús se sienta acogido con fe y amor”. El Santo Padre también denunció a los “falsos profetas que continúan proponiendo una salvación a bajo precio y que terminan por generar grandes desilusiones”.
En Navidad nadie esta solo ni abandonado, aunque así se sienta, porque desde aquella noche Dios es cercano y solidario, especialmente hacia quienes la soledad les ha invadido la vida. Jesús, quien es muchas veces el gran abandonado, en su Pasión y en el sagrario, fraternalmente se hace cercano con los que sufren del abandono, con los que nada tienen y nadie son, con los sencillos, los pequeños, los humildes y los pobres. El Dios que se ha hecho pobre excluyendo de su humanidad las riquezas y los poderes temporales efímeros, se hace solidario con todos aquellos que como Él, son humildes.
Hacia los ricos, los poderosos, los petulantes y arrogantes, el Dios-niño también dirige su mirada, con lástima o compasión a veces, pero también les mira, fijándoles su mirada con la esperanza de que ellos también, algún día, puedan volver a mirarle a fin de comprender que las grandes cosas son las cosas pequeñas; que lo sencillo, por simple, es grandioso, como el Todopoderoso que se despoja a sí mismo de toda riqueza de Dios cuando nace niño.
En esta Navidad podemos nosotros también, en medio de nuestra cotidianeidad, aunque pueda sonar increíble, platicar con los ángeles, contemplar a la Virgen que da a luz, ver cómo José recibe antes que todos al hijo que no es suyo porque es Hijo de Dios, levantar la mirada al cielo y contemplar una y millones de estrellas que brillan, y finalmente ser como los pastores que aun sin comprender pueden aceptar, postrarse y adorar a Aquel que nació en la Noche Dichosa.
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