
Hoy, más que nunca, la contemplación de esa familia ‘extraña’ y, en el mismo tiempo normal, que sale de su ciudad y va hasta Jerusalén para cumplir la tradición religiosa de presentar su primogénito a Dios, al cual pertenece, suscita ternura y admiración. En efecto, se trata de la familia ‘modelo’ de Nazaret, la de María, José y Jesús. Nos relata el evangelista: “Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley” (Lc 2, 22).
María, como todas las madres judías, obedece fielmente a la prescripción de la ley de Moisés, que imponía un rito de purificación, después de los cuarenta días del parto, y lleva a Jesús al templo. En esta circunstancia, lo que sobresale es la fidelidad de María y José a la ley del Antiguo Testamento. Tal vez, no era estrictamente necesario llevar al niño al templo, sin embargo, el evangelista Lucas lo que quiere es mostrarnos a Jesús como ‘consagrado’ al Señor desde el inicio de su vida, y ponerlo en relación con el templo, centro de la vida religiosa del pueblo y de la concepción teológica de Israel. Es en este contexto que debemos reinterpretar toda la experiencia humana de Jesús.Jesús opta por pertenecer a una familia.
El hijo de Dios ha querido nacer en el seno de una familia humana. Esta opción de Jesús nos favorece para poder considerar a la familia como el espacio humano más idóneo para el crecimiento de los hijos y la realización plena de todos sus integrantes. Es, en efecto, la transmisora básica de identificación humana y cristiana, a pesar de todas las dificultades que encuentra a lo largo de su historia; es también la alternativa única frente a la deshumanización de la sociedad actual, al desarrollar el sentido de la vida, de los valores morales y de la persona. Lo ‘atípico’ de la familia de Jesús, en cuanto compuesta por un hijo ‘divino’, una madre ‘virgen’ y un padre ‘legal’, no merma, absolutamente, su función social y el papel educador de sus padres.
Fueron José y María quienes forjaron, a lo largo de los años, el temple de Jesús; quienes marcaron su espíritu con la piedad tradicional de los que ‘esperaban la liberación de Israel’; quienes lo llevaron a escuchar, desde temprana edad, a los escribas en las sinagogas; quienes fueron, para aquellos que los miraban, ‘signo’ y ‘sacramento’ de cómo Dios nos ama. Lo mejor que le pasó a Jesús, en su vida, fueron José y María: le dieron protección, acompañamiento, seguridad, dignidad, confianza y valor para enfrentar su difícil misión. Esperamos que nuestras familias cristianas encuentren, en la familia de Jesús, ese modelo a imitar que tanta falta hace. La revelación de Simeón.
Que se tratara de una familia ‘extraña’, en cuanto elegida para dar vida al Mesía, nos lo ratifica el presentimiento profético, que tenía de ella, el inspirado y anciano Simeón y su devota espera: “Vivía en Jerusalén –nos sigue diciendo Lucas- un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor”. Simeón es el creyente sencillo y piadoso, el anciano que siempre ha vivido con su confianza puesta en Dios y, al final de su vida, se proclama agradecido porque sus esperanzas, y las de Israel entero, se han cumplido en la familia de Nazaret.
En efecto, es en este contexto ‘familiar’, sereno e intenso, donde Jesús crecerá hasta aprender a valerse por sí mismo: “El niño –nos dice el evangelista- iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él” (Lc 2, 40).
Conclusión.La mayoría de la gente ha considerado, por cierto, la Navidad como fiesta de la ‘familia’ y tuvo toda la razón. En efecto, el niño Dios no podría haber nacido sino en el seno de una familia, hermosa como la de Nazaret. Cualquier otro camino hubiera comportado no encarnarse del todo en la realidad humana, y Dios no se hubiera hecho de verdad ‘hermano’ nuestro en Cristo Jesús. Y es en el contexto familiar donde Jesús recibe todo aquello que necesita para poder vivir en la normalidad de la vida de toda la gente: educación, lengua, cultura, religión, costumbres y oficios.
Abrámonos también nosotros a nuestras familias, sea la que sea, para amarla, valorarla y potenciarla, como Jesús hizo con su ‘sagrada familia’. Que gran oportunidad tenemos, por cierto, para rescatar la belleza de ser parte de nuestras familias y santificarlas con nuestro amor y dedicación. Luego, dilataremos sus confines para insertarnos también en la otra gran y maravillosa familia, que es nuestra comunidad cristiana de pertenencia, la Iglesia del Señor. Con ella, además, compartiremos el deseo de lograr formar una gran familia con la humanidad entera, en la que todo mundo tenga cabida, en la que todos tengan lo necesario para vivir con dignidad, en la justicia y paz. Sin dejar de ser familia para aquellos que no la tienen.
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