
Es muy agradable para todos, en esta caminata colectiva hacia Belén, encontrarnos un rato con María, protagonista del nacimiento de Jesús, testigo de su luz y mediadora nuestra. Es su presencia, seguramente, motivo de conforto y aliento, para seguir expectantes, con optimismo y esperanza. ‘Ese día’ será grandioso para todos y gracias a María, madre del Señor y, en Cristo, madre nuestra. Ese día será de alegría para todo el mundo, como lo fue para María, desde el saludo del ángel: “Alégrate, María”. Alegría que involucra a todos, frente al ‘acontecimiento’ más extraordinario de la historia: el nacimiento de Dios entre nosotros. Es, ésta, una página evangélica llena de enigmas y de misterio, pero también de fascinación y gozo. En este contexto, María sobresale como ‘modelo’ de todo creyente, que espera a su Señor.Ubicando a María.
El evangelio de Lucas, hoy, continúa ubicándonos concretamente a María y describiéndonos su identidad: “En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María”. Mujer desconocida y jovencita, habitante de una pequeña ciudad de Galilea, prometida a un humilde carpintero y, misteriosamente, escogida por Dios para ser actora de una nueva y extraordinaria historia, humana y divina, en la cual sería madre de Jesús: Hijo de Dios y Salvador del hombre. Hoy, es ella la que quiere prepararnos para acoger al Salvador, al Mesías davídico anunciado desde la antigüedad. La grandeza de María.El ‘mensajero’ de Dios, el ángel Gabriel, de arranque, revela a María el hecho de haber sido objeto de una elección divina para que, llena de ‘gracia’, se convierta en madre de Dios, hecho carne en su seno: “Vas a concebir y dar a luz un hijo”. Se sorprende María y se ‘turba’, en su corazón, por todo lo que le está sucediendo. Es la reacción natural y espontánea de una mujer de aldea, noble, sencilla y humilde, pero dotada de mucha fe en la providencia divina y gran confianza en Dios. Su respuesta, en efecto, es inmediata y sincera: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”.
El cumplimiento de la voluntad de Dios ha sido una constante, en ella, a lo largo de toda su vida. También cuando se trató de aceptar la muerte cruenta de su único hijo Jesús. El ‘sí’ espontáneo e inmediato de María, al proyecto misterioso y cargado de incógnitas de Dios, nunca nos dejará de asombrar. Así, aceptó el plan de Dios: sin reserva alguna y en medio del claroscuro de la fe. La virginidad de María al servicio de Dios. El lenguaje del ángel, revelándole el proyecto de Dios, no ha sido de fácil comprensión para ella, sin embargo, no ha desistido, en aceptarlo, desde lo más profundo de su alma.
El impedimento biológico, o sea su estado virginal, en vista de la maternidad inesperada que Dios le anunciaba, tampoco constituyó motivo de desaliento. Sentía, dentro de sí, que para Dios nada era imposible y puso con alegría su propia virginidad al servicio de la voluntad divina. Edificante es el comportamiento de la joven María, si la comparamos con las jovencitas de hoy quienes, compulsivamente, buscan las formas de deshacerse de su virginidad lo más pronto posible, poniéndola a servicio sólo de sus impulsos y gratificaciones inmediatas y egoístas.
Luego, por ser tan extraordinaria la creatura que la virgen María iba a esperar, también tenía que serlo su forma de nacer, o sea, virginalmente: “Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús”. María, súbitamente, expresa su perplejidad: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?”. A diferencia de cualquier otra maternidad humana, la de María involucra la acción del Espíritu Santo: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”.
En efecto, es un advenimiento sobrenatural y tal permanece en la conciencia de María. Posteriormente, también de José quien, sabemos, asume la paternidad legal de Jesús en obediencia al Espíritu y por amor a María. Lo cierto es que ningún hombre podía estar en el origen de Dios. Este es, en efecto, otro sentido de la virginidad de María. Su virginidad, además, es la condición para una obra inaudita de parte de Dios: una intervención creadora del Espíritu en ella.
Conclusión.La dinámica evangélica de hoy si, de un lado, nos ha permitido disfrutar la presencia de María, como la mujer más ‘exquisita’ de la historia, a la que deberíamos imitar por sus grandes virtudes humanas y actitudes cristianas, de otro lado, nos ha acercado plenamente al gran misterio del Hijo de Dios. Lo evidencian, en efecto, muchas expresiones como ‘Hijo del Altísimo’ al que el ‘Señor Dios dará el trono de David, su Padre’, que quieren explicarnos la identidad mesiánica de Jesús, según el mesianismo davídico de Israel; en cambio, la expresión ‘el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios’, va más allá de las expectativas mesiánicas del pueblo hebreo identificándose, más bien, con las confesiones de fe de la Iglesia primitiva.
Por cierto, en el seno de María, por acción creadora del Espíritu, será engendrado el ‘Hijo de Dios’ que, por su absoluta y constitutiva relación única y eterna con Dios, será la misma presencia del Dios Santo en medio de los hombres de todos los tiempos. Frente a este gran misterio, sigamos experimentando ‘asombro’ y expresando ‘gratitud’. Como María.Ese Dios, que parece como alguien que ‘pide permiso’ para entrar en nuestra vida, si lo dejamos entrar de verdad, como María, podría seguir haciendo obras grandes también en nosotros, por la acción de su Espíritu santo.
Padre Umberto Marsich m.x.umbertomarsich@hotmail.com