“La Perfecta Siempre Virgen”. Por Roberto O’Farrill Corona (El pulso de la Fe)

 

 

  

En 1531 tuvo lugar en México el milagro guadalupano. El relato llamado Nican Mopohua da cuenta del mismo. Estos son los extractos de los mensajes entregados por la Virgen Santa María de Guadalupe, por su propia voz, al vidente San Juan Diego: 

-Se presenta Ella misma: 

“Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la Perfecta Siempre Virgen Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del Cielo, el dueño de la Tierra”. 

-Presenta su deseo y lo explica: 

“Mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada, en donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto; lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación… …los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí, porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores.”  

-Entrega sus instrucciones: 

“Para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del obispo de México, y le dirás de cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo…”  

-Promete gratitud: 

“Ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que por ello te enriqueceré, te glorificaré y mucho de allí merecerás con que yo retribuya tu cansancio, tu servicio con que vas a solicitar el asunto al que te envío. Ya has oído, hijo mío el menor, mi aliento, mi palabra; anda, haz lo que esté de tu parte”. 

-Protege al mensajero por Ella elegido: 

“Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quienes encargué que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad; pero es muy necesario que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y, mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido. Y bien, de nuevo dile de qué modo yo, personalmente, la Siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te mando”. 

-Reconforta y acompaña: 

“¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe.” 

-Prepara el testimonio: 

“Sube, hijo mío el menor, a la cumbre del cerrillo, a donde me viste y te di órdenes, allí verás que hay variadas flores: córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas; luego, baja aquí; tráelas aquí, a mi presencia”. 

-Envía el milagro: 

“Mi hijito menor, estas diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al obispo; de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo, y que por ello realice mi querer, mi voluntad. Y tú que eres mi mensajero, en ti absolutamente se deposita la confianza; y mucho te mando, con rigor, que nada más a solas en la presencia del obispo extiendas tu ayate, y le enseñes lo que llevas. Y le contarás todo puntualmente, le dirás que te mandé que subieras a la cumbre del cerrito a cortar flores, y cada cosa que viste y admiraste, para que puedas convencer al gobernante sacerdote, para que luego ponga lo que está de su parte para que se haga, se levante mi templo que le he pedido”. 

-La conversión de México: 

“Y el señor obispo trasladó a la iglesia mayor la amada Imagen de la amada Niña celestial. La vino a sacar de su palacio, de su oratorio en donde estaba, para que todos la vieran, la admiraran, su amada Imagen. Y absolutamente toda esta ciudad, sin faltar nadie, se estremeció cuando vino a ver, a admirar su preciosa Imagen. Venían a reconocer su carácter divino. Venían a presentarle sus plegarias. Muchos admiraron en qué milagrosa manera se había aparecido, puesto que absolutamente ningún hombre de la Tierra pintó su amada Imagen.” 

         Cada año, en el Adviento, celebramos el momento en que la Madre de Dios trajo personalmente a su Hijo al Nuevo Mundo. Esta sagrada Imagen evidencia el inmaculado vientre que lo contiene.

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