La ‘violencia’ de Jesús.
En unas pocas circunstancias, también Jesús parece perder la paciencia. Su aguante llega al límite y explota con palabras fuertes, decididas y determinantes. En ésta, no soporta más la presencia ‘diabólica’ en un ser humano: “¡Cállate y sal de ese hombre!”, grita Jesús con fuerza. En la sinagoga de Cafarnaúm, con la misma autoridad, pues, con la que predica, actúa en liberar al endemoniado: “En una ocasión –nos relata el evangelista Marcos- se encontraba en esta sinagoga un hombre que estaba en poder de un espíritu malo”. El anonimato universaliza al hombre poseído, proyectándolo en todos aquellos que viven la misma experiencia, a lo largo de todos los tiempos y lugares de la tierra; que experimentan condiciones físicas, morales y psicológicas, de tal debilidad y deterioro, que ‘explotan’ como seres verdaderamente ‘poseídos’ y, desde luego, urgidos de oración y bendición especial, o sea, de exorcismos.
Según la mentalidad de la época, los enfermos, que padecían algún tipo de anormalidad psíquica, eran vistos como poseídos por el demonio o perturbados por espíritus impuros. La liberación de una persona, que sufría esta condición, desde luego, implicaba eliminar una fuerza ‘maligna’, que la dominaba desde dentro, y que atribuían a Satanás, el espíritu del mal. En efecto, era usual atribuir al demonio toda enfermedad, cuya causa, era desconocida.
Hablaba con autoridad.
En cuanto Jesús se presenta en público, como en esta ocasión, con su inédita actividad doctrinal deja, en todos, una gran impresión de fuerza y seguridad: “Su manera de enseñar –nos confirma Marcos- impresionaba mucho porque hablaba como quien tiene autoridad”. En efecto, no habla como un repetidor de cosas ya conocidas, o como comentarista de leyes ya memorizadas, a la manera de los escribas, sino como un maestro lleno de sabiduría divina y novedades doctrinales. Hablaba Jesús en virtud de autoridad propia, fundada en la conciencia de su misión y de su filiación divina. Se trata, de hecho, de una predicación que, por sus contenidos y estilo, más que por su elocuencia, desconcierta al auditorio. Y no podía ser diferente, desde luego. A pesar de tanta autoridad magistral, los oyentes parecen no reaccionar en términos de fe en el Señor, excepto este hombre poseído quien, irónicamente, revela la identidad de Jesús y denuncia su capacidad de aniquilar el poder del demonio sobre los hombres y de destruir su reinado: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a derrocarnos? Yo te he reconocido: Tú eres el Santo de Dios”.
Jesús, desde luego, no se deja y, con el poder propio de Hijo de Dios, calla al ‘endemoniado’ y lo libera para siempre del mal. Así Marcos describe el episodio: “El espíritu malo hizo revolcarse al hombre en el suelo y lanzó un grito tremendo, pero luego salió”. El ‘grito tremendo’ es típico de toda persona que, después de haber precipitado en el abismo nefasto del mal moral y del pecado, logra convertirse al Señor y reconquistar su verdadera libertad.
El poder superior de Jesús.
A final de cuentas, lo que esta liberación diabólica nos da a entender, es la contundente superioridad de Jesús sobre el mal y su inspirador; es la soberanía de Jesús sobre el poder de Satanás, en todas sus múltiples formas. Se trata, por cierto, de otro mensaje positivo y alentador para todos aquellos que, a lo largo de la vida, tenemos que enfrentarnos a un sinnúmero de pruebas y luchar entre tribulaciones, caídas y debilidades. El encuentro verbal, entre Jesús y el hombre poseído, no deja de evidenciar, en efecto, ese infinito contraste entre la fuerza poderosa del mal y la de Jesús, que experimentamos diario en nuestra existencia humana y de la cual que somos testigos.
Conclusión.
Al final del episodio, los oyentes, por fin, se preguntan asombrados quién es Jesús y cuál es su misión. Tal vez, la inquietud es certera y auténtica y, varios de ellos, abrazarán la fe en Él. Hay asombro y estupor. Y, eso, es tan cierto, que divulgan lo acontecido por todo el territorio de Galilea: “A raíz de esto, la fama de Jesús se extendió por todo el territorio de Galilea”.
A la luz de todo esto, la pregunta que nos hacemos, hoy, es obvia: “¿Qué tan estupor y asombro ha provocado en nosotros y en nuestro pueblo, la escucha de la predicación de Jesús y la ratificación de su gran poder, para exterminar el mal en el mundo?”. Jesús es el mismo de siempre, pero, quien ha cambiado, es el corazón del hombre de hoy. Por cierto, no muy dispuesto a creer en el Señor, en la autoridad de su palabra y en la fuerza liberadora de su presencia. ¿Será cierto?
Padre Umberto Marsich misionero javeriano.
umbertomarsich@hotmail.com
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