El cordero, sin lugar a dudas, ha sido la mejor ofrenda que los humanos han dedicado a los dioses. Israel no ha sido la excepción. Es suficiente, en efecto, recordar el cordero inmolado en la noche de pascua, signo y expresión de la liberación de Dios a favor del pueblo. Y esto es cierto, con mayor razón, cuando el lugar del cordero ha sido asumido por Jesús mismo: víctima inocente, que se ofreció al Padre, en rescate y remisión del ‘pecado del mundo’. La mención del pecado, en las expresiones del Bautista, a su vez, recuerda al ‘Siervo de Yahvé’ que, como cordero inocente, carga sobre sí el pecado de la humanidad: “Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Este breve pasaje del Evangelio de Juan, en un contexto de revelación mesiánica, nos presenta un precioso testimonio del Bautista, acerca tanto de la figura como de la misión de Cristo, que es la de quitar el ‘pecado del mundo’.
La sangre del Cordero: sangre de salvación.
La intuición teológica, que captamos en esos ojos de Juan ‘fijados’ en Jesús, fue la que lo impulsó a reconocer, en Jesús, el carácter de ‘cordero’: “En aquel tiempo, estaba el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús que pasaba, dijo ‘éste es el Cordero de Dios’”. Los dos discípulos, al oír estas palabras, “siguieron a Jesús”. A pesar de toda la carga de significado sacrificial, que el término ‘cordero’ tenía, los dos discípulos de Juan no se desaniman y siguen a Jesús. Para seguir a un maestro, en efecto, lo más convincente reside en la fuerza de sus enseñanzas y en el poder de su testimonio. Jesús tenía los dos: enseñanzas convincentes y testimonio poderoso. En efecto, Jesús es el Siervo que, a través de su sufrimiento y obediencia al Padre, hasta la muerte de cruz, dará la vida al mundo; es el verdadero cordero pascual que, inmolado en la cruz, limpiará con su sangre los pecados humanos y revelará la gloria de Dios. La sangre del cordero es, sin duda, sangre de salvación. ¡Qué decepción, por cierto, ha sido esta imagen del Mesías para las expectativas políticas de Israel! Pero, no para sus dos nuevos discípulos.
El llamamiento del Maestro, hoy.
Ellos fueron atrás del Maestro y se quedaron con él ese día: “Los dos discípulos –leemos en el evangelio de hoy- al oír estas palabras, siguieron a Jesús”. Palabras fascinantes, por cierto, las del Rabí y que, sin embargo, hoy en día, parecen no convencer más. Pocos son, en efecto, los que, hoy, deciden seguirlo para quedarse con Él y compartir sus ideales y su misión. Este discípulo, nos ratifica el evangelista, era Andrés: “Andrés, hermano de Simón, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús”. Unas horas después, su hermano Simón hará lo mismo. Encandilado por la mirada penetrante de Jesús, Simón no puede rechazar la invitación del Señor: “Jesús, fijando en él la mirada, le dijo, ‘Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás’ (que significa Pedro, es decir roca)”. El impacto de la mirada de Jesús es notoriamente eficaz. También en nuestros días, Él sigue ‘mirando’ en los ojos a muchos jóvenes y los llama a su seguimiento, pero, lo que ha cambiado es el corazón y la mente de quienes se sienten mirados sí, pero huyen, temerosos, esa mirada de amor.
El ´pecado del mundo’.
Ya hemos oído la declaración del Bautista acerca del cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Nada más queremos profundizar el significado de ese ‘pecado del mundo’ que, sin lugar a dudas, no se refiere ni a los pecados particulares de cada ser humano ni a la suma de todos los pecados cometidos. Se trata, más bien, de una categoría teológica joánica que designa esa realidad misteriosa, pero real, que está a la raíz de todo pecado personal y social y que el cuarto evangelio equipara a ese ‘terreno-ambiente de cultivo’ en el cual el pecado de todos participa en la repetición y consolidación del mal moral. Bien: Cristo viene a erradicar totalmente este cáncer antiguo, hasta en sus últimas consecuencias. En Él, es Dios quien entra en la nada oscura y maligna de la desobediencia humana, y se hace obediente como un cordero que se deja llevar a la muerte. Este es el costo de la redención del pecado del mundo y es la prueba del infinito amor de Dios para con nosotros.
Al Señor le debemos gratitud y afecto, porque la gracia y la verdad, de la que disfrutamos, nos han llegado por Él.
Conclusión.
Que Cristo, Cordero de Dios, que hace presente en la Eucaristía la acción salvadora de su Pascua, siga ayudándonos a continuar la lucha contra el pecado en nuestro mundo. Desde ahora, sabemos que, si estamos decepcionados en nuestras esperanzas, desanimados por nuestros cansancios y oprimidos por nuestras culpas, podemos contar con la fuerza de la renovación y de la libertad del Cordero de Dios que quita el ‘pecado del mundo’.
Padre Marsich m.x.
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