
Es tiempo de cuaresma.
En el transcurso del año litúrgico la Iglesia propone dos tiempos ‘fuertes’, o sea, especiales y privilegiados, para analizar, evaluar y, si necesario, transformar nuestra mente y actitudes, para que reflejen mejor nuestra conformidad y coherencia con la fe que profesamos. Cuaresma, en efecto, es uno de ellos. Es tiempo oportuno para retomar el rumbo de la fe y el control de nuestra conducta. Sabemos que el cristianismo, en sí, no es propiamente un código de ética, sino, más bien, es la ‘vivencia’ y seguimiento de la persona de Cristo, sin embargo, esta vivencia y seguimiento conllevarán una manera de vida adecuada y conforme a las exigencias anunciadas por Él mismo. El tiempo de ‘cuaresma’ consiste, por lo tanto, en un periodo de cuarenta días ‘propedéuticos’ a la celebración del misterio ‘pascual’ de Nuestro Señor Jesucristo, o sea, de su muerte y resurrección. Se trata, por cierto, de un tiempo muy especial para los creyentes, como para descuidarlo y no prepararnos espiritual y moralmente a la Pascua.
Los ‘cuarenta’ días y la tentación diabólica.
Guiado por el poder del Espíritu; mejor: literalmente ‘empujado’ por él al desierto, Jesús, antes de empezar su gran misión salvadora y liberadora -nos relata el evangelista Marcos- se retiró cuarenta días y noches en el desierto: “En aquel tiempo, el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días”. Jesús vive el desierto como tiempo de prueba y de aceptación de la propia identidad y misión. En efecto, nos relata Marcos, Jesús “fue tentado por Satanás” para que aceptara un ‘mesianismo’ apabullante, milagrero y sin cruz, o sea, diferente del que le pedía el Padre.
El número ‘cuarenta’ nos recuerda a Moisés, quien peregrinó cuarenta años, con su pueblo, en el desierto y se apartó, cuarenta días, en la soledad del monte Sinaí, para estar en la intimidad de Dios, convirtiendo, así, a Jesús, en otro nuevo Moisés; nos recuerda, también, al profeta Isaías, en su caminar solitario, de cuarenta días, hasta al monte Horeb. La finalidad de permanecer en la soledad del desierto, para Jesús, es similar a la de Moisés e Isaías: encontrarse con el Padre, para discernir mejor el ‘plan’ que tiene sobre él.
Las imágenes inesperadas, que entornan a Jesús en su permanencia en el desierto y que nos hablan de pacíficos animales salvajes y ángeles serviciales, que lo abastecen de comida, nos sorprenden un tantito, sin embargo, parecen simbolizarnos el posible retorno a un estado de ‘paz paradisiaca’, que iniciaría con la misión de Jesús, a la manera de nuevo Adán, y con su victoria total sobre Satanás.
Cuaresma ‘tiempo’ del espíritu.
La cuaresma, con sus cuarenta días, quiere ser, para cada creyente, un tiempo del ‘espíritu’, estructurado de manera tal que nos permita más oportunidades para estar con el Señor y escuchar atentamente su palabra. Esto, en vista de nuestra conversión real a su estilo de vida y a su proyecto del Reino de Dios, y en función de una mayor consolidación de nuestra fe, para enfrentarnos victoriosamente al nefasto y omnipresente poder de Satanás. La verdadera razón por la cual Jesús fue impulsado por el Espíritu al desierto, parece ser, más bien, la de que pudiera ser tentado por el demonio y alejarse del proyecto del Padre. Si comparamos el ‘desierto’ a la vida de cada uno de nosotros, bien entendemos, entonces, el por qué de las tantas pruebas diabólicas, con las que tenemos que luchar, para conservarnos fieles al Señor y no perder la fe, pase lo que pase.
Cuaresma ‘tiempo’ de conversión.
Después de que arrestaron a Juan el Bautista, o sea, sólo cuando el precursor ha terminado su obra, sale Jesús de la vida oculta y siente que le ha llegado la hora para empezar, desde la Galilea, tierra de los gentiles, su ‘actividad mesiánica’, o sea, la misión de predicar el Evangelio de Dios: “Después de que arrestaron a Juan el Bautista –escribe el evangelista Marcos- Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios”. En efecto, él mismo reconoce que: “Se ha cumplido el tiempo”. Esta frase indica la llegada de una ‘hora’ favorable y propicia; de una oportunidad, marcada y establecida por Dios, para que hagamos de nuestra vida un don al Señor y, con nuestra conducta, cumplamos su voluntad.
El objeto, pues, de la predicación de Jesús es la nueva realidad ‘escatológica’ del Reino de salvación y suma de las esperanzas de Israel, que él, en obediencia al Padre, ha venido a anunciar y hacer realidad: “El Reino de Dios está cerca”. Sucesivamente, nos indica también el ‘camino’ para que realicemos su sueño y proyecto: “Conviértanse y crean en el Evangelio”, o sea, vuélvanse a Dios y cambien su mentalidad y conducta, para permitirle reinar. El mensaje de la llegada del reinado de Dios, por cierto, exige de los hombres ‘penitencia’, esto es, una conversión total del pensar y el querer y mucha fe que nos la posibilite.
Conclusión.
La conversión es una exigencia permanente, es decir, para todos los tiempos del año y las estaciones de la vida. No sería correcto que pensáramos en Dios únicamente en tiempo de cuaresma; no sería coherente que nos disciplináramos sólo en estos cuarenta días que anteceden la Pascua; sería sin razón acondicionar corazón y vida al Evangelio sólo por una temporada del año. El encuentro con Jesús debe de producir cambio radical y conversión permanente. Este tiempo es propicio para que profundicemos la fe y consolidemos nuestro encuentro con Cristo. La cuaresma, por tanto, puede ser el principio de un camino especial que termina, simbólicamente, en la Vigilia Pascual, con la renovación de nuestro Bautismo. El otro factor, que nos conduce por el camino de la conversión permanente a Dios, desde luego, es la ‘fe’ en la predicación de Jesús, en su ‘buena noticia’: “crean en el Evangelio”. La adhesión convencida y entusiasta al Evangelio, en efecto, será la prueba de nuestra conversión; la ‘vivencia’, luego, del Evangelio, sellará nuestra autenticidad cristiana.
Padre Umberto Mauro Marsich m.x.
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