Las estafas financieras piramidales de proporciones gigantescas, como la de Madoff en Nueva York, de proporciones medianas, como la de Stanford en México y sur de Estados Unidos, o de dimensiones populares como la de Colombia, ponen al desnudo, al menos, tres cosas:  

1.    La avidez de dinero fácil de muchas personas, influidas por las películas del cine y los programas de la televisión, fieles reflejos del capitalismo salvaje exportado desde Estados Unidos. 

2.    La capacidad de soborno de los tiburones de las finanzas, su conocimiento de las debilidades de un sistema financiero que hace agua por todas partes, su egoísmo brutal para desfalcar a millones. 

3.    La inoperancia de los órganos de regulación financiera para avisar a la gente de los problemas que se van a encontrar, su miopía o, de plano, su descaro absoluto al ser, muchas veces, juez y parte del fraude. 

La estafa de la pirámide sigue el mismo esquema que la estafa de la “bolita” que tanto se jugaba en las calles, por ejemplo, de la Ciudad de México.  Al “nuevo” se le engaña y al “viejo” se le paga un rendimiento muy superior de aquel que paga el mercado; del rendimiento normal a una inversión, usando el dinero del “nuevo”, del inocente, del embaucado.  Madoff defraudó así a miles de supuestos especialistas y a cientos de compañías que se las daban de muy conocedoras del “mercado”. 

En términos generales, las pirámides financieras ofrecen rendimientos extraordinarios a largo plazo (es el gancho para que le entren) y convencen a quienes quieren retirar su dinero –tras un corto período de ganancias “extraordinarias” y que lo son, pero nada más en el papel– de que no lo hagan, doblando o triplicando los supuestos réditos que van a ganar si se quedan en la operadora de fondos.  En realidad se trata de una operadora de fraudes; de una maquinaria que funciona a la perfección (hasta que sea cae, la investigan, se muere el gestor o un atrevido decide aplicar la ley) mediante la ingenuidad, la avaricia, la especulación de la gente.  Pero, sobre todo, funciona por la moderna idolatría generalizada al dinero. 

El primero de los Mandamientos de la Ley divina condena la idolatría de otros dioses.  “La Escritura –dice el 2112 del Catecismo de la Iglesia Católica—recuerda constantemente este rechazo de los ‘ídolos, oro y plata, obra de las manos de los hombres’, que ‘tienen boca y no hablan, ojos y no ven…’  Estos ídolos vanos hacen vano al que les da culto”.  Vanos, confiados y, en ocasiones, tontos.  La empresa de Madoff (cuyo fraude se cifra en 50 mil millones de dólares) comenzó a operar en 1960.  Bernard Madoff, su cabecilla, cayó en las manos de la justicia en diciembre de 2008.

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