Hace tiempo el cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México, dejó caer una idea, en su -entonces– acostumbrada rueda de prensa tras la misa dominical en

la Catedral Metropolitana de

la Ciudad de México, que, francamente, debe movernos a reflexión. 

Palabras más, palabras menos, el cardenal Rivera dijo que en lo que respecta al consumo y tráfico de drogas, hay diversos niveles de responsabilidad.  Primero, los padres de familia, después, la escuela,

la Iglesia misma, el gobierno y, particularmente, los medios audiovisuales de comunicación; porque presentan la actividad relacionada con la droga como algo socialmente redituable y al narcotráfico como una “industria” modelo de valentía y heroicidad.
 

Este domingo 15 de marzo, el órgano oficial de

la Arquidiócesis, “Desde

la Fe
“, volvió sobre el tema de las drogas y arremetió en contra del PRI por escamotear (por defensa de sus intereses meramente políticos) el apoyo a una nueva legislación a favor del combate a las drogas y consideró “dudoso” que un partido que fue parte del problema, hoy no quiera ser parte de la solución.
 

Recientemente se transmitió una telenovela en la que se hacía una apología (una invitación) a la droga.  Hubo reacciones de los televidentes y una respuesta tibia de las autoridades.  Al final, fueron los realizadores de la telenovela los que“condenaron” a los malos, ciento diez capítulos más tarde y con toda la carga de enseñanza inmoral previa a los jóvenes que se están abriendo espacio hacia la búsqueda de una significación social. 

También han sido célebres los corridos norteños ensalzando “las virtudes” del narcotráfico y elevando a los altares de la fama a pistoleros, traficantes, controladores de cárteles y capos del aire, del cielo, del suelo y de los camiones de cocaína a los Estados Unidos. 

Esto ha motivado un disparo extraordinario en los niveles de consumo de los jóvenes mexicanos.  Según informes recientes del sector Salud, la edad promedio de inicio ha llegado hasta los 11-13 años y México ha dejado de ser un país meramente productor o de tránsito de la droga para insertarse en la esfera de los países altamente consumidores de drogas duras, blandas o de la última generación (drogas de diseño). 

El problema del narcotráfico es, hoy, un tema prioritario de seguridad nacional.  

Pero también comienza a despuntar el consumo como un asunto de salud pública.  

Muchas cosas podemos hacer, sin embargo, para atajarlo y formar un frente común.  A diferencia del tráfico de estupefacientes (que requiere una respuesta de los diversos aparatos de seguridad pública); el consumo puede -y debe-ser enfrentado desde la esfera social, mediante un pacto general de la escuela,

la Iglesia (o

la Iglesias), los medios de comunicación y, por supuesto, las familias mexicanas.
 

Lo primero que urge es que las televisoras, las compañías disqueras, los distribuidores de películas así como los exhibidores de las mismas, cierren filas en contra de cualquier contenido transmitido que haga de la droga un “bien” público; un asunto de “libertad de elección”; un  tema de inserción significativa (del joven) dentro de la sociedad.  Hemos visto cómo ha disminuido el consumo de tabaco (droga blanda) cuando se ha prohibido la emisión de escenas que lo involucren, acompañado de una serie de medidas restrictivas que lo inmovilizan en su consumo público. 

Cabría esperar lo mismo en cuanto a las drogas dura o las de diseño.   

Este simple esquema daría posibilidad a los padres de familia para enfrentar el problema con sus hijos.  Pero nada pueden hacer cuando en novelas, películas o en la radio, la droga es una cuestión de vida personal, de prestigio social o de camino al éxito y la seducción.  O cuando sus esbirros -que se ceban con la muerte ajena-son presentados como seres humanos dignos de pedirles un autógrafo en la calle.

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