Lo más llamativo de esta aparición de Jesús resucitado a los discípulos es, seguramente, la ausencia de Tomás quien, en esta ocasión, es imagen y símbolo de todo creyente. Para todos los que creemos, en efecto, es inevitable experimentar el conflicto entre la razón, que pide evidencias, y la fe, cuya esencia consiste en adherirse sin condiciones a la verdad religiosa propuesta. Tampoco Tomás podía quedarse exento de este drama de la fe, puesto que no había visto al Señor y, el testimonio de los demás apóstoles, le resultaba asombrosamente increíble.
Jesús, también en esta circunstancia, hace su aparición en el primer día de la semana, o sea, en “domingo”, el día de su resurrección. Es, éste, también el día de nuestras asambleas cristianas, para las cuales, el evento de la resurrección de Jesús y la fe, en su presencia viva, no son irrelevantes. La asamblea del pueblo cristiano, en efecto, debe actualizar, cada domingo, la presencia viva de aquel, sin el cual, no existiría.
Esta manifestación de Jesús a sus discípulos, quienes se encontraban encerrados, por miedo a los judíos, pasando por las puertas cerradas, demuestra que poseía ya una existencia gloriosa y no sujeta a las leyes del espacio. Jesús, a pesar de los obstáculos que erigimos los hombres y, sobre todo, a pesar de nuestros miedos, puede hacerse igualmente presente: más allá, por cierto, de los “muros” que, frecuentemente, levantamos para resistiéndonos a Él. Estos significados nos favorecerán, sin lugar a duda, para no detenernos demasiado en la espectacularidad de quien aparece atravesando paredes.
A manera de credencial, sucesivamente, Jesús saluda a sus videntes y les desea la paz: “La paz esté con ustedes”. Paz bíblica, que es sinónimo de salud, justicia, reconciliación y salvación: dones que no están ligados ya a la presencia terrena de Jesús, sino a su victoria sobre el mundo. Para disipar todo error Jesús, en seguida, recurre también a los signos físicos de su crucifixión: las heridas de las manos y del costado. Al ver al Señor, de cuya resurrección habían sido informados ya por María Magdalena, los discípulos se sienten invadidos de profunda alegría y su angustia se transforma en gozo: “Cuando los discípulos –nos relata el evangelista Juan- vieron al Señor, se llenaron de alegría”.
Casi compulsivo, en el Jesús de esta aparición, es su afán de difundir la paz y la salvación al mundo. Por esta razón, envía de inmediato a sus apóstoles a la misión: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. En efecto, los apóstoles reciben el encargo de proseguir la obra confiada a Jesús por el Padre, o sea, el de anunciar a los hombres la revelación divina y comunicar la salvación.
Por tratarse de una misión divina Jesús, muy oportunamente, les otorga el don del Espíritu Santo y les confía el poder de perdonar o retener los pecados, en su nombre, y de acuerdo con el mérito de los hombres. Después de haber soplado sobre ellos –nos relata el evangelista- les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”. Y añadió: “A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados y a los que no se los perdonen les quedarán sin perdonar”. Bien entendemos que la paz y el perdón pascual no pueden, de ninguna manera, quedarse encerrados celosamente en ellos.
La aparición de Jesús a Tomás, quien no había estado presente en la anterior y que se resistió, con obstinación, a creer en su resurrección por testimonio de otros, hay que leerla como un relato especialmente dirigido a todos aquellos que, como Tomás y los lectores del evangelio de todos los tiempos, no hemos “visto” al Resucitado y quisiéramos verlo.
El incrédulo Tomás rechaza, de plano, todo testimonio ajeno, fiándose únicamente de lo que puede comprobar por sí mismo. Sorpresivamente, lo que él pide tercamente el Resucitado se lo concede. En efecto, cuando, el domingo siguiente, o sea, ‘ocho días después’, los discípulos se encuentran nuevamente reunidos en el mismo lugar y, esta vez, en compañía de Tomás, el Maestro vuelve a aparecer, en medio de ellos, y los saluda de la misma manera: “La paz esté con ustedes”.
Luego, para que Tomás compruebe la verdad de su resurrección, lo invita a tocar las cicatrices de las heridas y, en tono de cariñoso reproche, lo exhorta a no obstinarse más en su incredulidad: “Tomás, Tomás, tú crees porque has visto. Dichosos los que creen sin haber visto”. A este punto, asumimos nosotros la bella confesión de Tomás y hacemos nuestro su grito de súplica: “¡Señor mío y Dios mío!”.
El “dichosos los que sin haber visto creen”, en efecto, es una expresión de aliento para todos aquellos que aceptamos al Señor sin haberlo ‘visto’, físicamente, confiando en la palabra de otros y en el testimonio de
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