Las normas jurídicas en materia de bioética, específicamente, el caso de la legislación en materia del genoma humano, entre lo que destaca por su importancia, la prohibición de selección eugenésica, en particular la relacionada con la selección del sexo del no nacido, tendiente en primer lugar a evitar todo género de discriminación y a promover la transformación equitativa del proceso cultural de nuestro país, ha sido bloqueada por grupos particulares de intereses, a los cuales obviamente no se les puede encontrar legitimidad y que a partir de consideraciones ideologizadas, sustentadas en principios cientificistas, en realidad lo que pretenden es conservar el status quo, y con argucias reformistas, perpetuar la dominación masculina en la sociedad y la aceptación de las propias mujeres, de una política con una perspectiva de poder ligado al género, de una dominación sexista, donde la transformación cultural que tanto ansiamos, que busca un nuevo estereotipo femenino, en el cual las mujeres participen en la ciencia, la política, la cultura y obtenga los mismos derechos del hombre, por efecto de estos bloqueos se sigue postergando y lo más grave es que a ello, contribuyen muchas mujeres.
Al respecto, y relacionado con el problema de la salud, hemos propuesto recientemente que se acepte y respete la figura de objeción de conciencia para el trabajador de la salud, figura jurídica conocida y aceptada en el mundo occidental desde hace más de 220 años y que favorecería especialmente a las enfermeras, quienes no pueden en nuestro sistema sanitario oponerse a ninguna orden del médico tratante o de la institución, incluso cuando las indicaciones fueran contrarias a los cuatro principios básico de la bioética; la beneficencia , la no maleficencia, la autonomía y la igualdad, hemos palpado el rechazo de grupos de poder y autoridades sanitarias, que se oponen a que las enfermeras puedan actuar en concordancia con sus valores, creencias y normas deontológicas de la profesión, aduciendo los grupos retardatarios que así lo quieren, que existe una especie de imposibilidad de la mujer para expresar racionalmente sus creencias y dándoles tan solo el reconocimiento a su “bondad” y su “servicio”.
Michael Foucalt, ha señalado que los patrones culturales, se convierten en instrumentos invisibles de opresión y dominación, por lo cual debemos combatirlos transformando los sistemas simbólicos de racionalidad de la sociedad, que quienes realmente pretenden conservar el status quo, los verdaderos defensores del “establishment” a través de una retórica política, hacen un permanente cabildeo a sus intereses. Sí, en efecto mejoran el trato social a las mujeres y a las minorías, con formas más civilizadas, pero hacen intimidaciones morales, simulando con un lenguaje liberal, obstaculizando en realidad el libre desarrollo de la mujer, apelando a lo políticamente correcto, a lo científicamente válido, pero arrogándose las decisiones que competen a la mujer, en su valor intrínseco y en su dignidad.
El debate bioético sobre la participación de la mujer debe en primer lugar referirse a la configuración de un punto de vista estrictamente femenino en ética. La segunda a las diferencias internas en el mundo de las mujeres en el mundo actual. Y la tercera a la forma contemporánea de la relación entre sexos, no sólo de una larga historia de imposiciones y/ o de aceptación pasiva de la dominación patriarcal, sino también de muchas formas de resistencia a ella y, en cualquier caso, compartidas por estas culturas diferentes.
Hoy, como señalaba hace 4 décadas Alvín Toffler, la agresión a la humanidad en su dignidad es a través de la cibernética y la biotecnología, hoy se nos ofrece un mundo feliz, donde el futuro será el “Shopping” eugénico, la selección de embriones, la crioconservación de seres humanos, los organismos genéticamente modificados, los hijos por diseño, la reproducción asexuada, la maternidad subrogada y quien sabe cuantas ofertas más, a expensas de la humanidad, de la mujer, la dignidad de la persona:
En este mes donde se festeja a María Madre, a todas las mujeres y a la familia, no dejemos de reconocerlas como madres y esposas, como pilar de la célula social y como personas con dignidad.