Como sociedad es un derecho de todos el participar en la vida económica y a la vez una responsabilidad, el comprometerse en el desarrollo económico de toda la sociedad según las capacidades de cada uno; sin embargo resulta difícil en la práctica, en el mundo de hoy, en el que impera el egoísmo y toda una serie de antivalores, el poder conjuntar, en aras de un mundo más humano y de un bienestar armónico, centrado en valores cristianos de solidaridad, caridad, justicia y una entrega y ayuda desinteresada hacia los más necesitados, el tan ansiado desarrollo económico. 

La creación de las riquezas y su incremento, deben de darse dentro de un orden basado en valores morales y éticos, considerados estos tanto en su origen, como en su cantidad, es decir, generados con base en equidad y justicia y su uso orientado al desarrollo solidario del ser humano y que la sociedad, en la que el hombre se desenvuelve, sea con el objetivo de apartarlo de la esclavitud del consumismo y el mercantilismo. 

La Doctrina Social de la Iglesia, nos orienta hacia una economía de libre mercado; basada en la propiedad privada, la empresa, la responsabilidad social, la creatividad humana, la libertad de asociación y la participación basada en la subsidiariedad, es decir según las capacidades de cada uno, sujeto todo ello a los valores cristianos de respeto a las personas, la propiedad, la solidaridad, la caridad y el bien común. 

La iniciativa privada y la empresa, constituyen el valor fundamental de la propuesta de la Doctrina Social de la Iglesia, valor que la misma sociedad debe de promover y el Estado tutelar, vigilando el correcto actuar de todos los actores que favorezca el libre ejercicio de la actividad económica. Su limitación o negación, por el Estado,  trae como consecuencia, un desaliento social y en el individuo, para el progreso. 

La libertad de iniciativa y de libre empresa, deben únicamente estar, limitadas por el sentido de responsabilidad social, moral y ética. El Estado debe de tutelar estos valores, tanto en cuanto, sean respetadas las normas establecidas para su ejercicio, teniendo como objetivo el bien común de la sociedad, evitando en todo momento, favorecer los intereses de determinado grupo o personas, por el manejo de la información privilegiada que se tiene o pueda tener e influir para obtener beneficios de grupo. 

La empresa, además de tener un fin de carácter económico, también tiene fines de carácter social, moral, humano y cultural, ya que es un agente formativo del hombre en primer lugar, hacia su interior, con las personas que la integran, después para con las personas que se benefician con sus bienes o servicios y para con la sociedad basadas en esos valores que son fundamento de su actuación, con ese orden de ideas y con esos principios, se transmiten esos valores y esa forma de pensar para cada quien, hacerse responsable de su parte, se este modo, se esta actuando en congruencia, al poner la economía al servicio del hombre y no a la inversa.  

En este orden de ideas, es en cuanto al orden y el respeto del hombre por el hombre mismo, como debe extenderse a las naciones y sobre todo, apoyar los fuertes a las más débiles y las menos desarrolladas; de lo contrario se estaría en una situación de sometimiento y esclavitud, condenable desde todos los ángulos, ya que esto es una nueva forma de esclavitud y sometimiento de los países débiles a los intereses y caprichos de los económicamente, más fuertes. 

Tal y como se postula hoy en día con la globalización, esa relación de intercambio debiera de ser armónica y de reciprocidad, de manera natural, no forzada ni condicionada; sino más bien solidaria, atendiendo a otros aspectos como el ecológico, del uso racional de los recursos naturales con que cuenta cada país, de respeto a la soberanía de cada  nación, con la aplicación y difusión de estos valores cristianos, no es a través de la imposición ni el condicionamiento que va en contra de la soberanía de que se habla, sino manteniendo una relación de entendimiento respetuoso, se generará un ambiente de entendimiento basado en la confianza y cordialidad que permitirá una relación armoniosa y el desarrollo de los pueblos y del hombre; desde luego, que para que ello se dé, es fundamental que las naciones, los estados (entiéndase gobiernos), las organizaciones intermedias y el hombre, asuman la parte de responsabilidad que les corresponde y es fundamental. 

En este orden de ideas; el libre mercado, basado en estos valores cristianos, se pone como fin último, el bien común, que de ese modo, se da una competencia de la que resulta ganadora la sociedad y en última instancia el individuo, al recibir más y mejores bienes y servicios, por precios más justos y razonables; el Estado, debe vigilar la participación de todos los actores, aportándoles un marco jurídico claro y sencillo que favorezca el libre ejercicio de la actividad económica respetando su participación conforme a sus capacidades, (Principio de Subsidiariedad), favoreciendo “la cultura del bien común” entre las empresas y toda la sociedad, ya que todos los individuos deben trabajar en su construcción y con la acción también se educa a los hombres; es el Estado el que debe de fomentar la participación de toda la sociedad, tanto como individuos como de las entidades económicas de todos los tamaños; siendo responsabilidad del Estado intervenir como árbitro que vigila y castiga el actuar de cada uno de los actores económicos, así como promover el desarrollo y las capacidades de la iniciativa individual, la autonomía, la solidaridad y la responsabilidad social, que permitan la incorporación de nuevos actores que deseen participar en la vida económica, para la construcción de ése bien común, incluyendo a los que menos tienen, nadie debe quedar fuera de ése desarrollo económico, a través de la participación de las organizaciones intermedias sin fines de lucro. 

La sociedad entera, considerando tanto a las personas como a las agrupaciones o entidades económicas, deben de actuar conforme a los principios y valores en que se basa el bien común, ejercitándose en esos valores ya referidos ejercitándolos con el actuar diario; educando al ciudadano consumidor, prefiriendo comprar aquéllos productos de las empresas socialmente responsables, entendiendo esto, como las empresas que además de cumplir con los atributos de calidad, y precio, que respetan las normas laborales y condiciones de trabajo más convenientes del personal a su servicio, así como del cuidado del medio ambiente entre otros, y que destinan parte de sus ganancias a brindar apoyos económicos o en especie, a las clases más desfavorecidas o necesitadas; de este modo, la sociedad entera participa responsablemente en esta tarea. 

Es responsabilidad de todos, pero de manera específica, de las empresas, el evitar caer en el consumismo, que distorsiona el sentido de la economía sana, que la Doctrina Social de la Iglesia promueve, evitando caer en la trampa del “tener” en vez del SER, en atender consideraciones superfluas que distraen a la persona de la formación de su personalidad madura y responsable para consigo mismo y para con los demás, así como el buscar estilos de vida acordes con la belleza, el bien y la convivencia humana, de un desarrollo y crecimiento armónico y solidario que orienten las opciones de consumo hacia el ahorro y las inversiones de las empresas que actúan con responsabilidad social, evitando caer en el uso del hombre para la economía. 

También es importante resaltar, la formación cultural de las nuevas generaciones, que van a tener la responsabilidad de afrontar los problemas que de todo tipo se les están heredando, no sólo carentes de valores sino también un medio ambiente degradado, en algunos casos de manera irreversible, sobreexplotando los recursos naturales de una manera irracional e indiscriminada, no exponiéndolas a una condición de riesgo de su sobrevivencia, a cambio de un beneficio económico que hoy se pueda tener. 

La economía en el mundo de la globalización, fenómeno al cual no todos los países están en condiciones de poder participar en las mismas condiciones y, al igual que entre las personas, existen países que tienen todas las capacidades para aprovechar las situaciones para obtener el mayor provecho posible a costa de los más débiles y desfavorecidos, carentes de las posibilidades de no verse afectados por el afán de lucro y beneficios desmedidos, cayendo en situaciones de injusticia y un nuevo tipo de esclavitud, como ya se mencionó líneas arriba. 

Las comunicaciones, hoy en día, constituyen un instrumento decisivo incorporándose además las nuevas tecnologías y sistemas que permiten tener las herramientas para competir con una ventaja considerable, en condiciones de desventaja de los países más pobres y débiles, que sin la ayuda y el apoyo decidido de los más fuertes, que sin, un interés por aprovecharse de esta situación ventajosa, los ayudan para evitar el que caigan en una condición de atraso y de la nueva esclavitud. 

La globalización, permite crear oportunidades de crecimiento de los países, pero también de incertidumbre económica, ya que las inversiones e intercambios comerciales hoy en día, no se rigen por principios o valores éticos, no tienen patria ni lealtad más que para sus dueños, no hay compromisos y se buscan las mejores oportunidades para obtener el mayor beneficio económico, desplazándose a otros lugares más favorables fiscalmente o de mano de obra o materias primas más baratas, creando incertidumbre y desconfianza, que van en contra, siempre, de los más débiles, desfavorecidos y que menos recursos tecnológicos tienen, lo que ha provocado desigualdades, cada vez más acentuadas, obligando a estos países a estar excluidos y marginados de todo desarrollo económico y social. Además esta situación puede generar crisis financieras a escala mundial, pudiendo provocar el desplome de las economías de los países más débiles, generando mayor marginación y pobreza. Es aquí, en donde la Doctrina Social de la Iglesia, resalta la necesidad, de que este proceso globalizador de la economía, tenga que darse también de una manera solidaria en la que nadie deba quedar excluido o marginado de ese beneficio; el comercio internacional, puede ser más equitativo justo y humano, si se atienden las exigencias de la justicia social, ya que esta implica un mayor compromiso y decidida responsabilidad de los países más fuertes a favor de los más débiles y necesitados lo que obliga a plantearse la necesidad de establecer políticas comerciales con principios éticos, de equidad, de solidaridad, de libertad, de paz y de respeto a los derechos humanos y laborales entre otros, para evitar la creciente brecha entre ricos y pobres.