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Cuestionar las tradiciones. 

El texto del evangelio de Marcos, que la liturgia nos proporciona hoy, enfrenta un tema de perenne actualidad. Se trata, en efecto, de revisar la calidad y autenticidad cristiana de las ‘tradiciones religiosas’ y cultuales, que hemos heredado de nuestros padres. Cada quien revisará, desde su contexto personal y eclesial, aquellas tradiciones que, en efecto, en la mayoría de los casos, no comprometen moralmente y que, sin embargo, pueden inducir a creernos ‘buenos cristianos’. La tradición religiosa de las ‘cenizas’, al empezar el tiempo litúrgico cuaresmal, por ejemplo, es una de ellas: muchos las reciben, pero, más por los rasgos ‘mágicos’ que las envuelven, que por lo que verdaderamente significan. Las tradiciones de los hombres, a veces, son más populares e incisivas que las enseñanzas de Dios. 

Las manos impuras.  

Las prescripciones judías sobre el lavado de las manos, que los fariseos practicaban de forma meticulosa, son la ocasión para la polémica discusión entre ellos y Jesús. Los fariseos y los escribas –nos relata el evangelista- se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores?”. Los discípulos, de hecho, no se habían lavado las manos antes de comer y entonces los adversarios de Jesús le piden explicación a él, por ser responsable de sus conductas y forma de vida. Entre los fariseos las prescripciones de pureza, como ésta, se habían convertido en un obsesivo legalismo exterior. Además, existía la persuasión de la obligatoriedad de la tradición de los mayores, o sea, de los escribas más célebres. Es precisamente esto lo que Jesús cuestiona y juzga severamente, citando un texto  del profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mi”.   

Labios o corazón. 

También en los tiempos de Jesús había quienes reducían su vida religiosa y piadosa a palabras o cultos exteriores sin alma ni corazón. Lo que les interesaba era la ‘apariencia’, la exterioridad. Jesús los reprocha y los llama ‘hipócritas’: “Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, ¡Hipócritas!”. Fácil es honrar a Dios con labios y cultos vacíos, o sea, con gestos que reflejan apariencias, cuando la verdadera cercanía con Dios se adquiere sólo observando los mandamientos divinos. El tema de la controversia, entre Jesús y los fariseos, son las tradiciones de los ‘mayores’, tradiciones humanas que se han ido acumulando a lo largo de los años las cuales o hacen descuidar verdaderos preceptos divinos o, simplemente, son prácticas exteriores que carecen de espíritu y esclavizan al hombre: mientras que los labios rinden exteriormente un culto sin espíritu, el corazón puede estar muy lejos de Dios. Nos referimos al ‘lavado de las manos, las abluciones, la purificación de los vasos, jarras y ollas’.  

Según Jesús, no puede ser que la gente se aferre más a las tradiciones de los hombres que a los mandamientos de Dios: “Ustedes –denuncia Jesús- dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres”. Dios prefiere el amor de los corazones a los cultos o palabras sin amor; desea la fidelidad a sus enseñanzas inmutables, presentes en la Tradición de la Iglesia, que el cumplimiento de las tradiciones humanas, que no exigen compromisos de vida ni lealtad a la voluntad divina.   

Deberíamos, a este punto, cuestionar todos aquellos que, en nuestros templos, se han vuelto defensores de tradiciones vacías y cultos espectaculares sí, pero sin coherencia de vida ni amor a Dios. Utilizan, incluso, la buena fe del pueblo para sacarle dinero, en beneficio propio y en contra de los mismos sacerdotes del lugar. Ni se percatan que su religiosidad exterior es una sustitución de la fe que no tienen. Es hipocresía.  

Lo que mancha al hombre. 

Nos hemos dado cuenta que la religión judía se preocupaba, exageradamente, de la exterioridad de la vida religiosa y de las apariencias; también, atribuía a cosas, fenómenos y costumbres externas, la pureza del hombre. En efecto, lo que hacía impuros eran la carne de cerdo, las reglas de las mujeres, las hemorragias, la lepra, etc. Jesús echa abajo todos estos ritos y credencias porque nada puede ser impuro de lo que Dios ha creado. Lo que hace ‘impuro’ al hombre, más bien, son sus ‘pecados’ y, éstos, provienen desde el interior de la persona, desde el corazón. En contraposición a los judíos, con toda su teoría de la pureza exterior, Jesús propone la verdadera pureza: la ‘interior’ del corazón y de los deseos. En efecto, aclara Jesús: “Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro”. En el trasfondo del bien y del mal moral de cada uno de nosotros, por cierto, encontramos la intención, la conciencia, la libertad y la voluntad. El ejercicio de estas facultades es la razón del bien o del mal moral de todo lo que hacemos, pensamos y deseamos. En el evangelio de hoy, en efecto, se mencionan ‘doce acciones’ humanas en cuyo origen encontramos el ‘corazón’, es decir, la conciencia, libertad y voluntad de quienes las practican y que ‘simbolizan’ la totalidad de los pecados humanos de acción, pensamiento y palabra: “Del corazón del hombre –ratifica oportunamente Jesús- salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad”. Desde el interior de sí mismo cada hombre fabrica su destino y decide la calidad moral de sus actos.    

Conclusión.     

Lo que sobresale, en fin, de las intervenciones críticas de Jesús, en este texto evangélico de Marcos, es una religión de la ‘interioridad’. Ésta, desde luego, no significa ‘indiferencia’ absoluta de todo lo externo del hombre, sino que tiene que ser comprendida en el sentido de que la ‘actitud interior’ es la que determina la cualidad moral del obrar humano, así como en el corazón radica también el impulso para toda manifestación, moralmente buena o mala, ya sea en las palabras que en las acciones. No olvidemos nunca, que lo que a un hombre determinado hace impuro ante Dios, no son las cosas ni los alimentos, sino la ‘maldad’ del corazón y la falta de amor. 

*Reflexión evangélica, DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO