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Por el camino…
Deben de haber sido muy interesantes e instructivas las caminatas de los discípulos, con el Maestro, por los senderos de la Palestina. Es en una de éstas, ‘por el camino’ hacia Jerusalén, o sea, hacia la ‘pasión’ y muerte, que Jesús les pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Consciente de haber alborotado a mucha gente, sin haber provocado que creyeran en Él, quiere que los discípulos lo constaten. Esto, por cierto, revela que, desde ya hacía tiempo, existía, entre los judíos, el interrogante acerca de quién era verdaderamente Jesús. De las respuestas de los discípulos nos percatamos que Jesús, en la conciencia colectiva del pueblo judío, no llegaba más que a ‘profeta’: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas”. Si Jesús hiciera la misma pregunta a la gente de hoy, ¿Lograría superar ese concepto?
Preguntando a los discípulos.
Como si a Jesús no le interesaran las opiniones de sus contemporáneos dirige, finalmente, la misma pregunta a los ‘Doce’: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Alejado ya totalmente del pueblo judío Jesús quiere, ahora, dedicarse exclusivamente a la ‘instrucción’ del círculo de sus discípulos; a la introducción, de estos pocos leales, en el misterio de su mesianidad. Como de costumbre, en esta ocasión también, es Pedro quien contesta de inmediato: “Tú eres el Mesías”. Desde luego, en su respuesta, encontramos toda ‘la esencia’ personal de Jesús. Pero, lo que sucede, es que Jesús está caminando hacia la ‘pasión’ y, por lo tanto, siente la necesidad de revelar con sinceridad, a los discípulos, el verdadero carácter sacrificial de su identidad mesiánica.
Las predicciones de Jesús.
Con la finalidad, entonces, de instruir a sus discípulos Jesús hace tres predicciones. Primeramente, corrige la confesión de Pedro acerca de su mesianidad. En efecto, Él no es el Mesías que esperaban el judaísmo y los discípulos. Su ida a Jerusalén, en efecto, no es para tomar posesión de un reino político, sino para ser allí crucificado. Aquí está el verdadero misterio de su mesianidad; misterio revelado sólo a los discípulos y, sobre el cual, debían guardar estricto silencio, hasta que la profecía de Jesús se cumpliera: “Y Él les ordenó –comenta el evangelista- que no se lo dijeran a nadie”. Luego, sigue la explicación del secreto, o sea, les anuncia su pasión, muerte y resurrección: “Se puso explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día”.
La segunda predicción se refiere al papel del ‘discípulo’ que quiere seguirlo y que consiste en cargar su propia cruz. Hay que llevar la cruz tras Él y estar preparados a una vida de sacrificio, de servicio y de padecimiento hasta la muerte. En la tercera predicción revela el misterio de su muerte y resurrección, revelación inesperada y que provoca la reacción inmediata de Pedro. En efecto, Pedro lo invita a desistir: “Entonces Pedro –relata el evangelista Marcos- se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo”.
Jesús reprocha a Pedro.
Al impulsivo Pedro le costó mucho entender la verdadera identidad de Jesús y, por lo tanto, no podía tolerar las predicciones que el Señor había hecho acerca de su inminente destino. Tampoco se había percatado que esa ida a Jerusalén iba a ser la última y definitiva. Los discípulos, desde luego, no estaban prevenidos para ese anuncio del Maestro y la primera noticia del verdadero carácter de la mesianidad de Jesús les resultó ‘escandaloso’. Esa vinculación, de la pasión y muerte a la glorificación del Mesías, no les gustó a nadie, sin embargo, en las palabras de Jesús, aparece como imprescindible, porque fruto de una inexorable decisión divina. La expresión de resistencia de Pedro, por lo tanto, no es otra cosa que la del hombre natural frente al misterio divino del Mesías sufriente. No puede aún comprender el misterio de la pasión y, llevado de su impetuoso temperamento, se atreve a intentar la disuasión del Maestro. Todo esto, además, le valió una durísima repulsa por parte de Jesús: “¡Apártate de mí, Satanás!”. La pretensión de Pedro le convierte en un ‘tentador’ de Jesús, en Satán mismo, al situarse en oposición directa a la voluntad de Dios. Jesús, sin embargo, no se desanima e invita a Pedro a colocarse detrás de Él y a pensar como Dios manda y no como los hombres: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.
Católicos que juzgan según los hombres, o sea, que todo lo interpretan desde una perspectiva material de conveniencia son muchos. La figura de Satanás, por cierto, no ha desaparecido entre nosotros. Los son, en efecto, todos aquellos que intentan alejar de la fe en Jesús a los demás: pequeños, débiles, enfermos, pobres e incultos.
Conclusión.
A manera de conclusión, Marcos reúne una serie de ‘sentencias’ de Jesús sobre las ‘cualidades’ del discípulo, que dan a conocer en qué consiste verdaderamente el ‘seguirlo’. De facto, el Señor hace saber, a sus discípulos, que la ley del ‘padecer’, a la que está sometido, vale también para ellos: “El que quiera venir conmigo –afirma Jesús- que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz, y que me siga”. Tal vez, esa cruz, de la que habla Jesús, no se refiere al dolor, sino a la necesidad de que cada discípulo no viva para sí. El tener que abrirse a los demás y cumplir la voluntad de Dios, esta es la verdadera ‘cruz’. El auténtico discípulo de Jesús, parece decirnos el evangelista, no puede querer volver a centrarse en sí mismo.
Otra sentencia de Jesús se refiere a la ‘verdadera vida’, o sea, aquella que el discípulo podría conquistar en caso de martirio. Quien, por cobardía, quiere salvar su vida terrena, en realidad, la perderá. Sin la disponibilidad a dar la vida por el Señor, el discípulo no podrá alcanzar aquella ‘eterna’, que Jesús nos tiene preparada: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”. En fin, en el presupuesto del Reino y del seguimiento de Jesús no puede no estar incluida la posibilidad de ‘dar la vida’, o sea, de morir por Él. El discipulado, en efecto, implica una total comunión con la persona de Jesús, con su misión y con su destino de muerte y resurrección.
*Reflexión evangélica, Domingo XXIV Tiempo Ordinario


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