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Las caminatas de Jesús. 

En el camino hacia Jerusalén Jesús instruye a sus discípulos. En esta ocasión, Juan, uno de los ‘hijos del trueno’, toma la palabra y hace notar a Jesús un hecho inaudito: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos”. Sus palabras, por cierto, reflejan esa misma tentación de intolerancia y sectarismo que distinguía a los judíos; esa facilidad de juzgar a los demás, por cualquier cosa, y esa intransigencia que, quizá, caracteriza también a nuestras comunidades cristianas de hoy. Lo de ‘expulsar los demonios’, que en Jesús significaba la llegada del Reino como tiempo de destrucción del mal, en otros podía ser el manifestación de verdadera fe en el poder y en la misión de Jesús. Actualizando el mensaje del evangelio a la Iglesia de nuestros tiempos, podemos decir que todo el bien que se haga, y prescindiendo de quien venga, merece siempre nuestra aprobación y nuestro apoyo, porque el bien desciende de Dios. 

Lo extraño del caso, desde luego, es que el exorcismo ocurre, ahora, por medio de un individuo desconocido, que no pertenece al grupo de Jesús. Tal vez, un exorcista profesional que simpatiza con el nombre de Jesús, que ha constatado su éxito en la expulsión de demonios y que cree, anónimamente, en Él.  

La extraña respuesta del Maestro. 

Contrariamente a lo que los discípulos esperaban, el Maestro manifiesta su ‘apertura’ y tolerancia hacia aquellos que ‘hacen el bien’, aun cuando no pertenezcan a su grupo. El bien y la verdad, en efecto, pueden manifestarse también fuera del grupo de los discípulos: “No se lo prohíban –le contesta Jesús a Juan- porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí”. De esta manera Jesús reprueba la estrecha mentalidad de sus discípulos y, tal vez, también la nuestra. Aquellos que hacen el bien en el nombre de Jesús no pueden que ser sus amigos. El exorcista, entonces, está de parte de Jesús, quien así sentencia: “Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor”. Casi compensando su dura respuesta, Jesús, luego, reconoce el mérito de quien sirve, en su nombre, a los discípulos; el mérito de todo servicio y acto de generosidad. Por ejemplo: darles un vaso de agua en nombre de Jesús: “Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo –afirma Jesús- les aseguro que no se quedará sin recompensa”. 

Contra el ‘escándalo’. 

El diálogo de Jesús y sus discípulos continúa. Ahora, lo que Jesús quiere dar a entender a sus discípulos, es que se abstengan, absolutamente, de ‘escandalizar’ a los ‘pequeños’, o sea, a aquellos hermanos ‘insignificantes’, sencillos y sin malicia, que creen en Él: “Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí –les dice Jesús a los suyos- más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar”. Dar escándalo, en este contexto, significa poner tropiezo a alguien; hacerle caer hasta destruir su fe. El daño que ello trae consigo y la culpa que supone son tan grandes que, para aquel que lo produce, le sería una suerte benigna ser arrojado a lo profundo del mar. 

Más te vale… 

A continuación, se anuncian otros hechos que Jesús condena tajantemente: los ‘pecados’. Los versos evangélicos que siguen, en efecto, no tratan ya de la relación entre los hombres, ni del daño que mutuamente pueden causarse por un proceder escandaloso, sino de la ocasión de ‘pecado’ que puede venirle al hombre de sus propios miembros. Se hace referencia, con ello, a ‘faltas morales’ graves que pueden traer luego, como consecuencia, el derrumbamiento religioso. Manos, pies y ojos, nombrados sólo a manera de ejemplo, como los más importantes miembros y órganos del cuerpo humano, pueden convertirse en tentadores para el hombre y, en este caso, Jesús exige la renuncia absoluta a ellos: “Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar del castigo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; pues más te vale entrar cojo en la vida eterna… Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios…”. En el pensamiento de Jesús, más vale entrar ‘sin miembros’ en la vida eterna que, conservándolos, caer en la perdición.   

Al nombrar manos, pies y ojos, como los posibles causantes de la ocasión de pecado, Jesús quiere conseguir una forma de expresión ‘lo más impresionante posible’. Sin que ello excluya, desde luego, ni niegue la mayor profundidad de la raíz de la culpa, o sea, el ‘corazón humano’: ‘lugar’ en el cual se realizan las opciones decisivas que conducen al bien o al mal moral. Se trata de formas de expresiones, conscientemente hiperbólicas, por lo cual no tiene sentido el problema de si aquellos se mutilaron de verdad o no. Lo que importa es el mensaje de Jesús, el cual mira a disuadir a sus discípulos de cualquier experiencia contraria a la fe que profesan, o sea, pecaminosa. La integridad física es importante, pero lo es más el Reino de Dios. 

El lugar de castigo. 

Con una cita de Isaías (66, 24), familiar al judaísmo para la descripción de los horrores de la ‘Gehenna’, se describe la terrible suerte de los condenados. El gusano roedor, que los tortura, y el fuego, que los atormenta, expresan, simbólicamente, el dramatismo del castigo eterno. Esta alusión final del ‘infierno’ no propone una descripción del más allá, sino que es una seria exhortación a vivir mejor y fielmente el presente, en el que todo ser humano decide su destino último frente a Dios.