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Maestro bueno.
“Cuando salía Jesús al camino, un hombre se le acercó corriendo, se arrodilló ante Él y le preguntó: ‘Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna’?”. Llama la atención, de inmediato, el dinamismo de esta nueva escena: un joven ‘anónimo’ que ‘corre’ hacia Jesús, para hacerle una pregunta leal, sincera y directa, acerca de cómo conquistar la vida eterna. Sana pregunta. En efecto, también nosotros quisiéramos saberlo de las mismísimas palabras de Jesús. El tema del destino humano, después de la muerte, sí nos tiene inquietos. Quisiéramos más seguridad, más certidumbre acerca de ello. Y, desde luego, sólo un maestro ‘bueno’ puede satisfacer nuestras expectativas y darnos respuestas correctas.
Nadie es bueno sino sólo Dios.
Jesús, provocado por la pregunta del joven sin nombre, antes de contestarle, aclara que la fuente de la bondad humana y, por lo tanto, también suya, es únicamente Dios, Padre de misericordia, que socorre a los débiles y a los pobres: “Nadie es bueno –le contesta Jesús al hombre- sino sólo Dios”. El joven misterioso y preguntón, de este episodio evangélico, parece ser rico y bueno. En efecto, viene buscando con sinceridad cómo mejorar su vida religiosa para tener derecho a la eternidad feliz. Jesús le contesta indicándole el camino del cumplimiento del decálogo como condición de salvación. Sorprende, a este punto, la respuesta afirmativa, espontánea y verídica del joven: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven”.
¡Quizá, si también nosotros pudiéramos contestar lo mismo! De todas maneras, Jesús le cree. Reconoce que no hay mentira en su interlocutor y aprovecha, entonces, para elevar sus requerimientos y ofrecerle la meta del ‘seguimiento’: “Sólo una cosa te falta: ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”. Se trata de las nuevas metas del tiempo de Jesús. Condición, entonces, para alcanzar la vida eterna es seguirlo a Él; es orientar el corazón, lleno de amor, hacia Él. Por lo tanto, es necesario que nos desprendamos de los bienes materiales, si ocupan el lugar de Jesús. Si queremos seguir al Señor debemos estar completamente ‘libres’. Libres de cosas y afectos cuando nos impiden estar con Él y construir su Reino.
El cumplimiento de los mandamientos de la antigua alianza resulta insuficiente para ser discípulo de Jesús. Urge superar brillantemente la peligrosidad de las riquezas ‘insolidarias’. Además, la pobreza voluntaria, que Jesús exige del ‘joven’, es reconocida como obra meritoria, pero, su verdadero sentido es el de ser condición ‘previa’ para seguir a Jesús, como ya han hecho los demás discípulos.
Los tres evangelistas sinópticos, a este punto, concuerdan en comentar la actitud de tristeza que invade el corazón del joven por no haber sido capaz de seguirle: “Al oír estas palabras –relatan los sinópticos- el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado”. ¿La razón? Es que tenía muchos bienes.
El entusiasmo inicial del encuentro contrasta, por cierto, con esta escena final, en la cual el joven desconocido se aleja triste de Jesús “porque tenía muchos bienes”.
La mirada de Jesús.
Al proponerle su seguimiento, Jesús, nos dice el evangelista, ‘lo miró con amor’. Ni siquiera la mirada amorosa de Jesús pudo convencer al hombre de desprenderse de los ‘muchos bienes’, dárselos a los pobres y seguirlo.
No fueron suficientes, para convencerlo, ni las palabras de Jesús, ni su mirada amorosa. ¡Para cuantos jóvenes, llamados hoy por el Señor a su seguimiento, les pasa lo mismo que a este joven del Evangelio!
El Maestro pretende la exclusiva del amor de sus discípulos, porque sabe perfectamente bien que las riquezas hacen imposible el ingreso en el Reino de Dios. Para enfatizar su afirmación, Jesús utiliza la hipérbole del camello y del ojo de la aguja: “Hijitos –les dice Jesús a sus discípulos- ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”. ‘Confiar’ significa poner el corazón y la esperanza en algo. En este caso: en el dinero traidor y engañoso. Desde una perspectiva humana la propuesta de Jesús resulta absurda e imposible y, por lo tanto, la pregunta de los discípulos parece ‘razonable’: “Entonces –se preguntan- ¿quién puede salvarse?”. Jesús, con la habilidad que lo distingue, les responde que, llegar a ser sus discípulos, es don del poder salvador de Dios, para el cual, no hay imposible: “Es imposible para los hombres, más no para Dios”.
El episodio se concluye, en fin, con una intervención más de Pedro, quien manifiesta a Jesús el hecho de que ellos, en contraposición al joven rico, lo han dejado todo para seguirle. Sin embargo, se percibe la inquietud, en el mismo, de saber qué es lo que recibirán por esto. Prontamente, Jesús no tarda asegurándoles de que recibirán una compensación centuplicada de los bienes abandonados en este mundo y la vida eterna en el mundo futuro: “Yo les aseguro - dice Jesús- nadie que haya dejado casa. O hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno…y en el otro mundo, la vida eterna”.
Conclusión.
Evidentemente, en el pensamiento de Jesús, las riquezas ‘insolidarias’, o sea, las que no se compartan y que ocupan indebidamente el corazón, son un severo obstáculo para entrar en su Reino y para ser sus discípulos. En efecto, falsifican la relación con Dios y con el prójimo. Imposible será, por tanto, para los ‘ricos egoístas’, aspirar a la salvación eterna. Ya disfrutaron de ‘su paraíso’ en la tierra y enterraron, para siempre, la esperanza de alcanzarlo en la eternidad. Mientras los pobres, que han sufrido las penas del infierno en este mundo, y que han permanecidos siempre unidos a Cristo, pueden aspirar, con toda seguridad, al regocijo del paraíso en el ‘nuevo mundo’, para la eternidad.
El poder seductor de las riquezas es, sin dudas, lo que les hace difícil a los jóvenes, el seguimiento de Jesús. La satisfacción y el disfrute, que las riquezas traen consigo, son un verdadero espejismo y un grave peligro para la salvación. Y lo son para todos los discípulos.
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ESTA REFLEXIÓN CORRESPONDE AL DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO
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