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El ser misioneros o misioneras, entonces, no pertenece al mundo de las opciones posibles y dejadas a la libertad de cada quien, sino que resulta ser una obligación moral, de la que no podemos eximirnos, si queremos permanecer fieles a nuestra identidad y vocación cristiana. 

Después de la Resurrección. 

El evangelista Marcos finaliza su Evangelio con este texto, por cierto muy fragmentado, del envío misionero y de la Ascensión de Jesús. Casi a significar que los discípulos, y la Iglesia en general, son llamados, como nuevo cuerpo de Jesús, a cristalizar su presencia y a continuar su misión, o sea, la de anunciar el Evangelio a todas las gentes, bautizarlas y construir el Reino de Dios. Que se trate de Jesús resucitado no hay dudas. En efecto, así se expresa el evangelista: “En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once”. El poder que tiene Jesús, de aparecer o desaparecer, indica la dotación de una ‘corporalidad’ inédita y diferente de la anterior, es decir, ‘gloriosa’. El cuerpo de Jesús, salido de la tumba, ya no está sometido a las leyes del espacio y del tiempo. Este tiempo, después de la Resurrección, permite a Jesús completar su obra y enseñanzas. Efectivamente, da la orden de ‘evangelizar’, ‘bautizar’ y crear condiciones de ‘bienestar corporal’, a través de ‘signos’ milagrosos: “Vayan por todo el mundo –les manda Jesús- y prediquen el evangelio a toda creatura”. Los milagros, que acompañan a los apóstoles, no son propiamente confirmación de la predicación, ni una parte del poder concedido al que anuncia el evangelio, sino que hay que entenderlos como signos del ‘bienestar’ corporal del hombre, que no es ajeno al proyecto evangelizador de Jesús y de la Iglesia. La salvación, por cierto, o es de ‘todo el hombre’, simultáneamente cuerpo y espíritu, temporalidad y eternidad, o no lo es.  

En este marco de significados debemos apreciar mejor lo que nos dice el evangelio, cuando se dirige a ‘todos los que hayan creído’: “Arrojarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos quedarán sanos”. El poder de la fe hace milagros: otorga la liberación de los males que, como demonios, nos persiguen; da serenidad interior, frente a los peligros de la vida humana, y crea condiciones óptimas, para enfrentar, con la fortaleza que da el Espíritu, las enfermedades del cuerpo y del alma.  

Vayan por todo el mundo. 

Por ese ‘envío’ los discípulos se transforman en ‘apóstoles’. Además, el mandato del Señor tumba barreras y supera confines étnicos y culturales. Ya no se trata de predicar en tierra de los judíos, sino ‘por todo el mundo’. La misión apostólica hereda espacios universalistas, es decir, todos los rincones de la tierra. Desde este momento, la Iglesia asume su nueva identidad esencial, o sea, la de ser ‘misionera’. Dejar de serlo sería traición del mandato divino del Señor, cuyo objetivo principal sigue siendo la ‘evangelización’. Ésta consiste en dar a conocer la rica enseñanza de Jesús, su misterio pascual de Redención y la convocación final en su Reino de vida plena y de amor eterno. Señal de inserción en la vida nueva de Dios, adquirida por Cristo, y en su Iglesia, comunidad de salvación, es el bautismo. Por esta razón Jesús, al enviar en misión a sus apóstoles, les dice: “El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado”. Debemos reconocer, en estas palabras insistentes de Jesús, el valor salvador de dos realidades: el bautismo y la necesidad de la fe. En efecto, el rechazo de la fe en Él puede ser causa de exclusión de la salvación. 

El Señor Jesús subió al cielo. 

“El Señor Jesús, después de hablarles, -nos dice el evangelista Marcos- subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”. Son los últimos versículos del evangelio de Marcos. En los tres verbos de este texto evangélico, Marcos resume su propia fe en Jesús, reconociéndole como hijo de Dios, exaltado por encima de todo y sentado como un igual a Dios a la derecha del Padre, o sea, en el puesto de honor que le corresponde. Así, Marcos proclama que Jesús es el Hijo de Dios, el Predilecto del Padre y el hombre al cual Dios ha exaltado y ha sentado a su derecha. La ‘subida’ al cielo ratifica el acontecimiento de la Ascensión de Jesús al lugar de donde había salido y a la apropiación de la identidad que le correspondía desde toda la eternidad. Para el Señor, su Ascensión y retorno al Padre, son el final de una etapa y comienzo de otra definitiva. En el intermedio, entre su departida y el retorno final, será la Iglesia a darle visibilidad y continuidad. Jesús, quien en la tierra fue ‘misionero’ del Padre, hace ahora a la Iglesia misionera de Él mismo. Los apóstoles, llenos de Espíritu Santo, recibido el mismo día del envío, cumplieron con cabalidad la misión recibida. El texto del evangelio así lo documenta: “Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes”. 

Conclusión. 

La experiencia misionera de los Apóstoles, descrita en la parte final del Evangelio de Marcos, y a lo largo del libro de ‘los Hechos’, pide ser también nuestra. Lo que nos motiva, para ello, es la pertenencia ‘eclesial’. Desde el día de nuestro Bautismo, en efecto, hemos sido incorporados en ella y, desde entonces, hemos heredado la misma misión. El ser misioneros o misioneras, entonces, no pertenece al mundo de las opciones posibles y dejadas a la libertad de cada quien, sino que resulta ser una obligación moral, de la que no podemos eximirnos, si queremos permanecer fieles a nuestra identidad y vocación cristiana. Que cada quien, por tanto, saque sus conclusiones delante del Señor, misionero del Padre, enviado para evangelizar al mundo entero. Nos urge, ciertamente, pedir a Dios: “Para que nosotros y los miembros de nuestras comunidades consideremos, como parte integrante de nuestra fe, la solicitud apostólica de transmitir la luz y la alegría del Evangelio al mundo no creyente”. 

* REFLEXIÓN ACERCA DEL DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES