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Introducción.
Hoy, recordamos, litúrgicamente, a todos aquellos hermanos nuestros y hermanas que, por la calidad de su vida terrena, han merecido pertenecer a la Iglesia triunfante y que ahora gozan ya de la plenitud de la vida con el Padre y con Jesús resucitado. Se trata, desde luego, de todos aquellos que llamamos ‘santos’, o sea, apartados y escogidos por Dios, para revivir con Él eternamente. Sólo Dios es ‘santo’, sin embargo, ha querido participar y manifestar su santidad en los santos: son la muchedumbre incalculable de los elegidos mencionados en el libro del Apocalipsis. Santos son aquellos y aquellas que alcanzaron a Dios, por medio de la vivencia de las ‘bienaventuranzas’ de Jesús, quien fue el primero a realizarlas en carne propia. De hecho, Jesús no sólo las ha vivido, sino que ha poseído, ya, las promesas que resuenan en ellas.
Esta festividad, por supuesto, reúne a todos los santos: conocidos y desconocidos; declarados, y no declarados, por la Iglesia. Es magnífico que la Iglesia recuerde todos aquellos que han seguido a Jesús en su ‘estilo’ de vida. Ellos y ellas son, para nosotros, modelo y ejemplo y, a la vez, desde el cielo, son también intercesores que nos ayudan a avanzar en nuestro camino de santidad.
El discurso del monte.
Las bienaventuranzas, pronunciadas por Jesús en el monte, bien significan y son la ‘nueva ley’ evangélica del Nuevo Testamento para todos sus discípulos: “En aquel tiempo –nos precisa el evangelista- cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó”. En el pensamiento del evangelista Mateo, excelente conocedor del Antiguo Testamento, el subir de Jesús al monte reproduce el ascenso de Moisés al monte Sinaí, lugar de las tablas de la ley. En efecto, las bienaventuranzas de Jesús son la nueva tabla de la ley que Él entrega a sus seguidores: “Cuando se le acercaron - nos dice el evangelista- el Maestro empezó a enseñarles: “Dichosos los pobres de espíritu… dichosos los que lloran… dichosos los que sufren… los que tienen hambre y sed de justicia…”. Estas primeras ‘bienaventuranzas’ dedicadas, por cierto, a una única categoría de personas, que son los ‘pobres’, siguen sorprendiéndonos. ¿Cómo van a ser dichosos aquellos que todo mundo considera desdichados? Sabia pregunta, sin embargo, toda la enseñanza evangélica de Jesús es diferente de la lógica y la manera de pensar del ‘mundo’.
Sorpresivamente, Jesús trae la felicidad a los que el mundo tiene por desdichados, disminuidos, inútiles. Pero, en línea con el anuncio del Reino de Dios, que Jesús ha venido a realizar como reino de justicia, de solidaridad, de comunión, de amor y de paz, su declaración de bienaventuranzas es perfectamente coherente. En efecto, define dichosos a la categoría de los ‘pobres’ porque, finalmente, en este inédito Reino, que está por construirse alrededor del Señor, serán ellos los que más se beneficiarán. Los pobres, que viven continuamente dependientes de la generosidad de otros y de las circunstancias, son los que podrán experimentar mejor las atenciones de Dios y pertenecer a su Reino. La recompensa mencionada no parece ser la que tendremos ‘después de la muerte en el Cielo’, sino la del Reino de Dios que llega a nosotros, en ‘esta tierra’. En el cielo, después, se dará la culminación de todos los bienes trascendentes y eternos.
Las bienaventuranzas, justamente, no son un simple elenco de virtudes, sino que describen la actitud de fondo con la que el discípulo se dispone y acoge el proyecto del Reino de Dios.
Pobres de espíritu.
A diferencia del evangelista Lucas, que reporta dichosos nada más los materialmente pobres, Mateo le agrega ‘de espíritu’. Una añadidura que, desde luego, no debe ser malinterpretada. Por cierto, los pobres de Lucas y Mateo coinciden en todo: son aquellos que, según la sociedad, nada tienen, nada saben y nada ‘valen’. Para Jesús, por lo contrario, son los primeros beneficiarios del Reino. En ello, encontrarán bienes, consuelo de parte de un Dios cercano, propiedades y justicia eterna. Además, a aquellos, que ponen toda su confianza en Dios más que en las riquezas, y que se han hecho voluntariamente pobres para seguir al Maestro, o sea, los pobres de ‘espíritu’, se les concederá un suplemento de felicidad en el Reino que está llegando: un mundo más feliz en esa tierra de ‘Palestina’ prometida, desde siempre, a Abraham: “Dichosos los pobres de espíritu –nos refiere Mateo- porque de ellos es el Reino de los cielos”. No olvidemos que el término ‘cielos’, atribuido al reino, está en lugar de la palabra ‘Dios’, que Mateo, por respeto, no pronuncia.
El ‘estupor’ del sermón de la montaña.
Indudablemente, nos encontramos, en esta ocasión, frente a un sermón programático de Jesús y, por cierto, subversivo y de difícil ejecución. Un sermón que infunde esperanza, admiración y alegría a los pobres y que suscita estupor en los ricos arrogantes, injustos e insaciablemente apegados a sus bienes. En efecto, indirectamente, cuestiona a todos los que han vivido su ‘paraíso’ en la tierra, excluyendo a los demás, de manera egoísta e insolidaria; a todos los que no han tenido misericordia hacia los menos afortunados. Mientras los que han tenido hambre y sed de justicia tendrán pan hasta saciarse; los misericordiosos, es decir, los que han amado al prójimo con el corazón de Dios, vivirán para siempre en su amor; los puros de corazón, que son aquellos que han contemplado a Dios sin pecado y han sido rectos, sinceros y leales, lo verán; en fin, los portadores de la paz divina, o sea, los destructores de barreras y de fronteras, serán llamados hijos de Dios.
Otra bienaventuranza más.
“Felices ustedes cuando por causa mía los maldigan, los persigan y les levanten calumnias”. En esta última bienaventuranza el Maestro quiere avisar a sus discípulos, de antemano, que es imposible anunciar el Evangelio sin sufrir persecución. En efecto, en cuanto uno levanta la voz para denunciar todo aquello que contradice el Evangelio, encontrará hostilidad, difamación y muerte. Es verdad que, quien sigue este camino, no tiene fácil la vida; terminará molestando a mucha gente, que lo perseguirá.
Los “perseguidos por mi causa”, en fin, son los que, a causa de su compromiso y coherencia con el Evangelio del Reino, comparten con Jesús el camino de la cruz. A pesar de todo, los discípulos del Señor serán felices porque, en cualquier situación, sentirán siempre la presencia de Dios. A final de cuenta, será siempre el justo quien triunfará y la demostración está en la Resurrección de Jesús. La última palabra, por cierto, es siempre de Dios, que cierra la historia con la victoria de aquellos justos que, en las bienaventuranzas, han recibido muchos nombres: pobres, afligidos, hambrientos, sedientos de justicia, misericordiosos, puros de corazón, constructores de paz, perseguidos…
Conclusión
Las ochos bienaventuranzas de Mateo trazan, perfectamente, un ‘programa de vida’ innovador y virtuoso, que nos invita a vivir más cerca del Señor y considerarlo más importante que cualquier otra cosa; que nos impulsa a practicar la justicia hacia los pobres, a vivir con misericordia hacia los necesitados, a conservar puro el corazón y a construir un mundo de paz. Tenemos, hoy, la oportunidad para refrendar nuestro compromiso con Cristo y cumplir con su novedoso programa de vida, haciendo realidad el espíritu del ‘sermón de la montaña’ y caminar, así, con fidelidad, hacia la santidad.
* El presente reflexión evangélica corresponde a la FIESTA DE TODOS LOS SANTOS.
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