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Jesús critica a los escribas. 

Es indudable que Jesús desaprobaba, de manera contundente, la hipocresía religiosa y la ambición. Puesto que los escribas y los fariseos sobresalían por ser hipócritas y ambiciosos, Jesús no los toleraba y, cada vez que se le ofrecía la oportunidad, polemizaba con ellos con fuertes palabras. El evangelio de hoy, en efecto, empieza con una sentida invitación de Jesús a la multitud para que no se deje engañar por los escribas: “¡Cuidado con los escribas!”. En seguida, les reclama la costumbre de pasearse con amplios ropajes, para recibir reverencias, y el afán por buscar asientos de honor en las sinagogas y los primeros lugares en los banquetes. Además, los acusa por depredar los bienes de las viudas y ostentar largos rezos para ser vistos por la gente.  

Los escribas, por ambiciosos, se hacían llamar ‘maestros’ y disfrutaban de su prestigio para hacer dinero de cualquier manera, aun echándose sobre los bienes de los pobres. Finalmente, Jesús juzga con severidad su ostentación, vanagloria, egoísmo, ambición y voracidad hipócrita y se decide a desenmascarar la hipocresía y la venalidad de estos maestros de la ley que, con sus actitudes y su conducta, han pervertido la verdadera práctica religiosa: “Les encanta pasearse…y recibir reverencias en las calles; buscan los asientos de honor…; se echan sobre los bienes de las viudas”. Conocen las Escrituras, pero se sirven de ella para propio provecho; frecuentan la sinagoga, pero su corazón está lejos de la justicia y hacen oraciones ostentosas para ser vistos y alabados. Todas las frases de este texto, en su conjunto, van dirigidas, no contra la doctrina de los escribas, sino contra su modo de proceder.  

El óbolo de la viuda. 

En contraposición a los escribas y a sus acciones egoístas e hipócritas, el evangelista Marcos continúa relatando un episodio de la vida real de Jesús, o sea, el de la ‘viuda pobre’. La escena se sitúa en el Templo de la Ciudad Santa, Jerusalén, en el Pórtico de Salomón y frente al Arca del Tesoro, en donde la gente deposita sus ofrendas. En contraste con los  escribas  ricos y falsos, la pobre viuda poseía únicamente aquello que, en aquel tiempo, podía poseer una viuda pobre que, con la muerte del marido, había perdido todo derecho y sustento. A la falsa religiosidad de los escribas, que no reparan en privar a las viudas aun de su escaso haber, se opone, como su contrapartida ‘positiva’, la más alta medida de abnegación de una viuda pobre. En el Antiguo Testamento, por cierto, la viuda, junto con el huérfano y el forastero, constituyen las tres categorías símbolo de pobreza, soledad y necesidad, pero, precisamente por esto, es una de las categorías más amadas por Dios. 

Lo más destacado de esta escena, a la que asiste Jesús, son las ‘dos moneditas’ que la pobre mujer, de todo corazón, deposita en el tesoro del templo y cuyo valor moral supera el de las ricas ofrendas de los poderosos: “Muchos ricos –nos señala el evangelista- daban en abundancia. En esto, se acercó una pobre viuda y echó ‘dos moneditas’ de muy poco valor”. Lo que Jesús quiere enseñar a los discípulos, con el elogio de la viuda, es decirles que a Dios no se le engaña y que Él juzga muy diferente a los hombres. Él aprecia la ofrenda de los pequeños cuando es entregada con amor. En efecto, llamando entonces a sus discípulos, les dice: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos”. Lo más sorprendente, de este episodio, es la aclaración final que hace Jesús acerca de que la pobre mujer había echado más que todos. En efecto, comenta Jesús: “Mientras los demás han echado de lo que les sobraba, ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Su pobre limosna, de facto, sobrepasa en valor a los ricos donativos de todos los demás.  

Todo lo que tenía para vivir. 

Sorprendente y preciso es el comentario de Jesús: “Ha echado todo lo que tenía para vivir”, o sea, ha puesto su vida en las manos de Dios, a quien amaba profundamente. En efecto, la vida se dona sólo cuando hay de por medio un gran amor. A la luz de este episodio, Jesús presenta a sus discípulos, como modelo de vida, la mismísima viuda. A diferencia de los profesionales de la religión en Israel, la viuda pobre vive la fe como experiencia de confianza en Dios y la manifiesta mediante la generosidad y la gratuidad. Esta viuda representa lo mejor de la piedad del verdadero israelita. Da todo lo que tiene para el templo y para los pobres. En ella debemos ver el modelo del perfecto discípulo de Jesús y el símbolo del Mesías que ha venido a ‘dar su vida’. 

Conclusión. 

El severo juicio de Jesús, acerca de la conducta de los escribas y fariseos, nos enseña que cada uno de nosotros vale por lo que es a los ojos de Dios, no lo que aparenta delante de los hombres. El ejemplo de la pobre viuda nos hace pensar en esos innumerables pobres que no tienen prácticamente nada y, sin embargo, se la ingenian para dar algo de lo poco o casi nada que tienen. La gente ‘humilde’, en efecto, es capaz de sacrificarse para ayudar a los demás, cuando lo necesitan. Por cierto, los pobres tienen mucho que enseñar a aquellos que saben  apreciarlos y amarlos, exactamente, como ha hecho Jesús con la viuda pobre del evangelio de hoy. 

* Esta reflexión evangélica corresponde al domingo XXXII del tiempo ordinario.