El testimonio de fe de nuestros hermanos migrantes en Estados Unidos de América.Por Alberto Patiño Reyes

AnalistasCatólicos.org 

La escena es cotidiana en casi todas la ciudades norteamericanas, los domingos es común observar a nuestros hermanos mexicanos migrantes, acudir a las celebraciones de la eucaristía preferentemente cuando es en su idioma: el español y el celebrante es un sacerdote mexicano o de origen hispano las más de las veces realiza su labor pastoral con ellos. No es casualidad que la Iglesia Católica en Estados Unidos, está experimentando un florecimiento, gracias a los millones de mexicanos que emigraron con todo y fe, como tampoco es casualidad que el Seminario Hispano de Santa María de Guadalupe, tenga su sede en nuestra capital, para la formación de las vocaciones sacerdotales provenientes de diversas diócesis de Estados Unidos, destinadas al trabajo pastoral con la población de origen hispano. 

Los templos se llenan, familias enteras se congregan y viven la misa como si estuvieran en territorio mexicano, es una de las manifestaciones más grandes de fe que he experimentado en mi vida. Parece que hacen suya aquella expresión bíblica: “¿Cómo cantar al Señor en tierra extranjera?”. Justo, cuando las redadas contra los sin papeles aumentan, cuando se anuncian más fondos para construir muros, cuando arrecia la discriminación y grupos racistas hacen lo imposible por complicarles la vida a estos hermanos nuestros que en la Fe, encuentran motivos para la Esperanza y en ante el altar celebran la Caridad de los hijos de la Guadalupana a la que mantienen en un lugar visible en capillas, templos y catedrales. 

Vienen de entidades diversas como Hidalgo, Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Zacatecas, Querétaro, Chihuahua, los del Distrito Federal van en aumento. Algunos se llevaron a sus familias y con sus hijos acuden a celebrar el “Día del Señor”. Con preocupación me preguntan por la situación de violencia que se vive en México, la mayoría llevan años sin venir a su terruño, dadas las condiciones de control y vigilancia imperantes en la frontera, no quieren arriesgarse. Me percato, que sus hijos pequeños no conocen nuestras monedas, pues nacieron allá y desconocen la tierra de sus padres.  La nostalgia les brota del semblante y la voz se les quiebra, se sienten impotentes ante nuestra convulsionada vida de “homicidios”, “levantones”, “ejecutados” “descabezados” y “amenazados” por el narcotráfico.   

En las noticias que desde acá reciben, se enteran de la difícil situación económica nacional. Ellos que aún son la segunda fuente de divisas de un país que los obligó a la diáspora. Todo porque la clase política no tuvo la altura de miras para hacer las “reformas estructurales a tiempo”, porque olvidaron y condenaron,  al otrora productivo campo mexicano,  a la inanición.  Nuestros migrantes no cesan en sus trabajos, a veces los más humildes y peor pagados: desde jardineros, limpieza, lavaplatos, entre otros, con tal de enviarles dólares a los familiares que se quedaron al Sur del Río Bravo. 

Las palabras de Benedito XVI en el número 62 de la Carta Encíclica Caritas in Veritate, nos deberían interpelar, cuando dice: 

“…el fenómeno de las migraciones. Es un fenómeno que impresiona por sus grandes dimensiones, por los problemas sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos que suscita, y por los dramáticos desafíos que plantea a las comunidades naciones y a la comunidad internacional… Ningún país por sí solo puede ser capaz de hacer frente a los problemas migratorios actuales. Todos podemos ver el sufrimiento, el disgusto y las aspiraciones que conllevan los flujos migratorios. Como es sabido, es un fenómeno complejo de gestionar; sin embargo, está comprobado que los trabajadores extranjeros, no obstante las dificultades inherentes a su integración, contribuyen de manera significativa con su trabajo al desarrollo económico del país que los acoge, así como a su país de origen a través de las remesas de dinero. Obviamente, estos trabajadores no pueden ser considerados como una mercancía o una mera fuerza laboral. Por tanto, no deben ser tratados como cualquier otro factor de producción. Todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación”. 

Así las cosas, nuestros migrantes se fueron con todo y fe, allá la viven a su modo, la fe es aliento en tierras donde son tratados hostilmente. La fe les da identidad. La fe es celebrada en comunidad, en una sociedad individualista y materialista. Nuestros migrantes acuden con lo único que tienen: la fe, para dar gracias al Señor. Ahí se experimenta que la fe mueve montañas. No olvidemos la deuda que tenemos con nuestros migrantes, ahora que también nos dan ejemplo de fe a pesar de las adversidades. 

¿Cómo decirles que tienen derechos fundamentales inalienables? A la vez que son perseguidos por  su situación migratoria. ¿Cómo compartir la fe con ellos, cuándo desde aquí los orillamos a abandonar sus pueblos para mandar las remesas que tanta falta hacen para las reservas que el país necesita? Si, tenemos funcionarios públicos con sueldos estratosféricos, partidos políticos con financiamiento público digno de países de primer mundo y un sistema económico donde el rico se hace cada vez más rico y el pobre cada día más pobre. ¿Cómo decirles que canten al Señor en tierra extranjera? Cuando desde aquí, hemos sido anti testimonio por nuestra nula solidaridad con los más necesitados. 

La ciudad visitada fue Salt Lake City, capital del estado de Utah, un territorio que alguna vez fue mexicano. En esa ciudad se encuentra la sede mundial de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones). La misa dominical en español se celebra a las 15:00 horas en la Catedral de la Magdalena. Espero que con este artículo cobremos conciencia de la importancia de nuestros hermanos migrantes ahora que se acercan las navidades y muchos de ellos vienen a pasar estas celebraciones con nosotros.

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