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Vino la palabra de Dios en el desierto. 

Juan, el precursor de Jesús, se ve embestido, hoy, por la ‘Palabra’ de Dios: “Vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías”. Se trata de un auténtico acontecimiento de la palabra de Dios que, primero, reviste con potencia al último de los profetas y, luego, se hará visible en Jesucristo el Hijo de Dios. Desde este momento la palabra de Dios ya no es sólo un anuncio de futuro, como había sido hasta el momento, sino que en Juan se empieza a llevar a cabo. El protagonista indiscutible de hoy es Juan. Por tratarse de un gran personaje, y para que no dudemos acerca de su identidad, el evangelista nos proporciona todas las coordenadas históricas, geográficas y genealógicas: “En el año décimo quinto del reinado del César Tiberio, etc.”.  

El desierto, que hace de trasfondo, es el lugar de donde proviene Juan pero, también, el espacio de donde se originan los grandes acontecimientos de la salvación, como éste de la llamada de Dios a Juan. Lucas, en efecto, prefiere acentuar el simbolismo del desierto: es el lugar de la vocación y el espacio en donde los bienes de la creación no pueden seducir para alejarnos de Dios. 

El adviento: tiempo de preparación. 

El evangelista, sorprendiéndonos, también en esta circunstancia aplica, al ministerio de Juan, la célebre frase de Isaías (40, 3): “Ha resonado una voz en el desierto, preparen el camino del Señor, hagan rectos sus caminos…”. La ‘voz’, es decir, la predicación de Juan, proviene del desierto e invita a un camino de conversión delante de la inminente llegada del Mesías. Con esta predicación de Juan, desde el desierto, parece empezar un nuevo éxodo, que será llevado a término por el Mesías y que se realizará mediante la conversión y el perdón de los pecados. Así, “todos los hombres verán la salvación”. Los ojos de todos, sin excepciones ni exclusivismos, se abrirán y podrán contemplar la mano poderosa de Dios que actúa en la historia y salva. La enseñanza del tercer evangelista acerca de la salvación, que nos trae Jesús, es de índole universalista. 

Una Navidad efectiva y eficaz. 

El llamado del precursor del Señor está dirigido, hoy, a nosotros, el nuevo Israel. Dios quiere que nos dispongamos al cambio definitivo de vida y de conducta. Solamente así la próxima venida de Jesús será efectiva y eficaz. Diversamente, será una Navidad más sin historia y sin trascendencia. La predicación de Juan nos invita a poner todo nuestro esfuerzo para poder ‘ver’, o sea, alcanzar, la salvación de Dios. Aún cuando él es sólo una voz. En efecto, la verdadera palabra, articulada y pronunciada que salva, es únicamente Jesús. Mientras, es necesario que nos convirtamos a su proyecto de vida; que enderecemos y allanemos los caminos torcidos del egoísmo y de la injusticia y que quitemos todo aquello que estorba e impide el triunfo del Señor en el mundo.  

El Señor guiará a Israel, a pesar de nosotros, en medio de la alegría a la luz de la gloria. Con él llegará la renovación verdadera de la vida y magnífico será lo que hará a favor nuestro. Esta es la esperanza del adviento, fundamentada en la realidad de la Natividad histórica de Jesús que está por venir. 

Conclusión. 

No hay dudas de que Juan ha sido el hombre elegido por la providencia divina para que los hombres nos dispongamos a acoger el misterio de Dios y a recibir, con fe y esperanza, a su enviado, su propio hijo Jesús, verdadera e única ‘buena noticia’ de salvación y liberación. No sería inteligente disminuir la carga profética del mensaje de Juan y la eficacia histórica de su papel de preparar la ‘calzada sacra’, o sea, el camino recto y plano, para que podamos volver a experimentar, en este adviento, el encuentro real y espiritual con el Mesías que viene hacia nosotros.  

Si queremos que el futuro, nuestro y de la humanidad, sea más esperanzador y positivo, siguiendo las indicaciones del Bautista, tendremos que quitar los múltiples obstáculos que la sociedad actual siembra en nuestros caminos, y sustituir las ‘estructuras caducas’ de nuestras iglesias con otras nuevas, más auténticas, abiertas y misioneras. Siendo, nosotros mismos, hoy en día, los ‘heraldos’ de Jesús. Y sus ‘precursores’ para quienes viven alejados de Él. 

Finalmente, pidámosle a Dios, con toda la Iglesia, como nos sugiere la oración colecta de hoy “que nuestras responsabilidades terrenas no nos impidan prepararnos adecuadamente a la venida de Jesús”.  

*Esta reflexión corresponde al SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO.