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La palabra crisis se aplica ordinariamente al periodo de manifestación aguda de una enfermedad, que puede desembocar en algo favorable o desfavorable. Por eso al hablar de una crisis económica y moral planetaria hoy en día, nos referimos a dos enfermedades del alma humana, que afectan también a la salud de nuestro cuerpo, pues el ser humano es uno, alma y cuerpo y no dos entidades opuestas, que luchan entre sí.
Es preciso distinguir la situación económica entre ricos y pobres. Pues, yo me pregunto: ¿Acaso los ricos padecen de crisis económica? Estrictamente hablando, no, porque todos ellos pueden seguir su mismo ritmo de vida en cuanto a la obtención de bienes materiales, pero la resienten porque no pueden conseguir mayores utilidades, ya excesivas de por sí, en sus “inversiones”. En cambio, los pobres, no ricos, y los miserables, quienes carecen de lo más mínimo elemental de sobrevivencia, éstos sufren gravemente las consecuencias de la crisis económica mundial que atravesamos, y los primeros sufren también en menor escala los estragos de esta crisis.
Pero, ¿qué se puede decir acerca de la crisis moral actual? La extensión e intensidad de ella se refleja diariamente en los innumerables hechos que acontecen en todas partes, en todos los niveles sociales y casi en cualquier edad de mujeres y hombres. Véase, por ejemplo, las grandes injusticias sociales, donde los poderosos acaparan los mejores recursos, de todo tipo, para vivir holgada y lujosamente, ante las carencias elementales de tantos menesterosos; los robos constantes casi siempre impunes, especialmente cuando éstos son disfrazados por la mentira y los engaños; prostitución difundida abiertamente sin pudor ni el menor respeto a los niños; homicidios legalizados por leyes abortivas; tráfico de drogas, que embrutecen a quienes la consumen; violencia intrafamiliar y la violencia estructural, carencia de satisfactores básicos de vida, pudiendo tenerlos. Y tantos más males que afligen a la humanidad.
¿Por qué tanta corrupción? Porque nos hemos olvidado de Dios. No queremos a un Dios en nuestras vidas. Queremos ser autónomos en todo, y por eso desterramos al pecado de nuestra conciencia, pero ¡Oh! Insensatez, no por ello dejamos de ser pecadores ni muchos menos vamos a desaparecer la presencia de Dios en el mundo actual. Dios está en nosotros, aunque lo rechacemos, pero como simples creaturas y no como hijos de Dios. Cuando nos acerquemos interiormente a El, empezaremos a cambien en bien y la crisis se convertirá en un desenlace favorable, dándonos la oportunidad de rehacer nuestras vidas personales y así contribuir a la recreación de una sociedad nueva.
* Doctor en filosofía y autor de cinco libros.


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