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María se encaminó…
No podía faltar la persona de María, futura madre de Jesús, en este tiempo de espera e intensa preparación espiritual. Sin embargo, nos sorprende verla peregrinar por las montañas para llegar a la casa de su prima Isabel en plan de ayudarla: “En aquellos días –nos relata el evangelista Lucas- María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel”. La razón de su visita es que también Isabel, su prima, está prodigiosamente esperando un hijo. El hecho revela también la prontitud de María, cuando se trata de socorrer a otros, y su docilidad a las mociones del Espíritu Santo. Sabiendo, en efecto, por el ángel que Isabel estaba esperando un hijo, María va a toda prisa a brindarle su compañía y sus servicios. Su humildad y generosidad la ha conducido a la grandeza del servicio desinteresado a Isabel. También nosotros, por cierto, tenemos que ser conducidos al servicio desinteresado y generoso, hacia aquellos que lo necesitan, convirtiéndonos así en manos, brazos y corazón del amor de Dios. Exactamente como María, rostro maternal del Padre.
El primer sagrario del mundo: María.
El don de la vida de dos bebés, Juan y Jesús, es lo más sobresaliente de este tiempo pre navideño. El momento de su encuentro desata asombro y produce saltos de alegría en el hijo de Isabel. Este salto, en efecto, es la expresión de la alegría mesiánica: “En cuanto Isabel oyó el saludo de María –nos señala el evangelista- la criatura saltó en su seno”. Sucesivamente, es la prima Isabel que, llena de Espíritu Santo, explota en importantes exclamaciones proféticas: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”. El reconocimiento, por parte de Isabel, de la magnitud de la vida que María está gestando, constituye ya un esbozo de adoración del Hijo de Dios. Desde este momento, por cierto, el seno de María se convierte en el primer sagrario del mundo e Isabel, reconociendo como ‘su Señor’ al niño que María lleva en su seno, se convierte en su primera adoratriz: “¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?”.
¡Dichosa tú, que has creído!
Dios elige a dos sencillas mujeres de pueblo para realizar su magno proyecto de salvación humana. La mano divina, de hecho, con todo su poderío, se revela en las dos maternidades: en la virginal de María y en la infértil de Isabel. Mujeres sencillas, por cierto, pero dotadas de inmensa fe. Con respecto a María, el ángel ya había apreciado su fe y confianza, sin embargo, también su prima Isabel siente la necesidad de proclamarlo: “Dichosa tú, que has creído”. María, una vez más, es proclamada dichosa por su enorme fe. Es ‘la creyente’ por excelencia y lo es en contraste con Zacarías, esposo de Isabel, quien no creyó en el poder de Dios. En fin, María es dichosa gracias a la fe que ha prestado a la palabra de Dios comunicada por el ángel. También Isabel brilla por su gran fe. Además, está persuadida de que se cumplirá, en María, todo cuanto le ha sido dicho por parte de Dios. Reconoce en María la dicha de colaborar con los designios de Dios: “Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte de Dios”.
Conclusión.
Hoy hemos contemplado la ‘visitación’ de María a su prima Isabel. Nos hemos asociado al regocijo de Isabel por tan extraordinaria visita. También hemos percibido la trascendencia del encuentro entre dos niños ‘no nacidos’ aun, sin embargo, llamados a protagonizar eventos extraordinarios de salvación.
Caemos en la cuenta que toda vida, ya desde su inicio en el seno materno, ha sido querida por Dios para la realización de algún misterioso proyecto. Desde luego, debemos aprender a respetarla siempre, hasta desde el seno de la madre. Cada vez, por lo tanto, que Dios ‘besa’ la tierra, a través del amor de un hombre y una mujer, y nace una creatura humana, a esa pequeñez de creatura le debemos igualmente respeto y amor. En cada niño que nace se hace presente Dios. Cada vez que nace un niño, por cierto, debería ser siempre ‘Navidad’.
*Reflexión que corresponde al CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO
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