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Ante un mundo cada día más secularizado, donde priva la ausencia de Dios en nuestras vidas , sustituido por el dinero, el placer y el poder pasajeros, la memoria del acontecimiento histórico del nacimiento de Jesús en la pequeña población de Belén, no es un simple recuerdo del pasado, sino que es una oportunidad más, para cada hombre de “buena voluntad”, que acepte libre y cordialmente a este Pequeño Niño, verdadero Hijo de Dios, enviado por su Padre Eterno a salvar a la humanidad entera, redimiéndole de su pecado original y de todos sus pecados, porque este tipo de ser humano, sin ser de ascendencia judía, se convierte en hijo de Dios, conforme a las palabras del evangelista San Juan, que dicen: “Vino a su casa, - el pueblo judío-, y los suyos no le recibieron, pero a todos los que le recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre, -Jesucristo, la Palabra hecha Hombre-, el Cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nació de Dios” (Jn. 1,11-13). 

Mientras el hombre no se atreva a reconocer que él mismo no se ha dado la vida y su existencia y siga aferrado solamente al mundo cambiante por evolución natural, incluido el mismo ser humano reducido a un bios meramente fisiológico, y a su propio mundo humano como el dominador de la naturaleza en general y con la pretensión de manipular el mismo genoma humano, buscando la “creación” de un nuevo bios humano, seguirá perdido en el cosmos porque ha perdido la realidad total de su ser, que no es solo bios sino también espíritu, participación de la Vida Divina, naturalmente como creatura, y sobrenaturalmente como hijo de Dios por la Fe en Jesucristo como la Palabra Eterna hecha Hombre hace 2009 años, habiéndose así cumplido la promesa de salvación. 

De esto se infiere que el hombre actual, al igual que Adán y Eva, tentados por la serpiente, figura de Satanás, decidieron al inicio del mundo, desobedecer a su Dios, su Creador y Creador de todas las cosas originarias del cosmos, para llegar a ser como Dios, es decir, llegar a  ser tan  poderosos como Omnipotente es Dios y ya conocemos el resultado de esta soberbia pretensión, a saber, expuestos a la concupiscencia de los ojos, a la soberbia de la vida y a la muerte. 

Después de dos mil años, los hombres no hemos aprendido a ser humildes, que significa reconocer y aceptar nuestra verdad de que no somos dioses, pero sí podemos participar del poder de Dios, si se la pedimos con fe y amor, tanto para explotar la tierra en beneficio de todos los seres humanos, cuanto para vencer a las tentaciones malignas que nos ofrecen engañosamente placer, riquezas, fama y poder. Pero no, persistimos no sólo en alejarnos de El sino también en negarlo ante la sociedad, infinidad de veces como antaño lo hizo Pedro, el primero de los apósteles, habiéndolo negado tres veces ante los judíos por miedo a ser aprendido como lo acababa de ser Jesús. 

El hombre de hoy no cree en Dios y menos en un Dios,  que eligió nacer en un establo en lugar de un palacio, quien, al crecer en justicia y santidad como verdadero hombre, no tenía ni siquiera un lugar donde pudiera reclinar su cabeza y quien hizo la voluntad de su Padre Eterno, habiendo bebido el cáliz de amargura de su crucifixión. Esto es un escándalo para los no creyentes, como si la fe fuera un escudo de ignorancia, de inferioridad, impedimento para el progreso y enemiga de la ciencia y de la tecnología, supuestos sustitutos de los innumerables milagros realizados por Jesucristo durante su estancia por este mundo y de los muchos milagros realizados en nombre de El, a través de la historia de la Iglesia Católica. 

Y, ¿cuál es el resultado de esta situación actual a nivel mundial? El fugaz dominio del hombre sobre la naturaleza, enferma gravemente por la contaminación  del medio ambiente; la violencia exacerbada física entre los seres humanos, violencia bélica, violencia intrafamiliar, violencia estructural en casi todas las naciones del mundo, manifestada en la inmensa pobreza y miseria de muchos, quienes carecen de los más elementales  satisfactores de supervivencia, de salud, de educación, de trabajo debidamente remunerado; violencia cultural, marginando ciertas culturas e imponiendo ciertos ethos socioculturales, que promueven el consumismo y la adopción de costumbres destructivas de valores tradicionales pero con vigencia al presente y para el mañana, porque ellos están inmersos en la naturaleza misma del hombre. En una palabra, el resultado de todo esto es la corrupción en todos sus niveles.          Ante este vasto panorama, la Navidad de este año nos ofrece la oportunidad de enderezar nuestro camino, reconociendo nuestras fallas pasadas, buscando una verdadera conversión de vida, accediendo a la ciencia y a la tecnología como medios racionales y por ende, justos, que se vinculen con las verdades de fe redentoras por medio de este Niño, nacido en Belén, y Quien nos invita ahora a nacer en el pesebre de nuestro corazón, convirtiéndolo en un corazón nuevo, en una vida nueva que contribuya a la creación de una nueva sociedad sustentada en la razón, fortalecida por la fe y consolidada por el verdadero Amor, que es aquel que procede Jesús, hecho hombre, muerto en la cruz, pero gloriosamente resucitado como primicia de todos los creyentes. 

Jesús nos llama personalmente a cada uno de nosotros en concreto por nuestro nombre, para ofrecernos su Amor, para salvarnos de todos nuestros males, y si lo aceptamos libremente en la Fe, podremos amar también a nuestro prójimo. No tengamos miedo. Hagamos la prueba y veremos qué bueno es el Niño Dios. 

¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!

* Doctor en filosofía y autor de cinco libros.