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EL EPITAFIO
“Anexo I. Comunicaciones, oficios y dictámenes a discusión. De la Comisión de Puntos Constitucionales con proyecto de decreto que reforma el artículo 40 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Gaceta Parlamentaria del 11 de febrero de 2010…” El epitafio de la laicidad. Así fue difundido en el medio oficial de la Cámara de Diputados el dictamen del día que fue discutido para proclamar, de una vez, a la República representativa, democrática, federal, laica… o más bien laicista.
Era el debate anunciado que se venía aplazando desde abril de 2008 cuando la LX Legislatura anunció las discusiones para un planteamiento más radical del laicismo en la Constitución y que, afortunadamente, fue parado en la primera lectura del dictamen. Ahora, ante las controversias sobre el aborto y la legalización de los matrimonios homosexuales, la LXI Legislatura replanteó el tema para reformar el artículo 40 constitucional y agregar el adjetivo laico a la identidad de la República.
Como se esperaba, el debate sería ríspido. Se esperaba un posicionamiento claro del Partido Acción Nacional quien votó en contra del dictamen en la Comisión de Puntos Constitucionales y, por otro lado, el de los laicistas beligerantes del Partido de la Revolución Democrática y del Trabajo.
Se anunciaron a los oradores que hablarían en pro y en contra del dictamen. Los legisladores del PRD y del PT comenzaban a dirigir sus cargas en tribuna para ondear la bandera de la victoria y decir a la nación entera que estaban ahí, satisfechos, para defender la libertad religiosa y de creencias, dejar en claro que México es una nación ajena a cualquier credo, que no hay religión de estado, una entidad capaz de organizarse conforme la voluntad del pueblo quien depositó su soberanía en la LXI Legislatura que se arrobó en la herencia de los pensadores de la reforma liberal de 1857.
EL DEBATE
Abrió el debate el honorable –así lo calificó el diputado Porfirio Muñoz Ledo- Juventino Castro y Castro, ministro jubilado de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, para posicionar a favor el dictamen que aprobó la Comisión que encabeza. Comenzaba así la discusión sobre laicismo y laicidad. Durante todo su discurso, el presidente de la Comisión de Puntos Constitucionales sólo habló de la “laicidad” como vendría a fundamentarse en las consideraciones en lo general del documento a discusión: “En castellano, laico se utiliza como sustantivo y adjetivo calificativo. El término “laico” deviene del griego laikós, “del pueblo”, de donde se deriva laos, “pueblo”. En su acepción original, según el investigador mexicano Roberto Blancarte, se utilizó “para referirse a los fieles cristianos y diferenciarlos por los miembros del clero, quienes controlan los sacramentos”.
Y continúa el documento, “Sobre este particular la Real Academia Española desconoce la palabra laicidad y sí, en cambio, define laicismo como la “doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”. Sin embargo, la comunidad académica ha ido abandonando el término laicismo que se apega conceptualmente más a los “ismos” ideológicos”. Salvado el concepto, se conduce la discusión por un término equívoco. Nadie en la Cámara de Diputados hablará de laicismo, todos miran a la “sana laicidad” que quiere el pueblo de México; el lobo disfrazado con piel de oveja, primer engaño, primer fraude.
Catorce oradores en la discusión y algunas posturas moderadas, como la del diputado César Augusto Santiago quien aplaudió la reforma para “proteger la libertad religiosa; se trata, por el contrario, de evitar las tentaciones de estados confesionales o de estados ateos; se trata de constituir en el marco constitucional un Estado seglar de verdad que promueva, con libertad, con respeto a todos, las discusiones contemporáneas que exige nuestro movimiento constitucional”; sin embargo, lo más sorprendente fue el nivel del debate que ofrecieron los diputados del Partido Acción Nacional. Sólo dos legisladores de esa fracción posicionaron el dictamen, Gustavo González Hernández, quien quiso advertir sobre esta difusa diferencia entre laicismo y laicidad y Carlos Alberto Pérez Cuevas quien propuso una rara modificación al proyecto que, al final de su intervención, no pudo ser entendida en qué términos había sido planteada, siendo desechada por el pleno… Dos intervenciones tibias y sin consecuencias mayores.
Sin embargo, como era de esperarse, el debate más radical y absurdo vino de los legisladores de las fracciones del Partido del Trabajo y del Partido de la Revolución Democrática. Víctor Hugo Círigo, aquél de la iniciativa para blindar al estado laico; Enoé Margarita Uscanga, la que presumió en la Cámara de Diputados sobre su preferencia sexual exigiendo de las asociaciones religiosas una disculpa pública difundida por los medios masivos de comunicación; Porfirio Muñoz Ledo, quien llamó a cuentas al embajador de México ante el Estado Vaticano; el visceral Gerardo Fernández Noroña… todos subieron a la tribuna para hablar y hablar del triunfo del laicismo y de la sumisión de la Iglesia católica a la reforma constitucional.
Lo más preocupante fue escuchar cómo esos legisladores, quién sabe con qué autoridad, despotricaron contra la Iglesia católica, el Papa Benedicto XVI y la jerarquía mexicana. El Poder Legislativo Federal, en la Cámara de Diputados, una institución que presume de ser laica, y con ello, respetuosa, supuestamente, de la vida y dinámica de las religiones y asociaciones religiosas, se atrevió a hablar del sentido y esencia de la Iglesia, diferenciando a una “iglesia fresca” de otra atada al poder. Jaime Fernando Cárdenas Gracia, del Partido del Trabajo y quien puso en el debate un planteamiento radical, absurdo y obsoleto, tuvo la “genial” ocurrencia de abrir su intervención con el discurso de dos iglesias, “una iglesia, la de Juan Pablo II, la de Benedicto XVI, muy alejada del aire fresco, tolerante y plural, que significó el Concilio Vaticano II; una iglesia militante que quiere apoderarse de las instituciones del Estado”. No sé de dónde, qué fuentes habrá usado el legislador para aseverar con contundencia aparente su afirmación. ¿Acaso el diputado Cárdenas es perito en disciplinas eclesiásticas para decir qué Iglesia es la buena, la positiva? La falsa discusión que quiso dar al público es que los representantes populares legislan contra las pretensiones de una iglesia afianzada al poder, cuando la “otra iglesia”, la renovada por los aires frescos del Vaticano II, anhela reformas que se promueven en la LXI Legislatura. Cualquiera, con un poco de cultura en historia del Vaticano II, sabría que el Concilio quiso promover la laicidad que desconocen los diputados, cualquiera que sea agudo en sus percepciones sabrá que el diputado Cárdenas Gracia sólo esgrime argumentos falaces que son producto de la misma esquizofrenia que padecen los partidos políticos que escribieron el epitafio de la laicidad que quiere la Iglesia.
Y más evidente no puede ser. Tal vez en unos meses, el Congreso de la Unión esté analizando y dictaminando nuevas iniciativas para “fortalecer” al estado laicista, una ley para regular el estado laico e iniciativas de reformas a los artículos 115 y 130 de la Constitución, como afirmó Cárdenas Gracia: “Más allá de la actual y vigente Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público requerimos una ley reglamentaria del Estado laico que promueva las libertades, el pluralismo y la tolerancia, y sobre todo, que mantenga este espacio secularizado en la vida pública, política e institucional del país. Desde luego, esta reforma al artículo 40 no ha concluido… Estamos por una reforma integral a la Constitución que garantice los principios del Estado laico. No queremos que en nuestro país siga avanzando de hecho, indebidamente, contrario a nuestra historia y a nuestra Carta Magna, un poder fáctico que quiere asfixiar la vida laica en la República Mexicana”.
Y otra pregunta se levanta ante el laicismo de los legisladores: ¿La religión es contaminación de la política? El diputado Jaime Cárdenas así lo afirmó: Entendemos también que todo Estado laico implica, entraña, el mantenimiento y la defensa de un espacio público secularizado, que debe estar orientado por el interés general. Esto que se llama la autonomía de la política de cualquier contaminación de carácter religioso o que tenga vínculo con alguna creencia dominante”. ¿Quién les otorgó el derecho de decir que las manifestaciones religiosas son contaminantes de la pureza laicista beligerante? ¿No es de nuevo una violación al estado laico que dicen defender cuando juzgan desde la tribuna, con argumentos temerarios, al manifestar estas descalificaciones?
Otro que llamó a “desatar un circuito de reformas constitucionales” fue el diputado Porfirio Muñoz Ledo, del partido del Trabajo. Como su compañero de bancada, inició desacreditando a la jerarquía católica; para el legislador estas reformas son “apenas un paso, una primera respuesta a la insolencia con la que se ha conducido la jerarquía eclesiástica”. Soberbio y arrogante, creyendo haber ganado este round por el bien de la República, cuestionó el avance del clero político que representa, según el señor Muñoz Ledo, “un grave problema nacional.” En la mente del legislador se ha maquinado un “compló”, tal vez con esa influencia de las mentiras disfrazadas de verdades aparentes contadas en libros, novelas y artículos que “descubren” al seno del catolicismo la existencia de grupos secretos, masonerías blancas, sectas mistéricas, falanges y conspiraciones mundiales, cosa que grito en su diatriba: “Las huestes clericales están ocupando los vacíos que los gobiernos dejan. Se ha escrito que el cardenal Ratzinger cree que estamos en un cambio de época y ha lanzado una cruzada contemporánea, la otra cara del terrorismo musulmán. Su antecesor Wojtyla creía que el eje del mal estaba en los países socialistas, a los que combatió este Papa, socava los fundamentos de la democracia occidental, que es una democracia laica. En México esta batalla adopta gesticulaciones desafiantes, que rememoran los tiempos de la Cristiada… Norberto Rivera ha llamado a la desobediencia civil y a la subversión del orden jurídico. Cito: No se puede obedecer primero a las leyes de los hombres que a Dios, porque él es la ley suprema. Sandoval, el de Jalisco, invita a prepararse para una guerra y advierte que estas guerras duran dos, tres, cuatro, cinco o diez años”.
Y para rematar con fanatismo legislativo, José Gerardo Rodolfo Fernández Noroña, del mismo instituto político, concluyó en su intervención: “Porque como aquí lo dijo el diputado Porfirio Muñoz Ledo, no es una posición jacobina, pero sí es un freno ya. Un basta ya a la jerarquía católica que se ha entrometido en todo”. Y, de nuevo la incoherencia… Denunciando la intervención de la Iglesia y, al final, exigiendo el levantamiento de las excomuniones de los independentistas mexicanos: “…Que la Iglesia católica se retracte de la excomunión del Padre de la Patria, el cura Hidalgo y del generalísimo José María Morelos y Pavón, que siguen a la fecha excomulgados, que fueron torturados y que fueron denigrados públicamente y además fusilados por servir a la patria con lealtad, con pasión y con firmeza, y gracias a hombres como ellos debemos esta nación, que se debate con todas sus dificultades”. ¿Cómo no se puede hablar de perplejidad en este debate? Los diputados queriendo frenar a la Iglesia y ordenándole examinar cuestiones históricas que, exploradas, debatidas y concluidas, han dado un juicio definitivo según los hechos de la historia… pura beligerancia.
CONCLUSIÓN
Los diputados de la LXI Legislatura han sido víctimas del mismo tiempo que vivimos. El epitafio escrito fue antecedido del puño de tierra del laicismo, del secularismo y el relativismo que fue sepultando a la laicidad. La ideología de esta época donde la debilidad del pensamiento rechaza todo lo que pueda oler a dogma, impregnó el debate de la Cámara de Diputados para desacreditar a las instituciones religiosas que tienen la credibilidad pública y el peso contundente para denunciar los delitos, las incongruencias y los engaños disfrazados de verdades aparentes de las que echan mano, y no pocas veces, nuestra desafortunada clase política. Los sepultureros que grabaron el epitafio están convencidos que han obrado bien, conforme sus conciencias y en defensa de millones que quieren ver a la Iglesia fuera de cualquier asunto público… Nada más falso y aunque les provoque escozor, México tiene sus orígenes acendrados en una cultura basada en la evangelización.
México será la República representativa, democrática, federal y laicista, según el derecho positivo; sin embargo, en este país hay una cultura católica que, desde hace años, lucha por lograr su lugar y papel en un Estado que pretende negar sus orígenes y que ahora, más que nunca, necesita de la intervención de todos los credos y confesiones que den su parte para mejorar la lamentable realidad que padecemos. Josep Miró I. Ardevol, Presidente de E-Cristians y de la Convención de Cristianos por Europa, escribiría en 2005 que nuestro mundo desarrolla la sociedad de la desvinculación que acaba con las identidades religiosas por ser los adversarios más potentes del laicismo de la exclusión religiosa y citando a Tessek Kolakoswki, sentencia de forma tremenda: “Ser totalmente libre de la herencia religiosa o de la tradición histórica es situarse en el vacío y por lo tanto desintegrarse”.
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