![]()
AnalistasCatólicos.org
La matanza de los galileos.
Hoy es día de malas noticias evangélicas. En efecto, a Jesús le reportan la matanza sacrílega, perpetrada por Pilato y la guardia romana, de unos piadosos galileos mientras estaban ofreciendo sacrificios en el Templo: “Algunos hombres –nos relata el evangelista- fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado a matar a unos galileos”. Una noticia que, sin lugar a dudas, difundió pánico, consternación, coraje y miedo entre los judíos, los cuales esperaban, de parte de Jesús, solidaridad y repulsa, pero, no fue así. De hecho, el maestro, evitando toda posible manipulación política, coge la oportunidad para hacer memoria de otra desgracia, la del desplome de la Torre de Siloé, con sus dieciocho muertos, y reflexionar, tal vez sorpresivamente, acerca del arrepentimiento y la conversión: “Y si ustedes no se arrepienten”.
La urgencia del arrepentimiento y de la conversión.
La opinión corriente y extendida, entre los judíos, en ocasión de alguna desgracia, era la de relacionarla con los pecados cometidos por la persona afectada o por sus antepasados. Jesús, desde luego, confuta este convencimiento y lo hace preguntando: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos?” Lo que quiere decirnos es que no hay relación directa entre males físicos y pecado personal porque Dios no es vengativo sino, más bien, sumamente respetuoso del ejercicio de la libertad humana y de sus consecuencias.
El dolor, por tanto, no es señal inequívoca de pecado y la prosperidad no lo es de vida justa. Para Jesús estas desgracias no son absolutamente castigo de Dios y quienes perecieron, en efecto, no eran ni más pecadores, ni más culpables que el resto del pueblo. En seguida, Jesús añade la invitación al arrepentimiento: “Si ustedes no se arrepienten…”. Las desgracias son independientes de la pecaminosidad humana y, por lo tanto, pueden suceder a todos y en el momento menos esperado. Lo que sí debemos temer es morir sin arrepentimiento, sin temor de Dios, sin fe y sin gracia en el alma. En estas condiciones, efectivamente, la muerte sería más dramática que la de los galileos, en cuanto nos excluiría del Reino de Dios: “Y si ustedes no se arrepienten perecerán de manera semejante”. El tema del arrepentimiento y de la consecuente conversión, típico ya de la predicación de Juan el Bautista, va asociado al perdón. Es, por cierto, la condición para lograrlo. Se trata, por tanto, de una lección moral que no debemos descuidar. Sin embargo, no lo es todo. Para soñar la conquista de la paz eterna son necesarias también las obras, o sea, es urgente producir frutos de justicia, de amor, de generosidad, de solidaridad y de paz verdadera.
La parábola de la higuera estéril.
No es casual, entonces, que Jesús agregue a la invitación de la conversión y del arrepentimiento, también la urgencia de dar frutos de bien, en la tierra, para esperar la plenitud de la vida eterna. Y lo hace a través de la parábola de la ‘higuera estéril’, que no da frutos: “Un hombre –les dice Jesús a los asistentes- tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró”. Es una clara alusión, por contraste, al estilo de vida que deben llevar sus discípulos, o sea, de coherencia con la fe que profesan y que les exige vivencias concretas de fidelidad a Dios, en la práctica de la justicia y en la profesión constante del amor cristiano. Llamados a ser higueras que dan frutos.
La higuera estéril es el pueblo de Israel.
Volviendo al texto evangélico, sabemos que las palabras condenatorias de Jesús hacia la higuera improductiva son veladamente dirigidas al pueblo de Israel, terco y obstinado. Elegido por Dios para constituir el espacio social en el que su Hijo debería haber sido aceptado, en realidad, se convirtió en un obstáculo para el ejercicio de su misión. Es un pueblo hostil, incoherente con los antecedentes de la Alianza y responsable de la muerte del Hijo de Dios. La parábola es entonces una clara amenaza y una amonestación simbólica a los judíos, en la que se les da a entender que también la más amorosa de las paciencias tiene que terminarse alguna vez. La referencia al pueblo de Israel es indiscutiblemente clara.
A lo largo de sus tres años de predicación y testimonio, Jesús ha recorrido en vano la tierra de Israel, o sea, sin cosechar frutos y su actuación constituye, entonces, el último plazo de gracia para el pueblo judío: “Durante tres años seguidos–comenta Jesús- he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado”. La primera reacción, desde luego, es la de hacer justicia y cortarla, de manera que no siga ocupando espacio inútilmente: “Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?”.
El amor paciente de Dios.
La escena de la higuera que no da fruto y del dueño que la quiere cortar no es, por cierto, atractiva. La consecuencia lógica tampoco. Pero, el proceder divino, afortunadamente, no sigue lógicas humanas y sorprende a todo mundo. Accediendo, entonces, a la súplica del Hijo viñador: “Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré” y manifestando su infinita paciencia, el Padre, rico de misericordia, otorga una nueva oportunidad. La parábola revela, así, la esencia de nuestro Dios, que es amor paciente y misericordioso.
Conclusión.
En el contexto de la cuaresma, que estamos viviendo, el evangelio nos cae providencialmente bien. En efecto, es una invitación al arrepentimiento por el mal moral cometido; es una oferta divina del perdón; es una descripción de la paciencia de Dios respecto de nuestra posible conversión a Él; es una súplica para que vivamos con hechos, y no con emociones, la fe que el Padre nos ha donado y que nosotros hemos aceptado. Ésta, en efecto, si no produce frutos será insignificante para el día de nuestro encuentro último y definitivo con la justicia de Dios. La palabra de Dios de hoy, en fin, infunda en nosotros el deseo de una verdadera conversión, a fin de que nos preparemos a celebrar debidamente el sacramento pascual de la penitencia.
*Reflexión que corresponde al DOMINGO III DE CUARESMA
Ningún usuario ha comentado " “Y si ustedes no se arrepienten…” Por Padre Umberto Marsich "
Sigue en vivo los comentarios rss o mantén un Trackback