-Jesús le respondió: En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios. -Dícele Nicodemo: ¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer.-Respondió Jesús: En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu es espíritu”( Jn. 3, 3-6).
Hace doscientos años, desde el amanecer del día 16 de septiembre de 1810, nuestros ancestros se rebelaron contra el virreinato español, para dar inicio al movimiento insurgente, buscando recuperar su libertad para ellos mismos y sus descendientes, después de trescientos años de sumisión al Gobierno Real de España. Este acontecimiento movió al Gobierno Mexicano a organizar una serie de eventos durante el año de 2010, para conmemorarlo. Pero, esto no basta, pues, aunque desde entonces, México es ciertamente otro, sin embargo, las enormes desigualdades entre nosotros continúan, acompañadas de innumerables problemas sociales, que hieren gravemente derechos y aspiraciones legítimas de todo mexicano.
¿Qué falta entonces, surge de inmediato la pregunta? El cumplimiento cabal de la respuesta que Jesucristo dio a sus detractores, quienes astutamente le preguntaron: “Maestro, sabemos que hablas y enseñas con rectitud, y que no tienes en cuenta la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios, ¿Nos es lícito pagar tributo al César o no? Pero él, habiendo conocido su astucia, les dijo: <Mostradme un denario. ¿De quién lleva la imagen y la inscripción?> Ellos contestaron: <Del César>. El les dijo: <Pues bien, lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios>” (Mt. 20, 21-25).
En este texto se detecta, no una separación opuesta entre dos partes, el mundo material y el mundo espiritual de los seres humanos, sino una unidad entre ellos, respetando y coordinando las funciones propias, puesto que las necesidades a satisfacer de los dos requieren de un gobierno diverso pero que deberían buscar siempre el mismo fin, el bien de toda la comunidad, el bienestar integral de todo ciudadano, no sólo por ley positiva, producto del ser humano, sino también por ley natural, que es participación de la ley divina.
Así, desde esta perspectiva y en forma paralela, año tras año, cada 25 de diciembre, los cristianos y por supuesto, los católicos, conmemoramos el nacimiento de Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, como se puede constatar por las palabras de un ángel dirigidas a los pastores de Belén: “<No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre>. Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: <Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace>” (Lc. 2, 10-14).
Este acontecimiento data ya desde hace más de dos mil años. Y, aunque se realizó en un lugar proféticamente determinado, Belén, pequeña ciudad de Judea, y el mensaje de salvación de esta encarnación divina, “El Palabra se hizo carne” (Jn. 1,14), estaba dirigido inicialmente al pueblo judío, ya que dice el evangelista San Juan que Jesús “Vino a su casa y los suyos no la recibieron. Pero, a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios” (Jn. 1, 11-13).
Y, ¿quiénes son aquellos que han recibido esta Palabra, el Verbo Divino hecho hombre en las entrañas virginales de María?, ¿Quiénes son aquellos que creen en su nombre, es decir en Jesús como verdadero Hijo de Dios?, ¿Quiénes son aquellos que nacen de lo alto?. ¿No acaso los bautizados en el agua y en el Espíritu por medio del Bautismo?
Ciertamente todos los hombres hemos nacido naturalmente por mediación de nuestros padres, madre y padre; pero si queremos <entrar en el Reino de Dios>, hemos de renacer sobrenaturalmente mediante el <agua y el Espíritu>. Muchos de nosotros, siendo aún muy pequeños fuimos bautizados, habiendo tenido como garantes de este renacimiento a nuestros padres y padrinos, quienes, movidos por su fe, se comprometieron a guiarnos por el camino de la Verdad y el Amor, Jesucristo, Fuente de Vida Eterna.
Mas, al pasar los años, fuimos creciendo no necesariamente como Jesús Niño “en santidad y justicia” (Lc. 2, 40) sino tropezando unas veces y cayendo otras por no hacer de nuestra fe, recibida en el Bautismo, una fe viva nutrida por obras buenas, dejándonos arrastrar por los atractivos pecaminosos de un mundo separado de Dios, como si Este no existiera, ni muchos menos en calidad de Padre, al ver tantas calamidades y desatinos en el mundo actual como si El no se preocupara ni hiciera nada por nosotros, olvidando que El, el Verbo Divino, la Palabra Eterna del Padre por el infinito Amor manifestado en el Espíritu Santo, se hizo hombre mortal, habiendo nacido en un pobre pesebre, siendo el Rey Supremo, se sometió a las tentaciones cruciales de todo ser humano, para darnos ejemplo de que todas ellas se pueden vencer con el poder de Dios, y sobre todo se sometió a la muerte y muerte de cruz, para ofrendar su vida por la salvación de todos los seres humanos. Pero este Jesús se sometió a todo esto para cumplir la voluntad de su Padre, a quien le dijo antes de su pasión y muerte: “Padre mío, si es posible, pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”(Mt. 26, 39).
Este es Jesús, el Salvador del mundo, Este es el Rey de reyes, pero su reino no es de este mundo como El mismo le respondió a Pilatos antes de ser crucificado, Este es el que resucitó al tercer día como primicia de todos los creyentes en El, porque El no es un Dios de muertos, sino un Dios de vivos. Este Jesús, Hijo de Dios vino a recordarnos que somos obra de su creación amorosa, como creaturas predilectas de la Santísima Trinidad, al habernos creado a su imagen y semejanza, como se dice en el Génesis, al hablarnos de la creación en el sexto día: “Dijo Dios: Hagamos el hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza… y creó Dios al hombre a imagen suya” (Gén. 1, 26-27). Es decir, nos dio inteligencia, razón y voluntad libre, para conocer la Verdad y elegir el Bien Supremo como destino glorioso de nuestra existencia, dones todos ellos manifestados en nuestra corporeidad. Mas, la soberbia y desobediencia de nuestros primeros padres dificultó nuestro caminar hacia nuestro Creador. Por ello, El envió a su Hijo, el Verbo Eterno, al mundo, para que todo aquel que crea en El tenga vida en abundancia.
Este 25 de diciembre de 2010, conmemoramos una vez más el nacimiento de Jesús en medio innumerables acontecimientos dolorosos: incendios, huracanes, inundaciones, terremotos, sunamis, enfermedades, hambres, sequías, muerte; y más innumerables sucesos inhumanos: abortos, divorcios, pedofilia, prostitución infantil, matrimonios entre homosexuales, fecundación artificial, matrimonios desintegrados, sociedades en la oscuridad de valores, en unas palabras, el hombre actual al igual que Luzbel y sus seguidores, pretende suplantar a Dios.
Cuidémonos pues, de todos estos ataques y acerquémonos a Jesús Niño, para tomarlo en nuestras manos y así abrazarlo con una fe renacida consciente y libre, con la esperanza de no volver abandonarlo por el pecado, y démosle muchos, muchos besos de amor filial porque nos ha hecho verdaderos hijos de Dios y herederos del Reino Celestial.
FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO
Su amigo y hermano en Jesucristo, Dr. José Ricardo Perfecto Sánchez (CACM TOLUCA).