La reunión de las veinte naciones más industrializadas finaliza con el desenlace de siempre: incertidumbre. Reuniones para la foto, todos sonrientes, todos poderosos a costa del futuro de los que ahora marchan indignados en el mundo. El G20 tuvo como telón de fondo a Europa que se desmorona.
¿Para qué se reunieron los mandatarios del G20? El análisis de la crisis quería ubicar objetivos de mejora global y de la generación de empleos para los países europeos que tienen una alta tasa de parados; además de las fórmulas para salvar a Grecia de la debacle financiera, el G20 y los órganos internacionales del financiamiento han visto el inconveniente para apoyar a una nación que no encaja en Europa. En el fondo, implica más endeudamiento que azotará a las personas esclavizadas por estos nefastos mecanismos económicos.
La declaración final de Cannes compromete a esas naciones a trabar políticas económicas conjuntas para el crecimiento y la generación de los empleos. Esto implicaría que las economías “fuertes” adopten medidas que reconstruyan la confianza a través de sus sistemas bancarios e impulsar las reformas estructurales necesarias con el fin de que las economías locales apoyen los consumos internos, la estabilidad de los precios y continuar con la recuperación de la economía.
Las estrategias del G20 reconocen la dimensión social de la globalización. Sus líderes “creen firmemente que el empleo y la inclusión social deben ser el corazón de sus acciones y políticas para restaurar la confianza y le crecimiento”, teniendo como prioridad el fomento del empleo para los jóvenes. Este catálogo de buenas intenciones declara que no permitirá las conductas propiciadoras de crisis a través de la vigilancia estricta de las prácticas bancarias, de los mercados y de organismos financieros.
El G20 dice que es clave la promoción de la producción agrícola para la alimentación de la población, invirtiendo en la producción y el desarrollo de esta área, liberando de aranceles los alimentos destinados a propósitos humanitarios. El club afirma la necesidad de reforzar los programas de comercio multilateral y evitar el proteccionismo. Otro compromiso es que los Estados realicen implementaciones en sus legislaciones para el combate a la corrupción y la adopción de medidas para prevenir las acciones ilícitas; otro buen propósito es la reforma de los gobiernos para acercar a las mayores economías desde un punto de igualdad y efectuar los compromisos políticos necesarios para el establecimiento de la agenda económica y financiera.
Desde su fundación en diciembre de 1999, el G20 ha visto las crisis recurrentes en las que se ha sumido al mundo, siendo la actual una de las más profundas debido al impacto social que ha generado a través del descontento reprimido violentamente. Las manifestaciones denuncian la indecencia de las medidas desarrolladas por los organismos financieros internacionales, los bloques regionales y los banqueros. Pocas veces se ha podido observar un mejoramiento en la vida del ciudadano común que lucha por la supervivencia de su familia. Las políticas económicas feroces han desgraciado el futuro de muchos y, como siempre, de las crisis emergen los beneficiados: los dueños del capital quienes engrosan sus bolsas gracias a las deudas. Las buenas intenciones del G20 quedan sólo en una cartita a Santa Clós. Y, de nuevo, la impunidad… nadie va contra los responsables de las crisis.
México, al asumir la presidencia del G20, tendría que hacer efectivas esas buenas intenciones. Las medidas adoptadas implican un carácter social que se ha quedado corto desafortunadamente. El panorama mexicano se ensombrece aún más cuando las campañas presidenciales arrancan en los próximos días y los legisladores de la Cámara de Diputados discutirán el presupuesto de egresos, estirando, repartiendo y aflojando los recursos económicos. México podrá decir que los números a lo macro están a la par de las naciones más desarrolladas, pero en la mayoría de sus habitantes las cosas no tienen resultados satisfactorios. Los empleos disponibles se hacen por más de ocho horas y son pagados con salarios de hambre; el campo ha sido desmantelado y las regiones productoras de alimentos padecen una crisis profunda debido a las sequías que han diezmado las cosechas, evidenciando la incapacidad añeja que no invirtió en el sector agrícola para hacer autosuficiente y dotar de tecnologías agropecuarias para revertir los efectos de las catástrofes naturales; el resultado ha sido el encarecimiento de los alimentos, la especulación y el enriquecimiento de los grandes grupos acabando con los pequeños productores.
Cuando se celebre la cumbre del G20 en Los Cabos en junio de 2012, México tendría que haber echado andar sus reformas legislativas de gran calado; sin embargo, a menos de 365 días de la reunión del club, los cambios estructurales están atascados en la Cámara de Diputados. Los errores del pasado en los que no se ahorró y se dilapidó, gracias al gobierno omnipresente que duró 70 años en la presidencia, se presentan con crudeza y la riqueza nacional, producto de la explotación de los bienes naturales, en manos de monopolios que se han atascado de forma obscena comprando barato y vendiendo carísimo, sin posibilidad de la competencia que diversifica los mercados.
La corrupción, a pesar de los sexenios de la renovación moral, es el pan diario. La percepción ciudadana esgrime que cualquier sector del gobierno está corrompido fuertemente. Los beneficiarios de la política gozan de sueldazos ofensivos; el derroche, a pesar de las promesas de ahorro y austeridad republicana, es evidente al indignarnos por las grandes propiedades, la asignación de beneficios a costa del erario y de los fueros en los que se cobija a la clase política. No es un descubrimiento afirmar que la política es penetrada y violada por los capos y criminales quienes pugnan por una representación legítima en la arena del gobierno.
La descomposición de la democracia mexicana pudre la participación real de la ciudadanía. No hay oportunidades para cualquier persona a intervenir en los asuntos del gobierno si no es por la concesión graciosa de los partidos, el patrocinio de los poderes reales representados por los grandes consorcios, o de los grandes capitalistas. La situación se agrava por el desencanto popular hacia la política gracias a la influencias de los nefastos líderes de opinión cobijados por los monopolios televisivos que deforman las conciencias de los electores al proponer al favorito para ganar la presidencia en el 2012.
Si México quiere ser digno de la presidencia del G20, debe atender la urgencia de humanización del cruel sistema empobrecedor que ha condenado a millones. La sociedad tiene la obligación para formar la cultura de la denuncia de la clase política que ha fracasado por tener como fin último la consecución del poder por el poder. La política mexicana corrupta, y esto es muy acendrado sin importar el color del partido, no cubre los propósitos ideales del servicio a los demás para obtener el bien común y la justicia. Estamos lejos para acabar con los males enquistados que no han sido creados en los últimos doce años, sino más atrás: el corporativismo intocable, la partidocracia, los monopolios empresariales, el desmantelamiento y destrucción del agro mexicano, las canonjías burocráticas, la impunidad y evasión de la justicia, el influyentismo y la presencia de las grandes familias que, a semejanza de los carteles, se benefician del sistema económico, del trabajo y del esfuerzo de los ciudadanos que sólo comen las migajas que caen de las mesas de los grandes mandarines.
En este proceso, el país necesita, urgentemente, recuperar el sentido de la primacía de la ética y de la política como factor detonante del bien común sobre la economía utilitarista. La pobreza, la corrupción y la violencia pueden ser abatidas por instituciones y mercados efectivos al servicio de TODOS resolviendo las exigencias propias del bien común para trascender al mercantilismo feroz e inhumano y exterminar la política de las prebendas e impunidades… México, no la tiene fácil.
* Secretario del Consejo de Analistas Católicos de México