Arturo Zárate Ruiz/ Colaborador para Analistas Católicos, Investigador de El Colegio de la Frontera Norte (Matamoros, Tamaulipas), periodista, publicó en el periódico El Mañana de Matamoros.-
Un prejuicio antirreligioso muy extendido entre quienes se creen modernos consiste en considerar a los hombres con alguna fe como individuillos atrasados y de cabeza blanda, con inteligencia muy menor a las de los “muy brillantes” agnósticos y ateos, responsables sólo éstos, dicen, de todo esfuerzo genuinamente intelectual. Aunque el positivismo de Augusto Comte no haya sido más que una moda tonta y fugaz decimonónica, estos señores todavía describen sin el menor análisis factual el progreso de la humanidad como un gradual abandono de la religión por la filosofía, y de la filosofía por la ciencia, a la cual sólo se puede llegar, advierten, tras abjurar de las formas previas de “pensamiento débil” y tras sólo guiarse por la razón “dura”, “positiva”. Su actitud llega a extenderse a sistemas educativos completos como el mexicano, por cierto en completa crisis, donde ya no digamos a la religión sino inclusive a la filosofía se le proscribe. Sólo información dizque “científica” se imparte en las aulas, como si la química y las matemáticas bastaran para reflexionar y tomar decisiones sobre asuntos claves para la república, como son la justicia y el bien común.
Este prejuicio es particularmente anticatólico. De comparársenos a los católicos con los protestantes, se llega a afirmar que éstos son más aptos para las abstracciones por ser asiduos a leer la Biblia mientras que nosotros no podemos pensar, por nuestras coloridas iglesias, sino con imágenes, algo así como asegurar que ellos sí entienden, sin manzanitas ni naranjitas que 2+2=4, mientras que nosotros, no.
No es mi tarea ahora responder a estos prejuicios. No tienen más sustento que, prejuicio también común, el considerar más tontas a las mujeres que a los hombres porque las primeras se embarazan y suelen quedarse en casa a cuidar a los niños en lugar de salir a la calle a investigar, como dizque lo hacemos nosotros, si hay vida en la constelación de Andrómeda o a averiguar cuántos fideos del #2 se necesitan para alimentar a las tropas de ocupación en Afganistán, ¡ésas sí cosas importantes!
Lo que ahora quiero advertir es que aun algunos católicos a veces se creen de ese prejuicio anticatólico, por ejemplo, cuando la religiosidad popular desbordada se manifiesta como ahora en febrero en los templos. He allí la Candelaria, con su bendición de velas, de niños vestidos de Juan Diego, de mascotas, y aun de animalitos y otros productos del campo. He allí el Miércoles de Ceniza con filas interminables de fieles que acuden, durante todo el día, a que se les imponga la ceniza como reconocimiento del ser pecadores. Eso es para las masas de poca educación, dicen, no para un católico “adulto”, con una “fe madura” que no necesita de la imaginería, sino le basta estudiar las Escrituras.
No es mi interés ahora replicarle que Dios no se encarnó en un libro sino en un Hombre, con sangre en su cuerpo, a quien por cierto le gustaban y deben gustarle aun las fiestas, he allí la de Caná, y quien ordenó no a un libro sino a sus apóstoles y a su Iglesia a proclamar y vivir el Evangelio. La Buena Nueva es Jesús, no un texto.
Lo que me interesa notar es que no son pocos los católicos acomplejados que tratan de parecerse a quienes, según el prejuicio anticatólico, “sí son inteligentes”, que no son ni siquiera los protestantes sino exclusivamente los ateos.
Porque ahí tenemos teólogos “católicos” que investigan al Jesús “histórico” sin siquiera considerar la hipótesis de su divinidad, no obstante el testimonio unánime de millones de cristianos que durante dos mil años, pese a las persecuciones, así lo han confesado. El papa Benedicto XVI, profesor universitario del mayor nivel, en sus muchos libros, entre otros Jesús de Nazaret, los ha amonestado por ello.
Contra otro prejuicio anticatólico, la pederastia no es un problema exclusivo de curas pervertidos, también lo es de hombres pervertidos que se encuentran en muchas instituciones, aun con más frecuencia en las escuelas. Pero volviendo al primer prejuicio anticatólico, que tener fe es de tontos y creer sólo en la ciencia de listos, nos encontramos que éste afectó la respuesta de varios obispos a la crisis de la pederastia. En lugar de ante todo castigar con todo el peso de la ley a los curas pederastas, los mandaron sólo al psicólogo como era de moda entonces en todas las instituciones no religiosas: tratar un problema de justicia como un problema estrictamente médico, como un problema puramente “científico”. Claro que estos pervertidos necesitaban de un psicólogo, pero las víctimas también clamaban por la justicia.
Sobran por supuesto laicos y religiosos católicos que creen hacerle un favor a su Iglesia adaptando su fe a los tiempos y no los tiempos a su fe. Entre los laicos tenemos así el escándalo de quienes les es normal consumir anticonceptivos y defender el aborto; entre los religiosos, como los teólogos de la liberación, no poco frecuente convertir su religión en odio de clases y salvación terrenal.
Hay finalmente un gran desprecio a las imágenes y el arte. Hoy las casas de católicos “chic” se adornan con naturalezas muertas no con retratos de santos. Hoy los mismos templos, si son modernos, lucen desnudos, sin iconos, o cuando mucho con estatuas de yeso fabricadas en China, no por los mismos parroquianos meditantes de la fe, en su quehacer creativo. Hoy, en fin, en estos templos el canto no es liturgia sino mercadotecnia. Dizque la guitarra eléctrica y los tambores, no Jesús, es lo que despierta el interés de los jóvenes.